La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

23 Abril 2006

De la multiplicación de las pantallas a la TV nómada, de Juan Cueto en La Nueva España

Hoy, en el primer lustro del nuevo siglo, ya no podemos hablar del impacto simple de una tecnología, sino del impacto complejo de una convergencia de muchas tecnológica que altera los tradicionales modos televisivos de producir, emitir, consumir, financiar y recibir en casa o fuera de casa aquellas imágenes en movimiento que desde su nacimiento, y durante mucho tiempo, la TV tenía la exclusiva en los hogares.

Esta convergencia tecnológica también supone una mutación antropológica, no sólo una mutación televisiva. Está más cerca de implicar un hecho de civilización que de ser un hecho de cultura tecnológica, como ocurrió con los primeros tiempos de la televisión.

(...) En la vida cotidiana, como consumidores compulsivos de imágenes, estamos viviendo en estos precisos momentos, y en el interior de nuestros hogares, las consecuencias de una convergencia entre las tecnologías con pantalla y de las sinergias personales que están transformando radicalmente nuestra tradicional manera de consumir las imágenes, en general, y la televisión en particular.

Mi amigo Umberto Eco, con el que he discutido tanto de estas nuevas máquinas con pantalla, escribió hace un decenio que el acontecimiento más importante en el mundo de la comunicación fue el que un día marcó la transición entre las industrias pesadas de las imágenes a domicilio a las industrias ligeras de producción de las mismas. La televisión nació del lado de las tecnologías pesadas, administrativamente barrocas, politizadas hasta la médula hertziana, territorializadas, unidireccionales, muy lentas y de consumo masivo, pero desde el día en el que existieron el mando a distancia, la televisión por satélite, la multiplicación de las pantallas domésticas que reciben imágenes desde un lejano centro emisor que ya no es necesariamente un centro emisor de TV; en fin, desde que el televisor del «living-room» ya no tiene la exclusiva de las imágenes a domicilio el viejo invento de la televisión se reconvirtió de una tecnología pesada en una industria ligera, y de un medio exclusivamente de masas en una pluralidad de pantallas de consumo cada día más desmasificado. Esta mutación de la TV en una industria ligera ocurrió en todos los ámbitos televisivos: en producción de imágenes, difusión y consumo ante el televisor.

Desde aquel impreciso día del que habla Eco, ya no es posible pronunciar «La Televisión» como solíamos pronunciarlo, en singular y mayúscula trascendental. Y lo que fue una mera mutación tecnológica, repito, derivó en mutación antropológica.

(...) Un día, a mediados del siglo pasado, el mundo industrial se llenó de pantallas. Las máquinas de la anterior revolución industrial con las que trabajaba y producía el hombre eran simulacros de la fuerza de los brazos, de las habilidades de la mano y de la velocidad de los pies. (...) Pues bien, si las máquinas de la primera revolución industrial sólo eran ortopedias más o menos felices de los músculos del hombre, las nuevas máquinas industriales resultaron ser simulacros del cerebro. En la época en que la televisión se transformó en el primer motor de la sociedad de consumo de masas, las nuevas máquinas industriales con las que trabajaba el hombre, a partir de la mutación científica y tecnológica que implicó la informática, dejaron de tener relaciones exclusivas con la fuerza del trabajo muscular para concentrarse y especializarse en la fuerza del trabajo intelectual. Ésa fue, en definitiva, la gran mutación industrial ocurrida en el último tercio del siglo pasado y de ella nos vienen todas nuestras grandezas y miserias. Porque aquellas nuevas máquinas industriales que intentaban ser ortopedias del cerebro y no de los brazos, las manos y los pies, que sabían procesar información, memorizar, gestionar, hablar, relacionar, comunicar, ver a distancia o divertir, ante todo fueron máquinas con pantalla, no lo olvidemos ni por un instante. Y nuevas máquinas con pantalla que transformaron el mundo industrial (posindustrial) y lo que todavía es más curioso, nuevas máquinas con pantalla sin relación alguna con las dos pantallas inventadas a principios y mediados del siglo XX: la del cine y la de la televisión. Alguien dijo que al siglo XX había que llamarlo el Siglo de las tres Pantallas, la gran pantalla del cinematógrafo, la pantalla mediana de la televisión y la micropantalla del computer. Y de la convergencia entre esas tres pantallas tan distintas y de materiales diversos (tela, tubo catódico y cristal líquido) está fabricado el hormigón y los pilares de acero sobre el que se asienta el edificio del siglo XXI.

