Soy, por naturaleza y educación, pesimista. De pequeño, en Glasgow, fui alentado a esperar siempre lo peor sobre la base de que actuando de tal modo nunca se veía uno defraudado y, en ocasiones, se veía gratamente sorprendido. De modo que vivo la vida con el peor de los escenarios cerniéndose siempre ante mí. Como el soldado Fraser de El ejército de papá, mi actitud por defecto es: "Estamos perdidos".

No es ése el estilo estadounidense. Desde que Thomas Jefferson citó la búsqueda de la felicidad como razón de la independencia de Estados Unidos, el optimismo está estampado en el ADN de ese país. Louis Armstrong representó ese espíritu nacional en la maravillosa canción On the sunny side of the street (en el lado soleado de la calle): "Aunque jamás tuviera un centavo, / sería rico cual Rockefeller, / con polvo de oro a mis pies / en el lado soleado de la calle".

En ninguna parte es tan soleado ese lado como en Miami. Aquello es más que un boom. Los Ferrari rojos y los Hummer negros cubren los bulevares de Coral Gables. Los buenos tiempos han regresado al hotel Biltmore, esa espléndida obra maestra de la arquitectura de los locos años veinte. Las cifras transmiten la impresión de una prosperidad febril. El turismo, que es el mayor negocio de Miami, se ha recuperado con creces de la conmoción del 11-S. El puerto y el aeropuerto florecen gracias al vertiginoso aumento de los volúmenes comerciales. Los servicios financieros también crecen a un ritmo acelerado. El desempleo es tan bajo como puede serlo en Estados Unidos, y eso es muy bajo.

Al hojear el Miami Herald se encuentran anuncios con encabezamientos como: "Cree riqueza generacional gracias a la propiedad inmobiliaria"; "¿No tiene dinero? No importa. ¿Poco crédito? No es problema. ¿Sin educación? ¿Y qué? ¿Más de 65 años? Aún hay tiempo de cambiar su futuro financiero". Sin lugar a dudas, el lado soleado de la calle.

Debe señalarse también que la prosperidad de Miami es un triunfo de la inmigración sin trabas y el libre mercado. La población del condado de Miami-Dade es hispana en un 57%, en gran medida -aunque no exclusivamente- cubana. Con todo, el contraste con la deprimida Habana no puede ser más marcado.

Dadas esas circunstancias, no constituyó sorpresa alguna que mi conferencia pusiera nervioso al público. Mis conclusiones eran lúgubres, incluso según mis propios parámetros. Observé que, si hemos de hacer caso de la historia, nuestra actual edad de oro de la globalización -tan beneficiosa para Miami- no tiene muchas probabilidades de perdurar. Podría acabar debido a una crisis geopolítica. O debido a una recesión nacional gradual.

Y ésas son sólo las lecciones de la historia. Si atendemos a los científicos del Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático, la prosperidad mundial podría llevar a un desastre medioambiental. Mi última diapositiva catastrofista mostraba el aspecto de la costa oriental de Estados Unidos en caso de producirse un aumento de diez metros en el nivel de los mares. En semejante escenario (debo reconocer que extremo), Miami se hermana con la Atlántida bajo las aguas.

Como hablaba ante un público de estadounidenses optimistas, la consternación se apoderó naturalmente de él; sobre todo, por la aterradora visión de sus bienes raíces pudriéndose en el lecho marino. "¿Y tiene sugerencias positivas sobre el modo en que podemos evitar que todo esto ocurra?", preguntó alguien. "Sí", respondí tras ciertos circunloquios: "Al contrario de lo que yo hago, ustedes deben mantener a toda costa el optimismo".

Dejemos de lado la cuestión del calentamiento global, que me resulta del todo incomprensible. Nadie sabe con seguridad cuál será el efecto climático del aumento de las temperaturas. Sólo diré que quienes proclaman con mayor vehemencia "convertir la pobreza en historia" deberían tener cuidado con lo que desean, porque muchas veces parecen ser los mismos que quieren que "salvemos el planeta". En realidad, no hay mayor amenaza al medio ambiente global que el inmenso esfuerzo que realizan actualmente para acabar con la pobreza los países más poblados del planeta, China e India. Son los africanos quienes más hacen por salvar el planeta... permaneciendo pobres.

En el gran proceso global de elevar los niveles de vida asiáticos (por no hablar del mantenimiento de los europeos), el optimismo estadounidense desempeña hoy un papel crucial y poco reconocido. El crecimiento económico de la última década se ha visto impulsado en grandísima medida por el insaciable consumo de los hogares estadounidenses. Dicho consumo representa alrededor del 70% del producto interior bruto, y el crecimiento estadounidense ha sido el responsable en los últimos tiempos de más de la mitad del calentamiento global. Por otra parte, el apetito estadounidense por la ropa y los aparatos importados ha sido uno de los motores del milagro económico chino.

