Después de haberlo intentado por primera vez sin éxito en ocutubre, el president ha podido hacer una remodelación del Govern. La Administración sólo puede juzgarse por lo que hace y por cómo lo hace. Por lo tanto, el juicio sobre la acción de este Govern remodelado sólo será posible al final de la legislatura. Pero los cambios que se han producido invitan ya a hacer algunas reflexiones.

1. El president ha querido ejercer el poder que tiene de hacer una remodelación, pero sin contar con la opinión de sus socios. Las referencias constantes de Maragall a la unidad y la cohesión del Govern ponen claramente de manifiesto que habla principalmente de deseos.

2. El president hace tiempo que ha descubierto que, en un tripartito con tanta personalidad como este, su poder es limitado. En esto, la oposición va con retraso: no ha entendido de qué va un gobierno de coalición y sigue exigiendo al president que se comporte como si tuviese un gobierno monocolor o como si pudiera mantener a todo el mundo a raya, al estilo de su predecesor en el cargo, Jordi Pujol.

3. Cuando Pasqual Maragall quiere ejercer el poder limitado que tiene, me parece que le rendiría más si consensuara decisiones y estrategias, en lugar de tirar por la calle de en medio. Los socios de gobierno hubiesen preferido hacer los cambios después del referendo del Estatut. El president Maragall ha repetido varias veces que lo ha hecho porque quiere que, al día siguiente del referendo, el Govern ya esté "funcionando a pleno rendimiento" para aprovechar "las posibilidades" del nuevo Estatut.

Pero el president sabe muy bien que el día siguiente será igual que el día anterior y, seguramente, igual que meses después, por la sencilla razón de que el Estatut tiene que desplegarse y esto no se hace de un día para otro. Resulta descorazonador constatar, por ejemplo, que muchos traspasos que ya estaban previstos en el Estatut de 1979 todavía no se han realizado.

4. NO SOY aficionado a los ejercicios de psicoanálisis político, pero creo que el president no ha querido reforzar el Estatut, sino hacerlo olvidar y ponerse ya manos a la obra, él, que se cuenta --como ha declarado-- entre aquellos que "queremos ir más allá". En la base del cambio de Govern no hay, pues, el Estatut, sino el deseo de pasar página tan pronto como sea posible.

5. ERC e ICV han aceptado esta decisión del president Maragall simplemente porque no podían volver a frenar su capacidad de iniciativa sin desprestigiarlo de manera casi irreversible. Han aceptado los cambios que ha introducido en el Govern, pero les han puesto precio.

Así es cómo los papeles han quedado mejor repartidos que nunca: El president destituye a quien quiere y los socios nombran a quien les parece. No creo que esta sea la mejor forma de cohesionar nada ni de avanzar en la confianza mutua, pero así es como han ido las cosas. Y todos ellos lo han dejado bien claro.

6. En la Conselleria de Governació, ERC ha impuesto a Xavier Vendrell en el lugar de Joan Carretero, que hace unas semanas se atrevió a criticar al presidente el Gobierno español y al Estatut aprobado en Madrid. Entonces Maragall le dijo que "se atuviera a las consecuencias". Las consecuencias son estas de ahora. Pero Xavier Vendrell es tan duro, o más, que Carretero, y después del nombramiento se ha apresurado a decir que el Estatut es "una tomadura de pelo" del PSOE. Lo que piensa de Rodríguez Zapatero lo dirá más adelante. Seguiré en la línea psicoanalítica para decir que este carácter de Vendrell es el que realmente molesta a mucha gente, al Govern o a la oposición, más que la anécdota de las cartas para pedir contribuciones económicas. Al fin y al cabo, más vale una carta transparente y firmada --por muy y muy ingenua que sea--, que la opacidad de las donaciones anónimas que otros defienden con fuerza y que a muchos nos llevan a pensar mal.

7. LA ELECCIÓN y reacción de Vendrell no hace sino confirmar lo que dijo Carod-Rovira, que "con esta decisión del president, ERC ve legitimado absolutamente su derecho y su condición de partido con las manos libres para votar en el referendo lo que considere más adecuado para los intereses de Catalunya". Si se le acepta, pues, al president que decida por su cuenta un cambio de gobierno, él también tiene que aceptar que ERC siga discrepando de los socios de gobierno por lo que se refiere al referendo.

8. ICV se lo ha tomado bastante peor, quizá porque tiene menos factura para cobrar. Ha protestado como podía hacerlo: enfadándose y manifestándolo. A menudo, ICV se queja de las discrepancias de ERC. Pero las suyas pueden ser enormes, como ésta de ahora. Saura ha llegado a decir que el cese de Salvador Milà por parte del president de su gobierno era "políticamente injusto". Será difícil encontrar discrepancias más claras y más profundas.

9. Con Maragall, ERC e Iniciativa yendo a la suya, costará defender la cohesión del Govern, tanto del anterior como del actual. El último capítulo hasta ahora lo han escrito los tres consellers cesados de los dos grupos minoritarios: ninguno de ellos asistió a la toma de posesión de sus sucesores. El cesado conseller Carretero --a diferencia de los otros dos-- tampoco acudió al ritual del traspaso de cartera a Xavier Vendrell, que lo excusó.

Se entiende que los exconsellers puedan estar molestos con sus ceses. Pero yo no entiendo de ninguna manera su gesto, que revela falta de sentido institucional. No pueden hacerse gestos insolidarios e irrespetuosos el día del relevo. En una democracia, el respeto a las instituciones forma parte de la buena educación cívica.

JOSEP-MARIA Terricabras. Catedrático de Filosofía de la Universitat de Girona.