Sorprenderé hoy a mis críticos, seguramente, pero no tengo más remedio que darle una colleja al PP. Y es que, coincidirán ustedes conmigo, este no es modo de hacer oposición al Gobierno de Rodríguez. Cierto es que, como dice la sabiduría popular, las elecciones no las gana nunca la oposición, sino que las pierden los gobiernos, y si nos atenemos a la experiencia de nuestra corta historia democrática, se ha cumplido con creces. Pero también lo es que para que un Gobierno pierda unas elecciones, es necesario que el votante tenga claro que existe una alternativa y, sobre todo, que esa alternativa haya sido capaz de enfatizar lo suficiente los errores del gobernante y contraponerlos a su programa electoral. En las elecciones de 1993 había suficientes motivos para desalojar del poder a Felipe González, pero la oposición que lideraba en aquel momento Aznar estaba todavía muy verde y los ciudadanos no se atrevieron a darle su confianza. Y todavía tres años después la victoria del PP se produjo por la mínima. A mi modo de ver, y habrá quien no lo comparta y lo respeto, hoy hay razones muy poderosas para que Rodríguez pierda las elecciones y para que, según me decía en cierta ocasión un dirigente de la Ejecutiva socialista, su partido lo envíe de conserje a la sede de Albacete –no es por molestar a los albaceteños-, y sin embargo el PP no logra encadenar lo que debería ser una estrategia de oposición eficaz y efectiva.

Con ese panorama, no es de extrañar que el pasado jueves, ascendida al trono de su propia estulticia, la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, nos amenazara con cincuenta años de poder socialista. En el fondo es lo que quieren y lo que buscan, no cincuenta, sino cien, y doscientos si fuera menester. Pero sólo de pensarlo me produce auténtico pavor, porque si en dos años han sido capaces de destruir todo lo que han destruido, y amenazar la libertad del modo en que la han amenazado, ¿qué no serían capaces de hacer en cincuenta? La izquierda nunca ha creído en la democracia ni en la alternancia del poder, sino que siempre ha procurado perpetuarse en el mismo y evitar a toda costa que la derecha liberal pudiera ejercerlo, por la simple razón de que las políticas liberales acaban siempre produciendo un mayor bienestar social y lo bueno tiende a perdurarse por decisión de la ciudadanía. De ahí el 11-M, pero esa no es hoy la cuestión, o lo es de pasada. La amenaza a la libertad es tan clamorosa que la noticia de que un grupo de notables encabezados por Juan Iranzo y Carlos Rodríguez Braum, compañeros de fatigas en esta peculiar batalla por la esencia de la Democracia, han resucitado el Club Liberal de Madrid con el espíritu de aquellos clubes liberales de la Transición, precursores de un pensamiento centrado en la libertad y el individuo como sujeto de derechos, es una luz en la pesadumbre que nos acongoja.

La idea de la libertad, la defensa de la democracia, y la pasión por el individuo frente a la amenaza colectivista son principios que hay que defender con valentía y, sobre todo, con orgullo, porque forman parte de la tradición liberal que, hoy por hoy, solo está encarnada en el centro-reformismo que representa el PP. Y, sin embargo, el PP a veces parece avergonzarse de lo que es y de lo que representa. Tanto que, en ocasiones, el centro-derecha español –y esto le ha ocurrido siempre- pierde tantos esfuerzos en batallas personales que, cuando llega el momento de tener que afrontar la crítica y la oposición a gobiernos que transpiran maneras antidemocráticas como el que nos ocupa, se queda sin fuelle. Y eso es lo que le ocurre al PP de Rajoy, perdido en una especie de desmoralización estructural que le acompaña siempre que los factores externos actúan en su contra. Era evidente que la mal llamada ‘tregua’ de ETA –porque es la consecuencia de un pacto vergonzante- iba a ser capitalizada por el Gobierno, y era evidente, también, que Rodríguez esperaba el momento en que se produjera. A nadie se nos ocultaba que ese momento iba a llegar, porque ETA necesita a Rodríguez, y Rodríguez a ETA. ¿A qué viene, entonces, este desfondamiento, esta especie de aletargamiento primaveral que le ha entrado como un virus a la oposición del PP? Si era previsible, ¿no tenían prevista la estrategia? Pues no.

