“Papi, no nos vas a volver a contar este año lo maravilloso que es leer El Quijote en público, ¿verdaaad?” Mecachis. Este hijo mío, aparte de listo, es un completo aguafiestas. Lo mismo que Umbral se ha reído muchas veces de aquellos periodistas del franquiense que todos los octubres, sin faltar uno, te atizaban el sentido artículo de “La castañera” –una hermosa página de color teñida de nostalgia urbana, olores viejos y adjetivos; me pregunto cuántas “castañeras” habrá perpetrado Umbral–, este caballo se disponía ya a sacudirles a ustedes, por quinto año consecutivo, la muy apasionada crónica de la lectura-maratón del Gran Libro en el Círculo de Bellas Artes.
Pero mejor no. Primero, porque no me deja Carlitos. Y segundo, porque, por primera vez en diez años, no he participado en esa deliciosa cronopiada que empezamos unos pocos hace una larguísima década y que ahora se ha convertido, gracias sean dadas al Cielo, en un acto multitudinario, multiusos y multimedia en el cual, para leer en voz alta tres minutos, tienes que hacer una cola de dimensiones soviéticas. Sigue siendo una maravilla, desde luego, pero sólo en la medida en que pueda ser maravillosa una marabunta.
No se vayan a creer que estoy harto de Donmi y sus personajes después del espantoso palizón que ustedes y yo nos dimos el año pasado leyendo el Libro entre todos. Del Quijote, como de que te suban el sueldo, no se cansa uno jamás. Lo que pasa es que, voy a ser sincero, no estoy en Madrid. Les escribo estas líneas, “al alba y con fuerte viento de Levante”, que hubiera dicho Trillo, desde el hotel Don Curro, de Málaga. Dentro de unas horas estaré en un pueblo que no conozco, Álora, para asistir a un estreno músico-teatral al que he sido vehementemente invitado y que les contaré la semana que viene. Ustedes, que son más listos que el hambre, sin duda lo habrán detectado ya en las páginas culturales de elconfidencial.com hace unos pocos días.
Pero sí me fui, en homenaje a Donmi, al delicioso acto que Rosa Regàs, Emililo Lledó, Gregorio Salvador y Elena Santiago protagonizaron en la Biblioteca Nacional para presentar la recuperación de una de las más asombrosas ediciones del Quijote que se han hecho jamás. Es la que publicó la Real Academia Española hace nada menos que 226 años, en 1780. El libro de ahora, De la palabra a la imagen, pone ante el lector curioso del siglo XXI algo así como el making off de aquel prodigioso Quijote: los dibujos, las planchas de cobre, las estampas que se usaron para ilustrar la obra cervantina con la intención expresa, es posible que por primera vez, de que aquellas imágenes quitasen de en medio el tono chocarrero, burlón, y de sal gorda que habían tenido muchas de las anteriores.
Hoy estamos acostumbrados a ver cómo Doré, Dalí, Herreros, Saura y, desde luego, Mingote, tratan en sus dibujos a Don Quijote y a Sancho con un respeto esencial; con humor cuando hace falta, claro que sí, pero es que no siempre hace falta. Gustave Doré dibujó un Quijote básicamente épico y Mingote lo hizo próximo, humano y muchas veces doméstico: yo no conozco ninguna edición del Libro que haya sido ilustrada con tantos y tales golpes de cariño. Pero eso no se entendía así en los siglos XVII y XVIII, y los ilustradores, muchas veces extranjeros, mostraban a la pareja como un par de coglioni, delicioso taco italiano que nos ha enseñado a todos ese maestro de jesusgiles que se llama Berlusconi.
Lo decía Lledó: aquella edición de 1780, pensada y elaborada en España y por españoles desde la composición a la fabricación del papel, “es una joya que reúne la memoria, el amor, la pasión y la belleza”.
CÓMO HACER MÚSICA CON LATAS Y ESCOBAS
Ya con las maletas hechas y con el tiempo justo para el tren, mi hijo y su novio José Luis se empeñaron en llevarme al estreno de Stomp. La verdad, yo no quería. Tengo una prevención de viejo contra los musicales. Salgo de ellos con el alma desazonada. El último que vi fue El fantasma de la Ópera porque en él cantaba, y cómo, mi amigo Juan Carlos Barona, tenor, que interpretaba precisamente al fantasma. Pero esto de Stomp me desarmó, se lo juro.
