La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

24 Abril 2006

Sin miedo, sin esperanza, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Según Napoleón (que conoció extremosas experiencias del éxito y del fracaso), el líder debe mostrar un porvenir a su pueblo, debe actuar como un verosímil "comerciante de esperanzas". Durante sus años de alcalde, en los que impulsó el cambio de piel de Barcelona, situándola en el mapamundi, Pasqual Maragall triunfó, incluso entre los que no le votaban, porque supo mostrar un porvenir a los barceloneses, porque supo venderles una esperanza fundada.

Consiguientemente, se desmelenaron las energías de Barcelona. La ciudad se encaminó con alegre determinación hacia un esperanzado porvenir, siguiendo el paso marcado por un alcalde que exhibía su personalidad más artística que política.

La espontaneidad de Maragall, sus salidas del guión, su pensamiento impredecible, sus gestos desconcertantes eran percibidos, en aquellos años, como una sana manifestación de libertad expresiva, como una innovadora superación de los usos tradicionales. Aquellos mismos gestos, en cambio, repetidos ahora, sirven como pretexto para la chanza y el desprecio. Le han perdido el respeto no sólo sus históricos rivales, sino sus propios aliados. Lo encumbraron a la presidencia, pero no han cesado en estos turbulentos años de cuestionarlo y condicionarlo. En esta última crisis, lo que iba a ser una operación de reforzamiento de la autoridad presidencial y de la coherencia gubernamental ha derivado en una nueva exposición de desencuentros, en la enésima espiral problemática.

Cuando Barcelona, el alcalde Maragall y el ingenuo Coby despegaban el vuelo, el espíritu de Europa nada tenía que ver con el actual. Europa, entonces, asistía alborozada a la caída del muro de Berlín. El estilo risueño y optimista de Maragall se adaptaba como un guante a aquellos años alegres. Con el final de siglo, el mundo oscureció. Europa ha digerido muy dificultosamente el Este. El Sur empuja en formidables oleadas. Un siniestro terrorismo de nuevo cuño siembra espanto e incertidumbre. El mundo se desplaza hacia el Pacífico. De ahí los bandazos del presidente Bush: ayer atacando Iraq, hoy indeciso ante Irán y adulando a los chinos. La conflictividad entre civilizaciones aumenta a medida que el petróleo sube a las nubes: se acercan grandes explosiones, de fuerza y repercusión incalculables. La Europa política está bloqueada. Francia e Italia han perdido el rumbo. Alemania está en la salida de emergencia. Incluso el más lego sabe que el bienestar español tiene escaso fundamento. En este contexto inquietante, los dibujos animados de la política catalana producen algo más que estupor y sonrojo. Producen escalofríos. ¿Pretenden imitar nuestros líderes el cínico manierismo a la italiana, precisamente ahora que, agotada, la Italia real reconoce, impotente, su fracaso?

Ciertamente, cada vez son más los ciudadanos que siguen los choques de nuestra política como los del fútbol. Con pasión de forofo. Los abucheos y los gritos de aliento de los hooligans impiden evaluar el estupor y el desapego de la mayoría silenciosa. La realidad económica y social catalana parece avanzar sola, al margen de la política. Pero, atención, el día en que lleguen las vacas flacas, la mayoría silenciosa se irritará. Y buscará otras vías. Así llegó históricamente el populismo, así regresará.

Incluso excluyendo esta hipótesis catastrofista, es evidente que una política estrictamente ruidosa, ensimismada, italianizante, es un obstáculo para la Catalunya real (la que trabaja y crea riqueza; la que quisiera trabajar). Y, sin embargo, atrapados en la partida de ajedrez, los políticos catalanes, y en particular el president Maragall, parecen actuar inspirados por el lema estoico de Isabella d´Este, una resignada marquesa del siglo XV: "Nec spe, nec metu" (sin esperanza, sin miedo). Se trata, sin duda, de una interesante máxima para gobernar la vida personal, pero funesta para la vida pública. El liderazgo político exige, como recomendaba Napoleón, ofrecer esperanza. Y actuar con prudencia (es decir: con miedo a provocar calamidades y a caer en el ridículo).

Nadie ha sabido intuir mejor que Maragall la salida del círculo vicioso en el que la Catalunya de la identidad doliente ha quedado atrapada. Lo ha explicado algunas veces: se trataría de proyectar todas las energías en la construcción de un gran círculo mediterráneo alrededor del eje barcelonés. Desarrollar este proyecto, evitaría las inútiles erosiones sentimentales con España y, en cambio, permitiría desarrollar las potencialidades económicas y el ímpetu protagonista de los catalanes en Europa. Ese objetivo contiene los ingredientes de un horizonte esperanzador. Podría ser una nueva centrifugadora de las energías catalanas. Pero el último movimiento del president confirma que no está en condiciones de proyectar su propia esperanza. Sus esfuerzos por imponerse lo desgastan sin cesar; le obligan a cometer constantes errores tácticos. También cada uno de los tres partidos se desgasta para imponer su lógica. Y también ellos caen una y otra vez en errores tácticos. En la batalla táctica se despilfarran todas las energías. También las de la oposición, que entra cada vez a saco en estos autos de choque, ignorando que se trata de un juego mortal. Mortal para el país. Aunque fomente el forofismo de los diversos entornos partidistas. Aunque se convierta en pozo de petróleo para los periodistas y en mina de pasatiempos para los humoristas.

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