Al proclamarse la República había en España más de un millón de niños sin escolarizar y un alto porcentaje de adultos analfabetos. Surge entonces la iniciativa de llevar a los sectores más retirados del mundo rural «la educación, la cultura, la participación ciudadana». Equipos ambulantes de artistas, literatos, profesores y alumnos van a instalarse durante una semana en los pueblos más remotos, adonde llegaban con sus obras de teatro, libros, fonógrafos, cámaras de cine, radios, instrumentos de música, reproducciones artísticas, modelos de cerámicaÉ Son las Misiones Pedagógicas, que se crean por decreto en mayo de 1931.
Estas Misiones recuerdan de algún modo aquella Extensión Universitaria ovetense surgida afinales del siglo diecinueve. Ambas tenían una evidente finalidad regeneracionista, mezclada de lejanas connotaciones religiosas. A los catedráticos ovetenses se les llamaba «apóstoles de la nueva civilización» y las Misiones estaban dirigidas por «misioneros». Asimismo, los objetivos de las Misiones trascendían la propia acción docente y cultural, «más que enseñar a leer a esos trabajadores consumidos por la fatiga, se trata de despertar en ellos la reflexión, el gusto por la belleza, el amor a la libertad y la esperanza en la República».
Sin embargo, como cuenta Bennassar, los intelectuales progresistas desconocían casi siempre la verdadera realidad social, cuyo contraste era abismal respecto a sus objetivos cívicos. Descubrían entonces «una miseria absoluta, atroz, hórridas viviendas sin chimenea, un pueblo hambriento en su mayor parte y comido por las lacras, pobres seres que necesitaban los apoyos primarios de una vida insostenible». Y se preguntan «¿qué podían ofrecer los jóvenes estudiantes a esos centenares de manos que pedían limosna? Sólo poemas y canciones. Una contradicción radical». Por otra parte, durante el año que siguió a la proclamación de la República, las Cuencas han vivido sin duda el período más esperanzado de los tiempos modernos. Pero esa venturosa etapa se empezó a tornar áspera, intolerante a medida que avanzaba el debate sobre la cuestión religiosa en las Cortes constituyentes.
El entonces concejal langreano Belarmino Tomás aseguraba entonces que en las iglesias y conventos del municipio se hacían reuniones a altas horas de la noche «para conspirar contra la República». Incluso se llegó a aprobar una moción de los radicales sobre la conveniencia de imponer «un arbitrio sobre el toque de las campanas en las iglesias del concejo». Más tarde, a propósito de la fallida sublevación de Sanjurjo en agosto de 1932, la Corporación acuerda unánimemente enviar al Gobierno su apoyo incondicional, mientras que la minoría comunista presentó en esa sesión una enérgica protesta, advirtiendo de que «era necesario vigilar de cerca a las derechas para evitar otra sorpresa».
De otro lado, desde la primavera de 1932 se empezaron a sentir los rigurosos efectos de la crisis económica internacional que había estallado en 1929. Se suceden las huelgas, los despidos, a veces masivos, el cierre de empresas, la intermitencia laboral. La Confederación Nacional del Trabajo (CNT) mantuvo una huelga durante nueve días en la fábrica Duro Felguera, considerada por Brenan como la «más obstinada y heroica huelga en los anales de la clase trabajadora española».
La situación socioeconómica volvía a ser angustiosa para las clases populares. En la prensa se repiten noticias como ésta: «La miseria que reina en centenares de hogares de honrados obreros está causando perjuicios difíciles de calcular». La izquierda denuncia que en la paralización de muchas industrias podrían tener interés los mismos propietarios «para boicotear a la República». O que se retiraban los capitales de las industrias «como venganza por haber destituido al Borbón». El dirigente del Sindicato Minero González Peña declara por aquellas fechas que «nada se podía esperar ya de los patronos en bien de la industria».
Por su parte, los empresarios de la Asociación Patronal de Mineros Asturianos señalaban, en 1933, que «la industria hullera asturiana se hallaba de hecho en quiebra». Asimismo, a escala nacional, la minería de hierro y la siderurgia se habían contraído «en términos catastróficos»; por ejemplo, en ese mismo año, la exportación de hierro suponía sólo el quince por ciento de lo que representaba en las dos décadas anteriores. Y, en Vizcaya, la minería del hierro y la siderurgia se habían contraído «en términos catastróficos».
Algunos especialistas sostienen que las conflictivas relaciones socioeconómicas de aquellos meses habrían anticipado el fracaso político de la República. Sin embargo, el régimen se vio zarandeado desde distintos frentes y por razones distintas. Además de un conflicto casi continuo entre las urnas y las armas, y a falta de un programa político coherente y sostenido, hubo desde el principio una pugna entre proyectos y programas dispares, así como insuperables dicotomías ideológicas y políticas a escala nacional y también de influencia internacional: Monarquía y República. Fascismo y liberalismo. Comunismo y capitalismo. Burguesía y proletariado. Derechas e izquierdas.
Sobre la suerte de la II República, uno de sus protagonistas más significados, Manuel Azaña, ha reconocido que una de las causas del fracaso de la II República y del origen de la guerra civil había habían sido la heterogeneidad y las discordias internas de los partidos republicanos que representaban a la clase media y la burguesía ilustrada. Y Salvador de Madariaga ha escrito que la República y España se habrían podido salvar de haberse consolidado la unión de los socialistas moderados y de los republicanos progresistas contra los extremos, que habrían impedido cobrar «masa y momento» a esa coalición provocando la caída del régimen republicano.

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