Entre ‘maragallada’ y ‘maragallada’, al presidente de la Generalitat le ha salido a borbotones un instinto de supervivencia que para sí quisiera el lince ibérico. Maragall ha ganado al mus a su partido y ha impuesto una remodelación del Consell en vista de que nadie le sostenía el órdago. El tío jugaba esta vez con las cartas marcadas y se ha hecho casi lo que él quería, porque existía la posibilidad de que el Palau se quedase sin inquilino en vísperas del referéndum del Estatuto y eso, la verdad, hubiera estado muy feo. Seis meses después de que fuera humillado y obligado a dar marcha atrás en su pretendida crisis de Gobierno, nuestro ‘honorable’ ha dispuesto una pantagruélica comunión con ruedas de molino a la que han estado todos invitados.

Con todo, lo importante ha estado en el fuero y no en el huevo. Maragall ha sido cristalino como el manatial de Vichy catalán de Caldes de Malavella y bastante carbónico, por cierto. Con su actitud ha aclarado definitivamente al PSC que adelantará las elecciones cuando le convenga y que del próximo cartel electoral tendrán que borrarle con typex. Ese es el verdadero sentido del cambio de gobierno con el que, además, se ha llevado por delante al hombre de Montilla en el gabinete, el conseller de Trabajo e Industria, Josep María Rañé. Los chicos de ERC, que, dicho sea de paso, también son un poco carbónicos, han aceptado sacrificar a Carretero, el conseller de Gobernación que llamó demagogo españolista a Zapatero, para colocar en su lugar a Xavier Vendrell, su secretario de Finanzas, al que Iniciativa pretendió linchar recientemente por su manera de pasar la gorra al personal de confianza de los republicanos en la Administración. Demasiadas venganzas juntas en un mismo plato.

Hace ya demasiado tiempo que Maragall se convirtió en un problema para el PSC. Los socialistas catalanes han llegado a asumir con cristiana resignación que el president vaya por libre, apoyado en un hermético entorno de fieles que causan verdaderos sarpullidos en el partido. Al frente de todos ellos está el hermanísimo Ernest, siempre en el epicentro de todas las crisis, aunque tampoco es mucho mejor la imagen del director de Comunicación de su oficina, Jordi Mercader, ni la de su asesora internacional, Margarita Obiols, más que famosa a cuenta del episodio de la corona de espinas que costó a su jefe y a Carod-Rovira un pequeño calvario.

Terco como una mula, ninguno de los intentos para que prescinda de alguno de ellos ha dado resultado. Cuando se le han sugerido salidas más que honorables para Mercader o se le ha tratado de convencer para que integre en su equipo a Xavier Roig, el que fuera su asesor de campaña, Maragall siempre se ha negado, aun a costa de erosionar las relaciones entre los miembros de tripartito y con los distintos grupos parlamentarios.

Quizás lleven razón los que sostienen que Maragall se sigue viendo a sí mismo como un alcalde y a la Generalitat como un ayuntamiento, porque lo cierto es que le ha costado entender que no gobierna solo y que no puede hacer lo que le venga en gana sin encomendarse siquiera al diablo. Ese fue su gran error en su intento de septiembre, cuando quiso remodelar su gobierno para repartir carteras a un puñado de familiares y amigos, entre ellos a su hermano Ernest para el que reservaba una pomposa consellería de Nuevas Tecnologías, Sociedad de la Información y Universidades, a la hija de uno de sus profesores, a un prestigioso arquitecto, a un filósofo e, incluso, a un famoso cantautor para que no faltara de nada. La lista era tan sandunguera que Montilla, horrorizado, no dudó en ser el primero en pararle los pies.

Con la lección bien aprendida, Maragall ha esperado el momento propicio, con el Estatuto pendiente de trámite en el Senado pero con la cita del referéndum fijada para el próximo 18 de junio, pese a que lo pactado era no realizar ninguna crisis antes de esa fecha. Posiblemente, no le haya hecho falta esgrimir la amenaza de dimisión para convencer al PSC de que en esta ocasión no habría Montilla que le detuviera. Maragall juega fuerte porque sabe que de ello depende su futuro. Enfriadas hasta la congelación sus relaciones con Zapatero, el president no descarta que sus compañeros socialistas decidan jubilarle anticipadamente. Por eso guarda en la manga el as de una convocatoria anticipada de elecciones que impida al partido preparar adecuadamente su relevo y le consagre forzosamente como candidato.

En este proceso se encontrará con el apoyo de Esquerra, para el que Maragall se ha convertido en un personaje tan inevitable como necesario, en la medida en que su presencia les asegura la permanencia en el Gobierno de la Generalitat que salga de las próximas elecciones en detrimento de CiU. Y eso porque, tal y como está en estos momentos el juego de alianzas en Madrid, nadie puede asegurar que un candidato que no fuera Maragall se viera impelido a cambiar de pareja de baile si fuera menester. He ahí la razón por la que los republicanos se han avenido a que don Pasqual les cese a dos de sus consejeros sin rechistar más de lo necesario.

Hace algo más de un año, Rubert de Ventós, el intelectual de cabecera de Maragall, firmaba un extenso panegírico en La Vanguardia en el que reinterpretaba su tozudez, sus veleidades, su destreza y hasta su estrella olímpica para descubrir en él al viaticum, al mediador e intermediario de los intereses e identidades que en Cataluña se suscitan. El candor maragalliano era equiparable en eficacia, según el autor, al maquiavelismo de Mazzarino. Se nos descubría así a un político desconcertante que, sin quererlo, no sólo encarnaba en su mismidad a Cataluña sino que podía presentarse como un síntoma de lo que ya iba siendo España. ¿Podía pedirse más en una sola entidad corpórea?

“No te lances a muchos temas; antes resuelve uno con éxito y esplendor; una vez tu reputación esté establecida entre tus pares, incluso tus errores revertirán en tu gloria”. Lo aconsejaba Mazzarino en su catálogo de consejos para mantenerse en el poder. Si no fuera por el candor, Maragall estaría perdido.

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