Todas sus películas me gustaban, pero nunca retenía su nombre: ni siquiera hubiera podido decir que era un solo director común. Los vikingos, 20.000 leguas de viaje submarino, Viaje alucinante, y sobre todo, Impulso criminal, una de esas películas que te dejaban conmocionado. Era un niño al que le interesaban las películas y no daba importancia aún a los nombres propios: me sobraban todos ellos, sólo había dos clases de películas: las que me atornillaban a la butaca y las que no. ¿Cómo iba a sospechar siquiera que el mismo hombre que había realizado vigorosamente Los vikingos, había podido hacer Impulso criminal? ¿Y cómo relacionar esa obra maestra con Conan el bárbaro, Barrabás, y Tora, tora, tora? Cuando murió hace poco, un apelativo se repetía en cada necrológica: artesano.
Artesano es aquel que realiza un producto sin enfatizar su voz personal. Es evidente que aquí puede sobrevolar la sombra de una trampa, y que el artista consciente de haber alcanzado su timbre, su sello, puede realizar obras cuyo sustento único sea el modo de relacionarse con las otras obras en las que configuró ese sello. De ahí que su valor no sea intrínseco y que valgan porque añaden caudal a ese río de voz personal ya reconocible, con claves que se examinan por ser patrimonio de un nombre propio, marcas de un mundo particular donde hasta los defectos tienen sentido. Hay tan evidentes ejemplos de esto que casi no merece la pena mencionar nombres propios del cine, la literatura o la pintura.
Los artesanos, por circunstancias o por convicción, rehúyen tales tics; en una disciplina como el cine, esos bandazos que llevan a un mismo firmante a hacerse cargo de un thriller que de un peplum, obliga a los entomólogos a bajarlo a la segunda división, para castigar precisamente la falta de voz personal, de marcas de ese mundo particular, por mucho que en la filmografía del castigado se sucedan las grandes obras.
Mi castigado, Richard Fleischer, brilla en mi particular clasificación en la primera división de los directores de cine del siglo XX.Primero porque me han fascinado muchas de sus películas; segundo porque es el único de los grandes de Hollywood al que he alcanzado a conocer personalmente. Era un anciano amabilísimo, impoluto, frágil, un poco tímido. Apenas pude cruzar unas palabras con él en el Festival de Cine de Gijón, que le dedicó una retrospectiva.Sólo me acerqué para decirle cuánto me habían gustado sus películas y cuánto tardé en aprenderme su nombre.
Me dijo que era un cumplido: a aquel anciano le halagaba que saliese del cine sin que la firma de quien las había hecho se hubiera grabado a fuego en una pared de la memoria. Lo que importaban era que una escena de Los vikingos nos acompañara para siempre, que el crescendo de Impulso criminal, protagonizada por un antológico Orson Welles, nos sobrecogiera en cada recuerdo, que nunca nos abandonara la sensación de que una vez vivimos fascinados, atornillados a la butaca, ingresados en un relato hambriento, de deslumbrante economía y solución conmovedora. Ese golpe de luz con el que termina esa película, ese hall blanco cegador, esas figuras que se alejan: una instantánea potente, inolvidable.
Acabo de ver en DVD dos de sus más tempranas películas: Acusado a traición y Ven tras de mí, películas de bajo presupuesto pero con momentos de espléndida intensidad. Los dos primeros minutos de Acusado a traición son perfectos en eso de situar al espectador en el centro de una historia: basta una conversación entre un doctor y una enfermera, oída a través de la puerta entreabierta, para quintaesenciar el relato, que a partir de ahí galopa incesante hasta un final más bien pobre tras un puñado de momentos antológicos.
Ven tras de mí es un ejemplo puro de cine negro, ejercicio académico vigoroso y sostenido con maestría que muestra, como casi todas sus películas, que a Fleischer le importaba más la película que su nombre. Un artesano, sí, un gran artesano cuyos productos fueron confeccionados con talento e invicta capacidad para no dejar que sus huellas dactilares mancharan con sus curvas la nítida redacción de su relato.

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