Entre las más antiguas tradiciones humanas están los ritos de toda índole que acompañaban el comienzo de la primavera. Plantas y animales, recursos esenciales para la vida primitiva, crecían y se multiplicaban ante el gozo de los que convivían estrechamente con ellos. De esa culminación de la vida, que ante sus ojos eclosionaba de nuevo con vigor, obtenían cierta garantía de supervivencia durante un año más. Rebaños y cosechas eran el más valioso salvoconducto contra la inseguridad que siempre ensombrecía el futuro.
Tan profundamente arraigado ha estado en la mente humana el significado de esta época del año, que hasta el cristianismo —siguiendo la tradición judaica en la que nació— hubo de adaptar el calendario de sus liturgias al ciclo vital de la naturaleza y estableció la solemne fecha de la Pascua en el domingo siguiente a la primera luna llena de primavera. Bien es verdad que, como es habitual en una institución que tiende a desatender los datos científicos y a adherirse a los preceptos canónicos dictados por sus jerarquías, no siempre la astronomía respalda la elección del día en cuestión. Por otro lado, la rama oriental del cristianismo mantiene sus propias cuentas, por lo que la Pascua Ortodoxa casi nunca coincide con su hermana occidental.
Fue Stravinsky quien con su Consagración de la Primavera llevó en 1913 al mundo de la música y el ballet la magia y el misterio de esta ancestral tradición nacida en el origen de los tiempos. En la coreografía de Diaghilev, las míticas tribus eslavonias se reúnen ante la montaña sagrada donde el brujo predecirá el futuro. El más anciano procede a depositar su beso mágico sobre la tierra que empieza a revivir. Corros de jóvenes vírgenes se exhiben para elegir entre ellas a la que será sacrificada en honor de la deidad. Con esas imágenes de enorme plasticidad se rememoraban las antiquísimas leyendas que narraban el sacrificio de muchachas núbiles para asegurar la fertilidad de la tierra, madre de la vida, que renacía en primavera bajo el influjo del dios solar.
Si se examina bien el actual fenómeno social de las llamadas vacaciones de Semana Santa, no es difícil ver en ellas una traslación a la vida moderna de aquellos atávicos ritos de primavera. Las celebraciones religiosas, que en España adquieren especial relevancia pública con las procesiones y otras ceremonias amparadas y fomentadas por la Iglesia, conviven con el culto al Sol que se celebra a diario en las playas de nuestro litoral. Creyentes y paganos se reparten así, casi por igual, las fiestas de primavera.
Unos oran, cantan saetas, se mortifican, veneran estatuas y reviven tradiciones. Se practican disciplinas de sacrificio, como los llamados “picaos” de la Sonsierra riojana, que azotándose y exhibiendo sus espaldas ensangrentadas nos muestran la versión cristina de un rito también venerado por los chiíes de Oriente Próximo. Cadenas, lágrimas, pies descalzos, cuerpos torturados, presos liberados, tricornios, cruces y cilicios completan en España el ritual cristiano de la primavera.
Por otra parte, los medios informativos dedican también largos espacios al descanso vacacional, a los viajes (con las obligadas alusiones a las aglomeraciones viarias y aeroportuarias), al ocio y al turismo, que son los ritos con los que otros festejan a su modo el cambio de la estación. No son pocas las personas que comparten ambos rituales —pagano y religioso—, que al fin y al cabo son dos caras de una misma moneda.
La inmolación de las vírgenes, antes citada, tiene hoy su contrapartida en el anunciado sacrificio de vidas humanas que indefectiblemente tiene lugar en las carreteras durante estos días, en honor de la suprema divinidad del automóvil. Sacrificio aceptado, como el de las doncellas que tenían por máximo honor bailar ante su divinidad la última danza antes de que su sangre contribuyera a fecundar la madre tierra. Bien es verdad que el tributo vial no se limita al rito de la primavera, pues extiende su dominio al resto de las estaciones.
Hasta los familiares huevos de Pascua conservan el viejo significado del renacimiento de la vida, reminiscencia de un antiquísimo pasado que veneraba la resurrección potencial que el huevo alberga en su seno, pintado con colores brillantes que emulan la luz del nuevo Sol primaveral que revivifica la vida sobre la Tierra.
Y en esas estamos hoy, querido lector, de vuelta de vacaciones, cuando casi todos los que las han celebrado (ha habido en España más de cien inmolados en el altar de las carreteras) han regresado a sus domicilios y al usual transcurrir de la vida diaria, y cuando el fluir de esta primavera recién iniciada nos llevará al nuevo verano de un año que, una vez más, desplegará ante quienes quieran detenerse a contemplarlo un renovado ciclo de vida y muerte, de noche y día, de sol, luna y estrellas.
Que estas reflexiones contribuyan a serenar su espíritu y le ayuden a afrontar de nuevo con ánimo lo que cada día traiga consigo, que no es poco mérito ante el panorama nacional e internacional que a nuestro alrededor se despliega.
Alberto Piris. General de Artillería en la Reserva
Analista del Centro de Investigación para la Paz (FUHEM).

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