Desconozco todas las claves de la remodelación del tripartito anunciada hoy por el presidente Maragall. Las pistas por las que me permito transitar con cierta seguridad son lejanas en el tiempo y cercanas en su más inmediato recorrido.

Hay que remontarse a la fotografía que obtuvo Artur Mas con el presidente Zapatero en la que el gobierno de Madrid y el líder de la oposición en Cataluña sellaban un pacto que hacía posible el proyecto de Estatut, con todas las podas conocidas.

Extraña situación en la que el Estatut recibía el aval solemne del líder de la oposición catalana sin la presencia del presidente de la Generalitat. A las pocas semanas Zapatero conversaba en Madrid con Maragall durante más de dos horas. El presidente del gobierno español le dijo al presidente de los socialistas catalanes que el precio de aquel pacto, impuesto por Artur Mas, era que Maragall no se volviera a presentar como candidato a las próximas elecciones autonómicas.

A Zapatero no le interesaba una foto con Esquerra Republicana y pensaba que un aliado de la trayectoria de un partido que había pactado con socialistas y populares en los tiempos pujolistas podía ser aceptado por el grueso del electorado socialista en tierras hispánicas.

El PSOE abandonaba a Maragall a su propia suerte hasta la convocatoria de nuevas elecciones en Cataluña. Desde la sede de los socialistas catalanes, desde la calle Nicaragua, se lanzaban mensajes poniendo en tela de juicio la figura de su presidente. Me voy a ahorrar lo que he escuchado de boca de altas personalidades del sector más identificado con el PSOE que con el PSC en la sede del barrio de les Corts.

Decían estas voces, que escuchaban la cítara monclovita, que lo más conveniente sería que Maragall anunciara su renuncia a repetir como candidato a las elecciones autonómicas. Sabían que no era fácil. Es más, este paso estaba plagado de peligrosos riesgos.

La sustitución pasaría por las preceptivas elecciones primarias en las que se barajaban cuatro nombres. Manuela de Madre, Antoni Castells, Montserrat Tura y José Montilla, ministro de Industria.

Lo que no contaba Zapatero y tampoco Nicaragua era que Maragall no aceptara el veredicto del presidente del gobierno y líder de los socialistas españoles. Maragall seguiría aunque contara con un ejército diezmado. Sabía y sabe que su figura no ha sufrido gran deterioro a pesar del caótico desarrollo de la aprobación del Estatut.

Obsérvese que los tres nuevos consellers socialistas son más de obediencia maragallista que de obediencia de Nicaragua. Maragall quiere que se apruebe el Estatut en referéndum y con ello cuenta con CiU que también está por la labor.

A partir de ese momento seguirá adelante con su gobierno remodelado, contando con el apoyo incuestionable de Esquerra Republicana. Poco importa que Xavier Vendrell se incorpore al gobierno a pesar de la polémica de su vehemencia expresada por escrito para recaudar fondos para el partido entre altos funcionarios de la Generalitat, algunos de los cuales no militan en Esquerra.

Tampoco importa la esquizofrenia de un gobierno que en una cuestión tan importante como el Estatut se permita a uno de los socios del tripartito que no le de su apoyo en la campaña del referéndum. No es un detalle insignificante el hecho de que el ministro Montilla, primer secretario del PSC, fuera el último en dar el visto bueno a la remodelación del gobierno catalán el miércoles por la noche.

Lo que le importa a Maragall, muy legítimo pero también muy arriesgado, es volver a presentarse a la presidencia de la Generalitat dando un giro marcadamente catalanista al socialismo catalán apartándose de los criterios del aparato de Nicaragua, los famosos capitanes, que saben que su fuerza electoral no está en el catalanismo sino en el socialismo más estrechamente vinculado al PSOE.

Maragall explicita sus buenas relaciones con Carod Rovira y se traga a Vendrell y lo que haga falta. El tripartito se refuerza pero las relaciones entre el presidente y su partido se resienten. La batalla será larga y compleja. Felipe González decía de Maragall que es como una gota malaya. Hace veinte años y ahora. Si quiere presentarse lo volverá a hacer aunque cuente con más apoyo en Esquerra que en su propio partido.

Joan Saura es el más políticamente clásico en esta crisis. Anuncia que no está de acuerdo con el cese del conseller Milà, lo califica de injusto, pero entre romper el tripartito y cambiar un conseller, se inclina por lo segundo. La obediencia política en su formación es de sobras conocida.

Lo que importa a partir de ahora es la campaña electoral que se avecina, aunque sea dentro de dieciocho meses. Artur Mas puede perder votos entre sus militantes que no aceptan la desfiguración que ha sufrido el Estatut. Pero los puede ganar en las clases medias del país a las que les interesa la estabilidad más que la politiquería habitual en todas partes.

Visto en caliente, esta crisis refuerza al tripartito y a Maragall. Pero a quien consolida ciertamente es a Esquerra que tenía la llave al comienzo de la legislatura y la sigue teniendo en estos momentos de crisis. Lo que no queda claro es qué gobierno tendremos en Catalunya dentro de dos años. Esto sí que lo va a decir el electorado que siempre depara grandes sorpresas.

Aquí son muchos los que han echado órdagos. Lo han echado Zapatero, Maragall, Mas y Carod. El Partido Popular, desde Mariano Rajoy a Josep Piqué, van a lo suyo. Joan Saura es el que menos arriesga porque enseña sus cartas con una cierta transparencia.

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