Se supone que a lo largo de una vida, y aun ésta siendo del tipo poco lustrosa, todo hombre o mujer es capaz de labrarse una cierta reputación. Si ahora somos capaces de extrapolar hacia otro orden de magnitud: ¿Pueden las ciudades llegar a definir su propia reputación mediante su línea de horizonte? A primera vista, cualquier respuesta que aspire a ser medianamente solvente no puede reducirse a términos tan esquemáticos.
Cómo es natural, una ciudad de la dimensión de Nueva York es más que consciente de lo que un poderoso skyline puede significar con sólo mencionar la isla de Manhattan (sobre todo si en plantilla se tiene a un biógrafo tan formidable como Woody Allen). Hong Kong navega entre culturas e ideologías opuestas, pero ha asumido con la proverbial sabiduría oriental los términos de la propuesta, y en estos momentos no hay skyline más luminoso en todo el planeta Tierra. París, siempre nos quedará París, está en deuda con la apuesta del ingeniero Eiffel, que hace ya un siglo largo fue capaz de enfrentarse a la retaguardia que se esconde bajo todo Sacré Coeur para, bajo sus techos, firmar un armisticio fraternalmente igualitario y legal.

Madrid, una ciudad que a poniente cuenta con una cornisa ciertamente vistosa y merecedora de un mejor esfuerzo que el representado por historicismo arcaico de la catedral de la Almudena, parece querer redimirse de tanta nostalgia y, hacia el norte, busca el dibujo de un nuevo skyline a la sombra de cuatro rascacielos firmados por arquitectos de prestigio internacional. En los terrenos liberados por la antigua Ciudad Deportiva del Real Madrid (y mediante un precio de oro, lo que hace de la altura la única opción viable) se está levantando en estos momentos un formidable parque empresarial amparado en estas cuatro torres.

El norteamericano Cesar Pelli (responsable de la primera ampliación del MoMa y también del edificio que, hasta la fecha y desde 1998, ostenta el récord mundial de altura: las Torres Petronas en Kuala Lumpur, Malasia), propone un elegante rascacielos cuyas caras se resuelven mediante láminas de cristal faceteado. A su lado, I. M. Pei (autor de la ampliación del Louvre) proyecta junto a Cobb & Freed una torre de fachadas de vidrio ondulante, pero cuyo aspecto se presenta como más conservador.

Es Norman Foster, un arquitecto que tramita en estos momentos el proyecto más grande del planeta: el nuevo aeropuerto de Pekín, y el año pasado inauguró en Millau (Francia) el viaducto mas alto del mundo, autor de la premiadísima Torre Swiss Re en Londres, de la Torre Hearst en Nueva York y de la Corte Suprema de Singapur (como se ve Foster parece no sufrir de jet lag a la hora de enfrentarse al diseño), quien ofrece la propuesta más contundente: un rotundo paralepípedo vertical compuesto por tres volúmenes suspendidos y atados por unas gigantescas horquillas de hormigón.

Junto a ellos, el cuarto rascacielos corresponde al equipo español formado por Rubio y Alvarez Sala y cuya planta se resuelve mediante el ligero desplazamiento a lo largo del diámetro de dos semielipses de igual dimensión. Con esta solución, se obtiene un singular rendimiento ante el empuje del viento y de paso lo convierte, junto al de Foster, en la pieza de resonancias más urbana de este nuevo skyline madrileño.