Los humanos somos animales sociales que queremos comunicarnos, sea a través de símbolos, gestos o palabras, sea por medio de la voz o utilizando la escritura. Una tendencia a la expresión de ideas y sentimientos que puede fundamentarse en enfatizar nuestras actividades, quizás en destacar nuestros atributos personales, tal vez en hacer prevalecer nuestro estatus, también en despertar inclinaciones compasivas. Esto por parte de quien activa la comunicación, mientras que al otro lado se encuentran el o los perceptores, los que se muestran dispuestos a recibir el mensaje. ¿Por qué motivo se presta atención a las manifestaciones de los demás? La gama de razones resulta extensa: empatía, curiosidad, afán de ejercer la crítica, quizás propósito de aconsejar. De lo que no cabe duda es de que en nuestra sociedad se acrecientan tanto el exhibicionismo como su parásito, el fisgoneo.

Los papeles de exhibir, por un lado, y de oír y contemplar, por otro, se van articulando en demostraciones y percepciones. Automóvil, apartamento, viajes, aparatos electrónicos, cuerpo, si merece la pena. La contrapartida es observación, cálculo, conclusiones, imitación, envidia.

Años atrás no se presumía sólo de bienes materiales, sino que se daba importancia a valores abstractos como la erudición, los títulos universitarios. Algo que ha caído en desuso porque ahora el mérito personal se basa en otra escala. Los certificados académicos no se aprecian por los conocimientos que proporcionan, sino por el dinero que permiten ganar; y en el terreno exhibicionista, por cuánta opulencia permiten obtener para ser mostrada. Un vuelco en los valores sociales que tiene uno de sus emblemas más espectaculares en el alarde de etiquetas en la ropa de vestir. No hace mucho tiempo, se hubiera considerado de mal gusto que una etiqueta sobresaliera, y la gente se habría partido de risa ante tal ridiculez. Por el contrario, actualmente se aprecian como un trofeo dentro de este poder adquisitivo que es necesario lucir ante las miradas ajenas.

Incluso las partes del cuerpo de las que se está satisfecho han de ser expuestas, como si únicamente la mirada de los demás les otorgara mérito. Escotes profundos para que descuellen los pechos de las mujeres, camisetas ceñidas para que los hombres presuman de musculatura. Y en una esfera afín, ostentaciones verbales de carácter sexual: amantes anteriores, actuales y previsibles, número de orgasmos que ellas son capaces de sentir y ellos de provocar. Revelaciones que acrecientan la complacencia cuando pueden hacerse ante unos millones de teleespectadores.

Así, lo obsceno, aquello que en la Grecia clásica no debía salir a escena, se ha instalado en la exhibición cotidiana. No sólo se desnudan los cuerpos y los bienes materiales, sino las emociones. La gente se pelea en un plató de TV, llora, desvela los actos más íntimos con tal de que haya una multitud de espectadores. Y esta multitud existe, de forma que exhibicionismo y lucro se retroalimentan. La exhibición sin freno proporciona dinero, y ante esta premisa en ciertas cadenas se esfuman los límites. No los hay ni para los programadores, en pos de una lamentable audiencia, ni para quienes salen a vender su cuerpo y su alma. A fin de cuentas, la banalidad/ obscenidad de exhibirse se inscribe en el eje que mueve nuestro sistema: el dinero. Se necesita para comprar cosas y poder ostentarlas; se hace exhibición para ganarlo y poder comprar. Una triste reciprocidad.

E. SOLÉ, socióloga y escritora