El 15 de abril de 1986, Jean Genet moría en una habitación de una pequeña mansión del distrito XIII de París. La víspera se iba Simone de Beauvoir. ¿Tuvo tiempo de saber que su amiga -que ya no lo era- le había precedido en el largo viaje? En realidad, poco le importaba lo que pudiera ser de la pareja Sartre-Beauvoir.
Me acuerdo de que estaba con Genet el día de la muerte de Jean-Paul Sartre. Tras dar una calada a su cigarrillo Panthers, exclamó en tanto observaba cómo se elevaba el humo: "¡Sartre ha muerto! Humo que se desvanece...". Nunca le había perdonado el grueso ladrillo de más de 500 páginas San Genet, comediante y mártir, que Sartre le había dedicado momificándole de hecho.
Hace unos días fui a Larache, situado a unos 80 kilómetros al sur de Tánger, donde está enterrado Genet, en el cementerio cristiano. La mujer del guardia me abre la cancela, me pregunta si sé dónde se encuentra su sepultura y vuelve con un cuaderno grande -parecido a un libro de firmas- que me tiende a continuación. El cementerio está bastante concurrido. Los visitantes estampan su firma, redactan unas frases o alguna reflexión, consignan la fecha en el cuaderno y se marchan.
La estela de mármol muestra el nombre de Jean Genet grabado como su firma acompañada de unas fechas: 1910-13/ 14 de abril de 1986. La cabeza de Genet mira al este, en dirección a La Meca. Ante esta sencilla tumba, no experimento ningún sentimiento especial. Ninguna emoción. Le recuerdo perfectamente, con su irónica sonrisa. Me contó un día que la casa que había construido para Mohamed, su último amigo, se encontraba situada entre una cárcel y un antiguo burdel. Algunas personas afirman haberle oído decir dónde deseaba reposar, aunque personalmente no le oí comentar que deseara ser enterrado en esta ciudad. Tal vez se lo confiara a Leila Shahid, la amiga palestina que le presenté en una ocasión y que había frecuentado la compañía de Genet durante su último año de vida.
Recuerdo que acompañé a Genet a Larache cuando buscaba un terreno para construirse una casa. No para él, sino para el hijo de Mohamed, Ezzedine, al que consideraba su nieto. Me decía: "¡Fíjate, tiene unos ojos azules como los míos!". Genet amaba esta ciudad precisamente por su aspecto de abandono, su aire nostálgico de su época española: una ciudad sin interés actual para los turistas ni para las autoridades de Rabat. Una ciudad situada en un mundo aparte, de aspecto arcaico, casi fuera del tiempo...
La casa sigue ahí y no se parece a ninguna otra casa marroquí. Amplia y espaciosa, su biblioteca sigue aguardando que llegue algún día la colección completa de La Pléiade. Genet había pedido a Gallimard, su editor, que le enviara a Larache todos los volúmenes de la famosa y prestigiosa colección pues quería que Ezzedine se educara en una casa llena de libros.
Genet es el último cristiano enterrado en este cementerio marino; él, que no creía ni en Dios ni en Satán, que sólo amaba a la humanidad doliente, que se pasó la vida provocando a las instituciones y a las personas que se tomaban en serio, que había defendido las causas de los desesperados y que abrigaba cierta simpatía por el ayatolá Jomeini ya que éste se había atrevido a oponerse a Occidente. Aquí yace este gran poeta. Desde su modesta tumba, la única que no está coronada por una cruz de hierro, contempla el mar y debe de reír de buen grado dondequiera que su alma surque las aguas.
Genet mantenía con Marruecos una relación ambivalente. Detestaba Tánger, que le recordaba la Costa Azul; amaba Rabat, donde vivía entonces Leila Shahid, y también Fez, donde había conocido a Mohamed Katrani, su último amigo, al que había recogido mientras dormía en la calle. Se había sentido atraído por la peripecia de este joven, prófugo del ejército, que dormía en las callejuelas de la ciudad vieja.
Genet le tomó bajo su protección, removiendo cielo y tierra para que se le concediera un pasaporte para poder viajar a París. Mohamed no era homosexual, y Genet me dio a entender en varias ocasiones que no se acostaba con este joven. Le casó con una vecina de su familia, que le dio un hijo que
Genet se apresuró a llamar Ezzedine, nombre del representante palestino en París asesinado por los agentes de Saddam Hussein en 1978. Ezzedine Kalak había ayudado a Genet a obtener un pasaporte para Mohamed ante las autoridades marroquíes. Genet nunca había opinado sobre el régimen de Hassan II ni adoptado posición sobre la cuestión del Sahara. Reservaba sus ásperas críticas para Occidente en general y su país natal, Francia, en particular. Nunca reconoció haber ido a la cárcel por delitos de menor importancia, haber sido humillado por carecer de familia y haber sido acogido de niño por la beneficencia. Recordaba su peripecia vital sin lamentarse, pero acusaba a Francia de maltratar a los pobres, los desfavorecidos y marginales.
A lo largo de los diez años que nos tratamos, mantuve numerosas conversaciones con él sobre todos estos problemas. Era un hombre visceralmente opuesto al Estado, a su ejército y a su policía. Defendía a los Black Panthers por ser víctimas de discriminación racial en EE.UU. Acudía en ayuda de los palestinos porque carecían de Estado. Me confesó: "Cuando los palestinos tengan su Estado, policía y ejército, ¡dejarán de interesarme!".
Odiaba hablar de literatura y mantenía su obra en una especie de olvido involuntario. Cuando le decía que poseía un lenguaje de corte clásico y de gran belleza, me respondía: "Debía ser irreprochable. Me esforzaba al máximo para que la frase quedara tallada como un diamante". Eso le salvó y ayudó a su amigo Jean Cocteau y también a Sartre a la hora de sacarle de la cárcel.
Cuando, como ahora, la obra de Jean Genet está publicada en La Pléiade, se le consagran libros malintencionados y biografías solventes y se celebra el vigésimo aniversario de su desaparición con un coloquio en Tours, he sentido deseos de ir a visitar su tumba. Poco le importaba si le leían o le querían. Lo que más le interesó en sus últimos años fue la suerte del pueblo palestino. Su obra póstuma Un cautivo enamorado recoge la historia de Hamza, un combatiente palestino en busca de su madre. ¿Y si se tratara de la madre de Jean Genet? Él era cautivo de una herida, la del niño abandonado por su madre.
TAHAR BEN JELLOUN, escritor. Premio Goncourt 1987
Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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