Aquella micropantalla del computer cambió la idea y la imagen del trabajador, que pasó de ser de alguien en mono azul moviendo los músculos delante de una máquina grasienta y en cadena, sudando en medio de ruedas, dientes, ejes, émbolos, pistones, gases, ruidos atronadores y metales candentes, a la de un trabajador de cuello blanco sentando en una oficina delante de una máquina con pantalla.

En ese momento laboral empezó la invasión de las pantallas en el mundo industrial y cultural y su última manifestación es esta multiplicación de pantalla en el hogar en el que un día reinó la televisión. Pantallas industriales o de entretenimiento, de ocio o de negocio, de hogar o de trabajo, pantallas caseras o móviles, pasivas o activas, pantallas alimentadas por viejas señales hertzianas, por satélite digital o por internet, procedentes del espacio analógico o de los paquetes de bits lanzados al ciberespacio. Formidable y no prevista multiplicación de pantallas, todas de industria ligera, que desde hace menos de un cuarto de siglo han mutado también, o sobre todo, los tradicionales modos y maneras de estar delante de la pantalla dominante del hogar y que han superado las viejas trifulcas que tanto nos ocuparon en estas asambleas entre pantallas públicas o privadas, generalistas o temáticas, gratis o de pago, vía analógica o digital; por tierra, cable, ADSL, teléfono, satélite o procedentes del ciberespacio de internet; señales recibidas en el televisor plano o catódico del cuarto de estar, donde se reúne la familia, o en las cada día más numerosas pantallas personales, de uso rabiosamente individual y también, ahora mismo, las pantallas de la TV nómada.

(...) Yo veo la tele en el «living-room» y en los canales analógico/digitales y generalistas de mi país todavía procedentes de tecnologías pesadas, de acuerdo, pero también consumo televisión, y mucha, cuando estoy enganchado a internet, al videomóvil, al iPod e incluso cuando juego on-line a los videojuegos. Es más, cuando quiero ver una serie que las televisiones españolas generalistas (territoriales) no emiten o emiten con retraso, cambio inmediatamente de pantalla doméstica, paso de la pantalla familiar del «living-room» a la pantalla personal de internet, y descargo por 0,80 céntimos de dólar y por el sistema Video-on-demand el último capítulo de la segunda temporada de «Lost» o «Mujeres desesperadas». Las mejores de Hollywood, los grandes productores y difusores de los contenidos globales, y la Disney en primer lugar, han descubierto desde la semana pasada que consumir televisión en el mundo actual ya no sólo tiene que ver con el viejo acto de estar sentados y en familia delante del televisor único. Que también ya puede ser rentable difundir sus contenidos por esas nuevas pantallas de cristal líquido que ya no están ni en la oscura sala de cine ni en la penumbra familiar del cuarto de la televisión. Contenidos que se descargan en las micropantallas del computer o en las videoteléfono portátil, pagando por el sistema del Video-on-demand o gratis, como en el caso de la Disney porque la publicidad multinacional también empieza a financiar contenidos TV que pueden consumirse... al margen de la televisión.

El principal problema que actualmente tienen los institutos medidores de audiencia y distribuidores de publicidad, como el venerable Nielsen Media Research (...), es medir con cierta exactitud el consumo familiar de las imágenes a domicilio o en la calle. (...) Por culpa de la multiplicación de pantallas en el hogar, el consumo tradicional de televisión, dicho así, en abstracto, ha experimentado un cambio tan notable que ya está influyendo en la distribución de las publicidades, es decir, en la financiación de las televisiones generalistas y basándose en sus audiencias. Éstas son las audiencias alternativas al tradicional consumo familiar de la televisión que, según el poderoso Nielsen Media Research, hay que tener en cuenta ahora mismo y que considera competitivas con la vieja pantalla del «living-room»: internet, el Video-on-demand, el TiVo (que es un aparato DVR que causa furor en los USA y que además de grabar toda clase de emisiones televisivas puede eliminar la publicidad), el videoteléfono (del que, por cierto, estos días se está experimentando aquí, en Asturias, una experiencia piloto, como receptores de la TDT, la Televisión Digital Terrestre), los estrenos del DVD con llegada de las películas a domicilio, sea por los bits del ciberespacio o sea por los átomos del Net-Flix o Amazon, el nuevo iPod con vídeo con teledescargas audiovisuales por el procedimiento iTunes, que ha demostrado su eficacia en la compra legal y masiva de novedades musicales, la pantalla casera y juvenil de los videojuegos on-line o, en fin, la gran novedad en el mundo de la llamada televisión nómada, la máquina Sling Media, que tiene pinta de tableta de chocolate («dulce tecnología», es su eslogan publicitario), que permite ver todo lo que ofrece tu televisor casero desde cualquier sitio del mundo, a través del ordenador, y que rompe un principio que hasta ahora parecía inamovible y era la base de este medio: «Para ver la televisión ya no hace falta estar sentado y en familia delante del televisor del "living-room"».

