Qué temple, qué seguridad en ser quien es, qué naturalidad tan ensayada, qué sabia coordinación entre el gesto y la entonación, qué cadencia de expresividad y de pensamiento, qué asumida y seductora sensación de estar por encima del bien y del mal la de ese intérprete superior y jubilado, de pelo blanco y vestido informalmente, llamado Felipe González. A mí me pone enfermo desde la época en que el gran mitinero, el chico sexy, inteligente, progresista, creíble y honesto se zampó la tarta del poder a cambio de hacer apaños con los banqueros y de aquello tan cómico como falaz de «OTAN, de entrada no», pero sólo un imbécil fanatizado dejaría de reconocer su inquietante capacidad artística para vender la moto que le interesa en cada momento, imponer respeto o miedo, estar en posesión de ese algo que distingue a los pesos pesados de una cosa genéticamente turbia llamada política.
Quintero le dora la píldora con halagos excesivos (le sitúa junto a Clinton como el ex político más prestigioso e influyente del universo) y le insiste astutamente en que se aclare sobre si sentía adicción por el poder, esa droga de efectos acojonantes e incomparables, según cuentan los entendidos. Evidentemente, González le responde que nunca tuvo vocación de poder sino vocación política. ¿Hay que explicarle a la infancia y a los moradores del limbo en que consiste lo segundo? Elemental, querido Watson: «Instrumento con el que se pueden cambiar las cosas para mejorar la vida de la gente». Digo yo que también debe de existir algún político que se haya metido en el negocio por razones menos filantrópicas y humanitarias. Pero nada, todos son de piñón fijo al explicar sus sublimes motivaciones para dedicarse a algo tan sacrificado y mal pagado, los estadistas y los zarzueleros, los pensadores y los burócratas.
González confiesa no ser capaz de sentir rencor sino tan sólo desprecio que expresa campechanamente con el maximalista «nunca tomaré café con alguien que...». Emotivo me resulta su desapego de las vanidades terrenales en el autoconvencimiento de que «los cementerios están llenos de gente imprescindible».
Entiendo que su experiencia más alarmante e imperdonable de la naturaleza humana sea la deslealtad. Imagino, que debido a ello, siente un afecto inquebrantable hacia Barrionuevo y Vera, aunque su memoria no ofrezca nombres propios y representativos de virtud tan admirable.
Sin embargo, como soy de natural malintencionado, me resulta ligeramente insidiosa su certidumbre de que el entrañable compañero Zapatero ha sido bendecido por la necesaria suerte. Normal, no ha precisado del GAL para que se esfume el ogro. Trajo a los soldaditos de una guerra aún más sórdida que otras y que sólo deseaban el bigotes y sus fans mientras que él no tuvo más remedio que apuntarnos dolorosamente a la guerra del Golfo. ¿Ha tenido suerte González? Bueno, al menos está en la calle.

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