Ahora bien, el consumo de Estados Unidos depende de modo crítico del optimismo de ese país. ¿Por qué? Porque sólo ahorrando literalmente el cero por ciento de sus ingresos y endeudándose con préstamos hasta el cuello han podido los hogares estadounidenses seguir consumiendo, como dicen, "a tope".

Examinar las cuentas de una familia estadounidense típica es ver el optimismo en acción. Según la recién publicada encuesta de confianza en la jubilación del 2006, seis de cada diez trabajadores estadounidenses afirman estar ahorrando para su jubilación. En realidad, más de la mitad tienen ahorrados menos de 50.000 dólares (dejando de lado el valor de sus casas), y más de un tercio, menos de 10.000 dólares. De modo similar, la mayoría responde que espera trabajar hasta los 65 años; en realidad, la edad media de la jubilación es de 62 años. Dos quintas partes de los trabajadores estadounidenses acaban abandonando la fuerza de trabajo antes de lo previsto.

Eso es lo que significa caminar por el lado soleado de la calle. No considerar en absoluto la posibilidad de que uno puede llegar a sobrar, enfermar o envejecer. Aferrarse al sueño americano de que uno se va a convertir en uno de los pocos que consiguen ascender por la escala social y ser "tan rico como Rockefeller".

El declive en la tasa de ahorro personal desde el 8% de la década de los ochenta hasta la actual cifra inferior a cero es en sí mismo un fenómeno notable. Casi igual de impresionante ha sido el sostenido aumento del endeudamiento estadounidense. De nuevo, esta superabundancia de préstamos se ha basado en el optimismo. A medida que se llenan de deudas, los estadounidenses se tranquilizan creyendo que el balance final justificará el riesgo asumido. En realidad, la mayoría de los hogares sólo tiene un bien importante, la vivienda. Su valor se ha disparado a lo largo de la última década. La suposición es que esta inflación del mercado inmobiliario va a continuar.

El mundo, como he dicho, tiene motivos para estar agradecido a ese optimismo. El desequilibrio entre optimismo estadounidense y cautela asiática se manifiesta en el inmenso déficit actual por cuenta corriente. Las importaciones superan hoy vastamente las exportaciones. Los estadounidenses financian la diferencia con préstamos exteriores. Así, el ahorro asiático contribuye a financiar el consumo estadounidense, con beneficios para ambas partes.

Sin embargo, el mundo tiene de igual modo motivos para temer un cambio en la actitud estadounidense. Y semejante cambio quizá sea mucho más inminente de lo que llevaría a creer una visita relámpago a Miami. Al fin y al cabo, los tipos de interés han subido de modo constante desde el verano del 2004, arrastrando consigo el coste del servicio de la deuda de tarjetas de crédito y las hipotecas de tipo variable (que se han hecho muy comunes en los últimos años). Y la opinión generalizada es que Ben Bernanke, el nuevo presidente de la Reserva Federal, aumentará de nuevo los tipos el mes que viene. Con la subida de la inflación de salarios -sobre todo, en lugares como Miami-, no le queda otra opción que accionar con más fuerza el freno.

Al mismo tiempo, los estadounidenses están empezando a darse cuenta de que los precios de la energía no van a volver en un futuro inmediato a los niveles de los noventa. Durante la mayor parte de esa década, el barril de petróleo se mantuvo por debajo de los 20 dólares. Ahora parece clavado por encima de los 60 dólares, con la perspectiva de precios aún mayores si la crisis en torno al programa nuclear iraní se agudiza y desemboca en una guerra. Unos tipos de interés cuatriplicados y unos precios de la energía triplicados constituyen una combinación explosiva.

Mientras los estadounidenses sigan caminando por el lado soleado de la calle, la economía global seguirá creciendo. Sin embargo, el escenario de pesadilla es que ese optimismo podría trocarse de golpe en pesimismo.

"Lo único a lo que debemos tener miedo -declaró Franklin D. Roosevelt durante la depresión- es al miedo mismo". Ese miedo ha estado hasta ahora ausente de la vida estadounidense. Sin embargo, no olvidemos nunca lo devastador que podría ser que Estados Unidos cruzara hasta el lado de sombra de la calle.

N. FERGUSON, titular de la cátedra Laurence A. Tisch de Historia en la Universidad de Harvard www.niallferguson.org
© Niall Ferguson, 2006 Traducción: Juan Gabriel López Guix