La reacción de firmeza del ministro del Interior ante el primer acto de kale borroka - vandalismo puro y duro- que provocó la destrucción del comercio de un concejal de UPN en Navarra es una respuesta tranquilizadora para la sociedad española. No ha habido un tratar de mirar hacia otro lado y rebajar su importancia ante un hecho delictivo provocado, presuntamente, por el amplio entorno de ETA o de Batasuna, sino un mensaje claro: la tregua, definida por la banda como alto el fuego permanente, es incompatible con acciones como la de Barañáin. La respuesta del presidente del PP, Mariano Rajoy, tras la destrucción de la ferretería del edil conservador fue prudente, lo que puede dar a entender que el acuerdo de su entrevista con Zapatero se mantiene en su integridad.

Es evidente que un proceso como el que se está viviendo en estos momentos y que puede desembocar en la ausencia de la violencia en el País Vasco es largo, complejo y con altibajos. Todas las partes lo saben así. También que no será fácil y siempre habrá obstáculos imprevistos. Es probable que el de ayer sea el primero después del aviso de la carta de extorsión al empresario navarro. La prudencia debe ser una buena guía ante estas situaciones. Pero no basta: la firmeza, también. Y esa es la carta que debe jugar el Gobierno cada vez que surjan problemas.