Se tiene por buen hábito asociar al mesón como ese remanso de paz saludable para el yantar y al mesonero como el buen conversador con el cliente que a sus mesas decide sentarse. No es menos cierto que a día de hoy, en una sociedad dominada por la deconstrucción, donde el restaurador galáctico divide su vida casi a tiempos iguales entre los fogones y el plató de televisión o de la tarima del palacio de congresos, la figura del mesonero parece devolvernos en el tiempo al medievo. Y, sin embargo, por suerte para conservar la memoria en este país de quienes somos y de dónde venimos, quedan todavía repartidos por España mesoneros adaptados al siglo XXI, que bebieron su sabiduría popular en los difíciles años de la posguerra y ahora son el eco de nuestra propia historia.
En esta fuente de conocimientos se puede iniciar un largo viaje sin mochila para reverdecer cómo se han ido tallando las fisonomías tan acuñadas de nuestras autonomías. En ese camino del interés por el conocimiento es cuando el mesonero, dueño y señor de la evocación que arranca en Asturias, menudea por Galicia y es capaz de bajar hasta Andalucía por las tierras lusas, se aproxima a la sentencia. Ante los ojos atónitos de los clientes entusiasmados es cuando proclama: «A las regiones de España se las conoce por sus canciones; son las letras de sus canciones las que nos deciden cómo son cada uno de las autonomías que tenemos».
En unos tiempos donde la diversidad territorial parece aislarnos a pesar del esfuerzo dialéctico de los políticos por asociar peculiaridad con unidad, parece llegar la canción y evidenciarnos con la voz la procedencia de cada uno de nosotros. Para el mesonero, los asturianos se refugian en la pesada carga de sus trabajos (la mina); los gallegos buscan letras alegóricas a las cualidades femeninas; son los andaluces quienes ponen en el quejío el reflejo de sus lamentos; mayor recogimiento se aprecia en los austeros castellanos y leoneses, donde difícil resulta encontrar una nota más alta que otra; queda para los catalanes la llamada siempre astuta al querer más y más, mientras los vascos no pueden disimular en la mayoría de sus composiciones la pasión por los buenos alimentos. La diversidad hecha música.

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