DESDE los primeros días del tripartito hasta hoy, el gobierno y su presidente nos han obsequiado con decisiones o tolerancias incomprensibles. Y cuando la política no se entiende votantes y votados se quedan solos.

Una crisis de gobierno en principio no es mala. Quien más quien menos ha padecido una crisis en todas las modalidades. Crisis de amor, crisis laboral, crisis existencial. Y, a pesar de lo mal que se pasa cuando llega la crisis, la mayoría consigue superarla y, al cabo de unos años, acaba sacándole partido a la crisis y entiende que su nuevo amor le compensa más. Una crisis es un punto y a parte, jamás un punto y final.

Pero en el caso de las crisis de gobierno la cosa es más complicada. Un gobierno --y eso lo olvidan los gobernantes con demasiada frivolidad-- responde a la voluntad de los electores. Se establece entre los votantes y los votados un contrato que, por desgracia, sólo dura unos pocos días. Los suficientes como para compartir la alegría del triunfo. Inmediatamente después los gobernantes suelen olvidar a sus electores y los principios son sustituidos por el lenguaje de los príncipes. Actúan, deciden, callan, mienten o justifican decisiones difícilmente justificables. Pasan los meses y entonces, finalmente, llega la crisis. Y la gente no entiende nada, porque cuando la crisis hace su aparición los votantes ya llevan demasiado tiempo intentando explicar lo inexplicable. No entender nada no sólo cansa. Sino que inhibe a los partidarios de la función de pensar.

La izquierda se caracteriza por un exceso de pensamiento. La derecha, por el contrario, suele delegar en sus líderes la defensa de sus intereses. Es más difícil ser de izquierdas que ser de derechas. Los primeros pretenden cambiar algunas cosas y entienden que todo lo que consigan va a ser un privilegio. Los segundos entienden su posición, sus propiedades y su dinero como algo que les es propio. El político de izquierdas debería ser una emanación del pueblo, mientras que el político de derechas sólo es un empleado de los verdaderamente poderosos.

Los políticos de izquierdas deberían recordar que no se pertenecen a sí mismos y que no pueden permitirse el lujo de que su gente no les comprenda y mucho menos de que den pretextos a sus adversarios para que les critiquen. La derecha, cuando tiene un mal sirviente, le sustituye. Los votantes de izquierda se convierten, en cambio, en apóstoles de la idea. Y cuando la idea se ve traicionada por la torpeza y los electores de izquierda se quedan sin argumentos, llega la soledad, el escepticismo y la desilusión.

Maragall y los socios del tripartito tal vez no se acuerdan de la ilusión que provocó el Pacte del Tinell. Aún sin estar entrenados en la cultura de la coalición, los votantes han ido de la euforia a la decepción. La crisis inexplicable de la semana pasada no es más que la última pieza de gestos torpes, silencios excesivos, nepotismos descarados, imprudencias verbales y nombramientos o ceses incomprensibles. Entre las filigranas del poder y la ilusión hay una frontera frágil.

No me cuenten los motivos, debe decir la gente. Cuenten que hay realmente algo para que aquellos que les votaron lo puedan defender en público. Pero tal vez es tarde. Porque entre el poder y la ilusión optaron por el poder y consideraron la ilusión como una sensiblería del pueblo. Ésa es la verdadera crisis.