Estamos a las puertas de la celebración del 70.º aniversario del inicio de la guerra incivil española de 1936. En situación tan dramática como la de aquel mes de julio, los hombres del país con más peso específico, dependiendo las más de las veces por el sitio del país en el que les pilló el alzamiento, tomaron partido por uno u otro bando. Algunos, incluso, se equivocaron y trataron de rectificar, sufriendo el desprecio tanto de unos como de otros. Entre éstos, el caso de don Miguel de Unamuno resultó paradigmático, por lo terrible de la elección.
Unamuno creyó advertir en la sublevación un intento de recomponer la caótica situación en la que él veía que se asfixiaba y agostaba España, y al mismo tiempo como un medio de cortarle el paso a la creciente irreligiosidad que traían aparejados los nuevos vientos que soplaban sobre España. A un corresponsal de un periódico chileno le confesaría Unamuno que el Ejército de Franco era «el único cimiento con el cual se puede dar una base seria a España». Y es que a Unamuno le provocaban espasmos los desmanes y tropelías que los izquierdistas incontrolados perpetraban contra la religión, como reconoce en una carta de noviembre de 1936: «Lo que más me acongoja es el problema religioso, ese tremendo furor iconoclasta, esa rabia infernal de los llamados rojos que incendian templos y asesinan sacerdotes». Pero Unamuno no cree que todas las atrocidades cometidas sean producto del ateísmo, sino de todo lo contrario, de un deseo de creer: «¿Ateísmo?... No; el ateo, el agnóstico, no sufre esos furores. Es desesperación religiosa, es no poder creer, es no poder gustar ese opio salvador que es, según Lenin, la religión».
En su apuesta por el bando nacional, Unamuno no actuó, diríamos, con precipitación, a pesar de que era un hombre que se guiaba por su nervio impulsivo. Unamuno había, entre otras cosas, colaborado con un donativo de 5.000 pesetas de la época a la suscripción nacional que sostenía la campaña bélica de los militares sublevados. Además, a cimentar su adhesión cooperó toda una cascada de hechos constatados por él mismo en su entorno salmantino que le hacen saludar la rebelión como un higiénico parche contra los continuos y airados desórdenes públicos y la permisividad de las autoridades con los excesos que poco a poco van enfrentando a los ciudadanos y favoreciendo un clima de división que se plasmará en las armas en el verano del 36.
El escritor venía insistiendo, desde años atrás, en que algo muy importante se estaba desmembrando en la unidad de España. Habla de «marea de insensateces (...), de sucios estallidos de resentimientos» (septiembre de 1934), de que la nación está siendo «expuesta a la demencia furiosa» (febrero de 1936), o de que «sobre nuestra España (...) veo cernerse una catástrofe» (abril de 1936); y en junio de 1936, Unamuno escribe nada menos que «aquí, en España, se exacerba el culto a la matanza», lo que no deja de poner los pelos de punta, habida cuenta de lo que vendría después.
Tan desasosegante y desesperada resultaba la exploración que le había realizado al pulso de su país que ya a comienzos de 1936 Unamuno va a firmar un manifiesto en el que, como escribe su biógrafo Emilio Salcedo, «se hacía una llamada a la cordura de los españoles para evitar el peligro de una sangrienta guerra civil». Así pues, como vemos, la adhesión inicial de Unamuno a los sublevados viene precedida de un desencanto generalizado sobre el rumbo que iba tomando un régimen republicano con el que cada vez está más disconforme, y que le induce a escribir esto quince días antes del levantamiento del 18 de julio: «Cada vez que oigo que hay que republicanizar algo me pongo a temblar, esperando alguna estupidez inmensa. (...) Alguna estupidez auténtica, y esencial, y sustancial». Una República que, en opinión de Unamuno, ni representaba el socialismo, ni el comunismo, ni la democracia, sino la anarquía, «un anarquismo lleno de cráneos y huesos de tibias y destrucción», según sus propias palabras.
La decepción que paulatinamente fue calando en el espíritu de Unamuno se resolvería en su adhesión al bando nacional tras el 18 de julio. Además, nunca identificó a los golpistas españoles como portaestandartes del fascismo europeo, y creyó ver en sus mandos a valedores de una concepción republicana distinta, porque los generales sublevados hablaban de patria y República, daban vivas al Ejército y a la República, y declaraban estar guiados por su amor a España y a la República, como proclamó el general Cabanellas. No choca, en consecuencia, que Unamuno los viera como restauradores del orden y de un cierto cristianismo moral.
Sin embargo, cuando se percató de que no iban en esa dirección, trató de retractarse, sobre todo al darse cuenta de que, en las zonas que los nacionales iban conquistando, la ignorancia e insensatez de la soldadesca más zafia se consagraba a prácticas que le horrorizaban, como fueron los fusilamientos de gentes simpatizantes con la causa republicana y a las que alegremente, y sin argumentos de peso, acusaban, por ejemplo, de judeomasonismo. Refiere Unamuno que «los mastines -y entre ellos algunas hienas- de esa tropa (...) encarcelan e imponen multas -que son verdaderos robos- y hasta confiscaciones, y luego dicen que juzgan y fusilan. También fusilan sin juicio alguno». Y en esto Unamuno no habla de oídas, como él mismo subraya: «Lo veo yo y no me lo han contado. Han asesinado, sin formación de causa, a dos catedráticos de Universidad (...) y a otros. (...) A mí no me han asesinado todavía estas bestias al servicio del monstruo».
Sin embargo, Unamuno, aun después de percatarse de su equivocada elección, no basculó defectos para unos y acumuló virtudes en el contrario, como queda claro en una carta dirigida a su amigo el escultor bilbaíno Quintín de Torre, donde se expresa así, previendo que la conclusión de la guerra iba a traer consecuencias nefastas, fuera quien fuera el vencedor de la contienda: «Entre marxistas y fascistas, entre los "hunos" y los "hotros", van a dejar a España inválida de espíritu... La reacción que se prepara, la dictadura que se avecina, presiento que, pese a las buenas intenciones de algunos caudillos, va a ser algo tan malo, acaso peor». En una carta que le envió a una traductora italiana, afirma: «A las incalificables salvajerías de los métodos rojos se respondía con otras. Y es que (...) esta mi pobre España está loca y aterrada de sí misma. Padece de una enfermedad mental. (...) Se ha establecido un régimen de terror de una parte y de otra. (...) Todos piden sangre y exterminio y guerra sin cuartel. (...) Y esta España de mi corazón se está ensangrentando, desangrando, arruinando, envenenando y entonteciendo».
No pudo ser más clarividente don Miguel.

Hola, gracias por este articulo sobre Unamuno. Solo que podrias dar mas datos. ¿Quién es esa traductora italiana? en que libro o revista se puede encontrar la carta, la fuente original? Y la carta dirigida a su amigo el escultor bilbaíno Quintín de Torre, lo mismo. En interner se repiten fragmentos sueltos, pero nadie cita la fuente original, es una pena.
Me interesa en particular estos textos
¿Me puedes ayudar?
Gracias
Roger