Primero, no es teatro. No hay guión, no hay argumento, no hay palabras: apenas unos trazos generales sobre los que ocho mozos y mozas, verdaderos atletas, improvisan. Es imposible que el espectáculo salga dos veces igual. Y ¿qué hacen? Pues, básicamente, hacen música. Mejor sería decir que hacen ritmo, pero no es verdad: es música, aunque la mayoría de los sonidos sean indeterminados. ¿Qué instrumentos usan? Ah, pues eso nunca se sabe. Cubos de la basura de latón y de plástico, escobas, ladrillos, arenas, mecheros, cajas de cerillas, ¡plátanos!, lo que a mano tengan. Dotados de un asombroso sentido del ritmo, someten al público a un chorretazo de adrenalina en estado puro como yo no había visto en años.
Algunos de ustedes habrán distinguido por ahí, entre la inmensa cantidad de idioteces que tienen que soportar los chavales en la música que les ponen en radios, MTV y discotecas, a un grupo interesantísimo que básicamente hace percusión, “Safri Dúo”. Bueno, pues esos dos son monjes de Silos cantando gregoriano en comparación con estos ocho gatos callejeros de Stomp. Yo me acordaba de Abelardo, un viejo maestro mío, profesor de Percusión en el Conservatorio. A aquel hombre lo sentabas delante de una batería, agarraba las baquetas, sacaba la punta de la lengua por la comisura derecha de los labios y ya no se sabía lo que podía pasar, las improvisaciones de Abelardo solían concluir cuando los parches saltaban hechos pedazos. Pues a estos locos de Stomp les pasa igual. Lo que son capaces de hacer arreándole estacazos a un bidón es alucinante. Las entradas para su espectáculo deberían venderlas en las farmacias. Es difícil imaginar un antidepresivo mejor.
GLORIA A LOS CÁTAROS
Luis Melero presentó el otro día su último libro, Los pergaminos cátaros (Roca Editorial), el cuarto en dos años si no llevo mal las cuentas, que todo podría ser porque la capacidad de trabajo de este hombre supera a la de Balzac o Galdós. A petición del autor, tuve el honor de leer ese libro –todavía eran folios sacados por impresora– en Fuerteventura, en septiembre pasado. Sabiendo que me encontraba ante un Melero en estado puro, y que eso es mejor no tocarlo, me atreví a sugerir algunas correcciones. En unas me hizo caso y en otras no; acertó, sobre todo en el segundo caso. Es una trepidante historia coral ambientada en el Valle de Arán durante la invasión napoleónica, pero, además de los protagonistas esenciales de la novela –una poderosa mujer llamada Marianna y el atribulado y sorprendente mosén Laurenç–, quienes mandan en el libro son los cátaros unos “herejes” del siglo XIII que se empeñaron en vivir de acuerdo con las enseñanzas de Cristo… y no con las de la Iglesia: por eso se les llama herejes.
Antes de su completo exterminio, los cátaros escondieron en el Valle de Arán algunos documentos “encadenados” (hay que encontrar el primero para dar con el segundo, y el segundo para dar con el tercero, etc.) que conducían hacia su mayor y más preciado secreto. Eso es lo que hacen Marianna, el contradictorio cura y el resto de sus compañeros de proscripción en medio de la lucha contra los franceses… y contra “Guzmán Domenicci”, un enviado del Vaticano del que se sirve Melero para crear un malvado redondo, perfecto, un tipo que a mí, medio en serio, medio en broma, me recordaba a “Mr. Burns”, el viejo mal bicho de la serie Los Simpson.
A estas alturas no es necesario ya contarles a ustedes quién es Melero. Pero sí me gustaría subrayar, o repetir, que este indoblegable malagueño se toma en serio lo que tantos se toman a broma; que sus novelas históricas están construidas con una sabiduría, un esfuerzo y un primor que casi nadie más usa, porque eso cuesta mucho trabajo y es más fácil inventar lo que no se sabe. Que la novela histórica, como género, está cayendo poco a poco en el descrédito a causa de la sobreabundancia de títulos y al poco respeto que los autores sienten por el lector, a quien suelen considerar un bobo que se traga lo que le echen a condición de que haya templarios. Melero es una venturosa excepción. Lean la novela y se darán cuenta de hasta qué punto es así.

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