Siempre he dicho que no creo que los errores del PP se deban a una cuestión de ‘equipo’, aunque haya quienes le echan la culpa a unos y a otros en función de las distintas sensibilidades. Creo, más bien, que el problema radica en las excesivas componendas a las que se somete Mariano Rajoy. Vamos, que hay un problema de liderazgo, aun creyendo como creo que Rajoy es de lo mejor que tiene ese partido. Le falta, sin embargo, coger a veces el toro por los cuernos en algunos sentidos. Primero imprimiendo un discurso inequívoco de defensa de los principios que han hecho posible la democracia liberal. La teoría la conoce, pero la práctica exige que no se produzcan contradicciones entre el discurso del líder y la actitud de sus militantes y dirigentes. Y la primera diferencia fundamental entre políticos que se llaman liberales y los que ocupan los escaños de la izquierda está en el respeto a la libertad de mercado y la no-injerencia de motivaciones personales en políticas que debería dirigirse al bien común. Un ejemplo: no es de recibo que por asuntos familiares la portavoz del PP en la Comisión de Cultura del Congreso, Betina Rodríguez-Salmonés, se ponga de parte de la mafia progre de la SGAE y a favor del canon en los CDs y DVDs, y en contra de millones de usuarios. Eso no es liberalismo; eso es puro oportunismo.

Esto va de palos, ya verán, y no me importa decirlo. Después de más de dos años liderando el PP, Mariano Rajoy no debería permitir que le tomen el pelo, se llame José Manuel Molina o se llame San Miguel Arcángel quien le llore en el despacho. Si quiere liderar el PP, tiene que saber cuando le están mintiendo y, sobre todo, tener muy claro con qué clase de personas se puede conducir un partido hacia el triunfo en unas elecciones y con cuales lo más probable es que acabe olvidado en un rincón de la Historia. Una cosa es la democracia interna en un partido, y otra bien distinta que cada uno haga de su capa un sayo en virtud de no sé qué intereses personales y económicos. Por ese camino, si Rajoy no demuestra que empuña con mano firme la riendas del carro que conduce, la perspectiva no es nada alagüeña. Quiero decir con esto que la corrupción es un mal, un cáncer que se corresponde con una manera de entender la política que forma parte de la esencia ideológica de la izquierda, pero no del liberalismo. Y si la corrupción condiciona las decisiones políticas de los dirigentes del PP, o Rajoy lo corta de raíz, o tendrá que enfrentarse a la peor de sus desdichas: la vara de medir, es decir, que lo que la ciudadanía le perdona a la izquierda de ningún modo se lo consiente a la derecha.

Como tampoco le consienten los excesos en la discrepancia interna. En la izquierda pueden convivir Bono y Maragall, pero en el PP no pueden hacerlo Piqué y Mayor Oreja si no es manteniendo la mayor de las coherencias posibles en su discurso. De ahí que Rajoy tenga la obligación de imponer, de una vez por todas, un criterio común y un discurso compartido por todos y por nadie discutido, aunque pueda haber alguna equidistancia en razón de determinadas peculiaridades. Y por último, pero no menos importante, aunque es verdad que la agenda política la marca el Gobierno, eso no quiere decir que la oposición se tenga que doblegar a lo que el Ejecutivo considere que es la actualidad política. El PP consiguió llevar la iniciativa cuando el debate político estaba centrado en el modelo territorial y el Estatuto catalán. Pero la ha perdido cuando el ‘alto el fuego’ de ETA ha cobrado protagonismo. Y, sin embargo, como decía al principio, existen suficientes motivos para que este Gobierno obtenga un suspenso en su gestión. ¿Por qué el PP abandona la oposición en otras materias que afectan a la vida diaria de los ciudadanos? No hará falta que las enumere, que son de sobra conocidas.

Uno de las cosas que más me ha llamado la atención estos dos años es la inmadurez con la que actúan y han actuado los políticos del centro-derecha. Es verdad que no pensaban perder las elecciones –quien podía imaginar que se produciría un atentado-golpe de Estado aquel 11-M de 2004-, pero de ahí a que casi todos sus ‘efectivos’ en el Gobierno hayan desaparecido del mapa político... Así, se dan situaciones en el Parlamento en las que el actual Gobierno esgrime falsedades sobre actuaciones del anterior, y los diputados y senadores del PP no tienen argumentos para defender su gestión al frente del Ejecutivo. En fin, Rajoy tiene la obligación moral, ante la sociedad y ante su partido, de ser un referente para todos aquellos que creemos en la democracia y en la libertad. Lo he dicho más veces y no me cansaré de repetirlo: es necesario que el PP abandere una apuesta inequívoca por la regeneración democrática, que huya de personalismos, que afronte el delicado momento que vive esta nación de manera que los ciudadanos puedan ver en su partido una tabla de salvación ante la ignominia de un Gobierno mentiroso y de maneras antidemocráticas. Rajoy ha tenido grandes momentos, intervenciones magistrales, pero hace falta más que eso: hace falta que lidere un proyecto que no plantee ninguna duda sobre su capacidad de sacar este país adelante en armonía con sus ciudadanos. Y, hoy por hoy, esas dudas persisten.

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