MÁS DE una vez les he comentado que lo anómalo de la política gallega no está en su escoramiento a estribor, sino en el inmovilismo que los conservadores introdujeron en la composición de las élites -políticas, intelectuales y económicas-, en la organización y estructura del poder, y en el conjunto de ideas que determinan la imagen de una sociedad que se está quedando rezagada. También les dije, aunque ya no vale la pena recordarlo, que una parte esencial de ese problema residía en la figura de Fraga, que, lejos de funcionar como un revulsivo de modernidad, utilizó sus mayorías absolutas para cantarle nanas al «fogar de Breogán».
Pero la democracia lleva implícito el signo del cambio, y, cuando su calidad se deteriora por culpa de las estrategias del poder, se convierte en un vendaval que lleva todo por delante. Eso fueron las elecciones autonómicas del 2005, ya que sólo una fuerte tempestad puede explicar el profundo cambio que, sin grandes méritos imputables al BNG y al PSOE, se está operando en Galicia. En sólo un año, y por diferentes motivos, la política gallega presenció el ocaso de Fraga, Vázquez, Cuíña y Beiras; redujo a meras sombras a Orza, Romay, Nogueira y Palmou; contabilizó el relevo natural de Meilán y Zulueta, y tiene severamente emplazados a Cacharro y a Baltar. También se empieza a reconocer el nuevo orden en las empresas, las universidades, las asociaciones cívicas y los prescriptores de opinión. Porque, una vez desactivados los mecanismos que provocaban el inmovilismo, todo resulta afectado por la cascada de cambios que desencadenó, a partir del hundimiento del Prestig e, la crisis del fraguism .
El último episodio de cambio es el anuncio de que José Manuel Barreiro opta, contra Paco Cacharro, a presidir la Diputación de Lugo, en el que va implícita la fuerte colaboración que está haciendo Alberto Núñez a esta urgente renovación. Hay que decir, sin embargo, que el cambio social y político no se concreta en la desaparición de una élite, sino en la creación de unos dirigentes alternativos -sociales, intelectuales y políticos- que, por lo que toca a Galicia, todavía están en pañales. Por eso conviene recordar que fue el largo paréntesis del fraguismo, que asentó su liderazgo en la anulación sistemática de toda movilidad y todo pluralismo social, el que nos condujo a este yermo que tanto nos preocupa.
A Touriño le toca intentar la remontada. Pero hay que saber que el mal resultado de la ida pesa como una losa sobre un futuro que está narrado con tintes pesimistas en todas las estadísticas que describen nuestra realidad entre 1990 y 2005. Porque también en política es cierto que el pueblo que las hace, las paga.

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