La habilidad de hacer difícil lo fácil, de Javier Morán en La Nueva España
La habilidad para hacer difícil lo fácil parece una de las constantes del Ayuntamiento de Paz Fernández Felgueroso. Nunca el Principado ni el Consistorio gijonés habían contado como en el presente con tal número de edificios a su disposición, a causa fundamentalmente del traslado de los centros universitarios al campus o a la Universidad Laboral. Ahí están el inmueble de ingenieros técnicos, o el de la Cátedra Jovellanos de Extensión Universitaria, o el de Empresariales. A ellos se suma la antigua fábrica de Tabacalera, o el actual edificio de los Juzgados de Prendes Pando, además de la Casa de Nava.
Pues bien, con todo ese patrimonio pendiente de destino definitivo, la crisis del Conservatorio de Música y su traslado a la Laboral -rechazado por una parte de los padres y profesores- sigue trayendo de cabeza al Ayuntamiento y a Felgueroso, quien incluso vio desde dentro de su vehículo oficial cómo la secuestraban temporalmente los discrepantes del Conservatorio. No ha de ser tan complejo encontrar una solución para la sede del aprendizaje musical, pero ya decimos que lo sencillo se vuelve endiablado en términos consistoriales, circunstancia que explica cómo las tareas más complejas -tramitar un nuevo PGOU, por ejemplo- han podido acabar en caos ciudadano.
Otro caso de cómo se puede acabar en lo enrevesado a partir de lo diáfano lo tenemos en el suceso del célebre proyecto «Salamandra», edificio que nunca veremos construido como balneario de Gijón. Felgueroso dio buena cuenta en el último Pleno de cómo desapareció «Salamandra» del horizonte gijonés, pero no fue al fondo de la cuestión.
Lo diáfano en este caso es que la idea del grupo Aranea, de jóvenes arquitectos alicantinos, resultó vencedora en el concurso municipal, que, por cierto, costó unos quince millones de pesetas, según apuntó en dicho Pleno la portavoz del PP, Pilar Fernández Pardo.
Aunque Felgueroso recuerda que las bases del concurso contemplaban que cualquiera de las cuatro ideas finalistas podía ser elegida por el Ayuntamiento para su transformación en balneario, el hecho es que «Salamandra» ha sido, es y será siempre la idea triunfadora de aquella convocatoria. Las biografías de los arquitectos están plagadas de proyectos refrendados por un concurso, pero que nunca se ejecutaron. En el gremio de la Arquitectura, una idea, un proyecto hecho público es ya cosa sagrada, aunque no se haga realidad. Por tanto, «Salamandra» irá acompañada hasta el fin de los días por una etiqueta que diga: «Proyecto de balneario para Gijón. No ejecutado». Pero volvamos al concurso de marras, ya que la acertada elección del jurado se ha visto ahora refrendada por el hecho de que el Museo de Arte Moderno de Nueva York haya elegido «Salamandra» como un relevante ejemplo de la arquitectura que se diseña en España. Ahí es nada.
Por tanto, no vamos a perdernos en el ramaje de los desencuentros entre Felgueroso y Aranea, aunque no dudamos de que la senectud cuenta con mejores armas que la juventud para llevar los argumentos a su posición. No vayamos a todo ello, sino a lo esencial: ni «Salamandra», ni ninguna de las otras tres ideas finalistas -en su caso- serán el edificio del balneario. Lo diáfano aquí es que Felgueroso no peleó por la idea triunfadora, e incluso estas orejas que se han de comer los gusanos escucharon cómo la regidora argumentaba en contra de «Salamandra» que sería un edificio en el que «se resbalaría muchísimo», dadas sus formas sinuosas, las mismas que le proporcionan su belleza como auténtica escultura arquitectónica.
Pero seamos justos: hay que decir en descargo de Felgueroso que, primero, los sucesivos cambios sobre el balneario complicaron las gestiones, y, segundo, que los promotores privados huyen como de la peste de las arquitecturas singulares, porque saben que el arquitecto les va a dar incesantemente la paliza para que la obra final coincida con lo proyectado. De hecho, la arquitectura más significativa sólo la promueven las administraciones públicas (salvo en el caso del Principado, que en la Laboral está promoviendo la deformación de un gran edificio).
Pero, admitidas estas dificultades, volvemos a lo que considerábamos esencial: la Alcaldesa rechazó, o no impuso, una idea admirable para su balneario del alma y el caso se le ha ido de las manos porque en Nueva York descubrieron su brillantez. Con ello, la pena es que, además de írsele de las manos, a Felgueroso se le ha ido de la mente la inquietud por dejar tras de ella grandes hitos arquitectónicos.