Resumiendo lo hasta ahora dicho. Por un lado, multiplicación en el hogar de las pantallas que reciben imágenes a distancia y, por el otro lado, nacimiento impetuoso e irreversible de las modalidades de lo que ya llamamos televisión nómada, la televisión que ya se consume y se consumirá todavía más fuera de los hogares. Y como prueba irrefutable de esta nueva tendencia del consumo televisivo, ahí están las espectaculares cifras de esas nuevas máquinas portátiles con pantalla: la tableta de chocolate plateado Sling Media apenas lleva un año en el mercado norteamericano y ya ha vendido cientos de miles de unidades, calculándose que para el año en curso alcanzará cifras millonarias sólo comparables al TiVo (no olvidemos esta revolución en el consumo televisivo) del que es su complemento natural; pero donde la televisión nómada alcanza cifras récord es con el videoteléfono. La compañía Apple, desde octubre de 2005, ha vendido en el mundo doce millones (¡12!) de unidades de su teléfono-televisión portátil que descarga programas de las grandes y pequeñas cadenas por un sistema idéntico al i-Tunes del ya masivo iPod y... sin interrupciones publicitarias.

(...) Los audímetros por los que se regían esas publicidades que financiaban la televisión generalista o temática ya no registran una parte importante del consumo audiovisual del hogar, con la multiplicación de las pantallas caseras alternativas; y de ninguna manera tienen en cuenta las audiencias de la emergente televisión nómada.

Ésta es exactamente la mutación antropológica de la que hablo. Aquella pantalla única y central del hogar, la pantalla hasta ahora dominante, ha perdido la exclusiva de las imágenes a domicilio. Es la noticia sobre la que conviene reflexionar profunda y hasta filosóficamente porque esta acelerada convergencia doméstica de las nuevas tecnologías con pantalla (siempre on-line) junto con la irrupción de la televisión nómada implica un cambio radical en la tradicional cultura televisiva que afecta a todos los sectores de la producción, difusión y consumo de imágenes.

En el actual hogar moderno, posmoderno o hipermoderno, y sin haberlo previsto, se han multiplicado hasta el delirio, y por convergencia tecnológica, las pantallas domésticas que se reciben con calidad digital en las múltiples y divergentes pantallas de hogar o fuera de él. Sean ficciones o informaciones, relatos o documentos, entretenimiento o negocio; imágenes globales o locales, europeas o norteamericanas, públicas o privadas, gratis o de pago, en directo u on-line, y todas las posibilidades técnicas que quieran imaginar.

(...) Uno de los más innovadores antropólogos contemporáneos, el profesor Edward T. Hall, en su célebre estudio titulado «La dimensión oculta» estableció la importancia enorme que tienen las distancias en la comunicación entre los hombres y los pueblos.
Distinguió Hall cuatro distancias fundamentales que tienen los humanos para relacionarse, interactuar o comunicarse: la distancia íntima (entre 15 y 40 centímetros), la distancia personal (entre 45 a 75 cm), la distancia social o familiar (entre 1,20 m a 2,10 m) y la distancia pública (a partir de los 7,50 m en adelante). (...) De lo que (...) les he hablado es de la mutación antropológica que significa el haber pasado de la distancia social y familiar de la televisión a la distancia personal (del personal computer) y, por último, a estas nuevas distancias íntimas de esa televisión nómada que ya se consumen en una interface entre 15 a 40 cm en las nano-pantallas del videomóvil y el iPod emergentes.

Y de la antropología a la sociología. A esta nueva generación M (de milenio) que sucede a la generación X (...) ya se la conoce con el nombre de «screen-agers».

Acabaré con una metáfora filosófica (...). La televisión (...) nació del lado de Jerusalén, como pantalla única, sagrada, lejana y eterna, pero al cabo de medio siglo, y por convergencia tecnológica, resulta que la televisión evolucionó del lado de Atenas. Pues bien, las divinidades del Olimpo, olimpo audiovisual, y al contrario del Dios literario de Jerusalén, son dioses plurales, mortales, cercanos, personales, juguetones, muy pop e interactivos, bastante más digitales que analógicos, y emitían y eran adorados desde cualquier parte, en casa, en el templo o en la calle. Dioses atenienses múltiples y nómadas, como estas nuevas y ligeras pantallas del milenio que han profanado el viejo mito sagrado de la Pantalla Única.

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