ME VA a ocurrir. Estoy viendo que me va a ocurrir. En mis otras colaboraciones de radio y televisión, me lo van a preguntar. Quizá esta mañana: «Oiga, don Fernando, ¿y usted considera nación a su tierra gallega?». Si digo que no, estaré traicionando al nacionalista gallego -bueno, al galleguista- que llevo dentro, oculto en la hojarasca de medio siglo defendiendo una idea de España. Si digo que sí, me meterán en el confuso saco donde están Quintana y Mas, Touriño y Chaves, Ibarretxe y Carod, y mis paisanos Rajoy y Feijoo me reprocharán que me he apuntado a las huestes que rompen España. Dramático dilema: creo y defiendo la unidad española, pero, qué diablos, Galicia tampoco es menos nación que Cataluña. Ni menos realidad nacional que Andalucía. ¡Socorro! Que alguien me ayude a salir del nuevo conflicto patriótico intelectual.

Hago estas confesiones íntimas porque ya fueron escuchados los primeros miembros de la sociedad civil gallega que van a dar su opinión sobre el nuevo Estatuto. Y, como era previsible, los primeros testimonios se pronunciaron sobre el carácter nacional de Galicia. Los siguientes harán lo mismo. En su mayoría, van a decir que Galicia debe ser reconocida como nación o algo parecido. El nacionalismo gallego tiene los votos que tiene; pero, una vez aceptada la palabra para Cataluña, que dé un paso al frente el gallego no dirigente del PP que tenga un argumento para oponerse. Al fin y al cabo, ¿no tenemos el Día da Patria Galega? ¿Qué diferencia de sentimientos existe entre patria y nación?

Así que, bienvenida, Galicia, al gran galimatías de la identidad. Sólo dos cosas suplico desde la distancia de emigrante. Primera: que ese debate se cierre pronto. No hay nada más estéril para una comunidad, ni más negativo para su imagen externa, que esa discusión en tiempos donde las decisiones sobre la pesca se adoptan en Bruselas, y a lo mejor los designios sobre las centrales de Meirama y As Pontes terminan siendo acordados por unos ejecutivos que hablan alemán.

Segunda: que las apasionadas discusiones que asoman no signifiquen un escenario de confrontación política, donde la media Galicia que votó al Partido Popular termine rechazando a la otra media que votó al actual Gobierno de coalición. Ya es complejo el panorama con la oposición del PP. No se haga imposible con la confrontación.

Y tercera: que el debate estatutario no impida gobernar. Mirad que Galicia fue la antepenúltima comunidad en crecimiento estos cinco últimos años. Mirad que necesita mucha iniciativa para dar el salto. Y tomad lección de Cataluña. Entre preparativos, negociaciones, peleas, discusiones, discursos y pactos, no han tenido tiempo para ocuparse de las cosas de comer.