Recientemente se ha dicho que el próximo conflicto mundial no será por el petróleo, será por el agua. El agua es imprescindible para la vida, tanto es así que todas esas sondas enviadas a otros planetas intentan descubrir si hay agua en ellos o si la ha habido en tiempos remotos y, por lo tanto, tal vez en ellos se pudieran haber dado las condiciones necesarias para la vida tal como la conocemos. Pero al margen de los programas espaciales y restringiéndonos tan sólo a nuestro amado planeta - nuestra, por ahora, única casa en el universo-, lo cierto es que es necesaria una cultura del agua, una cultura universal que abarque a todas las civilizaciones para preservar ese bien común que es el agua, sin la cual no es posible vida alguna.
En Occidente estamos acostumbrados a un pequeño milagro: abrimos un grifo y de él sale agua, agua saludable para beber. Ese pequeño milagro, no tan pequeño, es lo que llamó poderosamente la atención a un grupo de niños saharauis que pasaron unos días en Barcelona. Era como descubrir el manantial de la vida al alcance de todos. Existen en el mundo millones de personas que no tienen acceso al agua potable y, por ello, mueren de enfermedades infecciosas que se podrían evitar si tuvieran acceso a ella. En muchos poblados, las personas caminan decenas de kilómetros todos los días para acarrear un poco de agua, la mínima necesaria para sobrevivir precariamente. Países enteros de África viven en esas condiciones, con una esperanza de vida que no pasa de los cincuenta años.
Y en el mundo occidental vivimos como si el agua no fuera un bien escaso, que lo es. Es cierto que en nuestro país tenemos embalses y pantanos y que las lluvias llenan algunos caudales generosamente, aunque también es verdad que existen largos periodos de sequía y que el sur de España se va desertizando por varias razones: por el cambio climático, por la deforestación y por la explotación masiva de los acuíferos.
Sin embargo, y sin ningún empacho, los campos de golf proliferan por doquier, concretamente diecisiete en el municipio de Marbella, con un clima que, en verano, se llega a los cuarenta grados centígrados. Pues bien, una noticia nos daba el dato: el municipio de Marbella gasta hasta tres veces la cantidad de agua que gasta toda la ciudad de Barcelona.
Para mantener la hierba verde de un campo de golf se necesita agua diariamente y en mucha cantidad, y ¿para qué?, pues para que una cierta gente que no debe considerar que ello tenga importancia pueda meter una pelota en unos hoyos, para demostrar su puntería en el lanzamiento, ni más ni menos. Una diversión que cuesta, no en dinero ya, sino en agua, ingentes cantidades que no deberían permitirse por ley.
Se trata de los recursos naturales y de la solidaridad en la distribución de éstos. El agua, como el aire, no son de nadie en particular, sino que son recursos de todos, y ese todos incluye también a los que lo tienen más difícil para obtenerlos.
No sé si existe ya, pero si no, habrá que hacer urgentemente un libro blanco del agua desde las Naciones Unidas y para el mundo entero. No debería ser posible que algunas personas piensen que lo puedan comprar todo con su dinero. Así como el amor no se puede comprar, con el agua debería ser lo mismo, la distribución racionalizada y equitativa e inspecciones para contener el despilfarro.
Esa moda del despilfarro, usar y tirar, además de ser un disparate, resulta algo muy hortera y sin sentido en lo que se refiere a las cosas materiales, pero cuando ello se refiere a lo esencial para la vida como es el agua, no es que sea un disparate, es algo que se convierte en un delito contra todos.
R. MARGARIT, psicóloga y escritora.

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