Entiendo los problemas de quienes gestionan los viejos terrenos de Ensidesa. Los entiendo. Entiendo que lo que ayer valía para destino de la vieja central térmica, hoy no valga ya. Entiendo que tengan que darles una salida productiva. Y entiendo, al fin, que tengan prisa. Pero no entiendo que ya se haya decidido con urgencia el derribo del edificio, sea cual sea su destino final. Debe de haber otra salida. Debe buscarse entre todos. No son pocos los valores que justifican un indulto. Sobran razones.
Para empezar, como todo edificio industrial, tiene el valor de lo reciente. De una arquitectura, obra Juan Manuel Cárdenas y Francisco Goicoechea, al servicio de la técnica. La planta sacó de la escasez suficiente ingenio para cumplir su misión principal: convertir la energía calorífica en energía eléctrica, vapor y hasta viento para los hornos altos. Todo ello usando calderas, turbogeneradores y soplantes. Lo hizo con una solución técnica única. Arquitectura y agua, que son parte de la historia de Avilés y que serán parte de su futuro, tienen aquí una alianza peculiar que habría que respetar y explicar a descendientes y visitantes.
También tiene el valor de lo simbólico. Todo patrimonio industrial es testimonio de la época de la industrialización. Sus edificios se relacionan con la producción, pero son protagonistas de una gran revolución social y económica que cambió su época y que la preparó para el progreso actual. Esto, que es de manual, en la térmica de Ensidesa se cumple a rajatabla.
Pocos cambios socioeconómicos o culturales podremos rastrear en la sociedad asturiana (y hasta española) como el que supuso la instalación de Ensidesa en Avilés. Fue un momento de transformación radical en una España aún de larga posguerra, pero sobre todo fue el momento en el que Avilés dejó de ser lo que había sido durante décadas. Se reinventó. Para unos el cambio fue positivo; lo contrario para otros. Pero para todos es ya historia y merece respeto. Hay que contarla y para ello nada mejor que la conservación selectiva de destacados hitos del gigante siderúrgico. La térmica es uno de los más importantes. Pero se la ha excluido de todo catálogo o mecanismo de protección oficial.
Avilés avanza hacia la destrucción del legado arquitectónico de la época de Ensidesa. El período más importante del siglo XX va a quedar como una hoja en blanco para las futuras generaciones. No sólo por haberse derribado ya algunos ingenios fabriles, desde los más importantes (hornos altos) hasta los más pequeños (las «madrileñas» grúas de la dársena San Agustín), sino porque la destrucción apunta hacia todo lo que fue testimonio urbano de aquella ciudad: ya ha caído el ambulatorio de Llano Ponte y pronto lo hará, por ejemplo, la residencia de ingenieros de González Abarca. De quienes se arrepienten ahora de no haber defendido los hornos de Ensidesa, al menos uno debería hacer algo para no engrosar el ya crecido caudal de sus lágrimas de cocodrilo, que amenaza con formar un «tsunami» dispuesto a arrasar toda la historia siderúrgica.
Otro valor. El valor del futuro. La convulsión que está suponiendo en Avilés, tan sólo la noticia, del complejo Niemeyer, puede ponernos en la pista de la riqueza de soluciones como éstas. Quienes ven en el suelo industrial un bien escaso tal vez no acierten a ver que ese suelo puede servir para industrias de distinta naturaleza a las de siempre. El efecto Niemeyer ha sido más vigoroso, en creación de expectativas económicas y de ilusión en la sociedad, que todos los planes de reindustrialización acometidos hasta ahora.
De ese efecto puede beneficiarse la térmica. Ya no produce. Es el momento de ponerla a producir. Que sirva para enseñar sus soluciones técnicas y su arquitectura, que sirva para mostrar a los avilesinos nuevos cómo vivieron y por qué sus padres y abuelos, que sirva para honrar a los que en ella trabajaron durante muchos años. A esos mismos que aún se reúnen periódicamente en comidas de camaradería para contarse historias de cuando trabajaban allí. No creo que ellos, «productores» e ingenieros, quieran ver cómo besa el suelo. Pero me gustaría oírlos, o leerlos.
El valor del patrimonio de Avilés, desde hace años lo escribimos; es el del conjunto. Tenemos la inmensa suerte, ésa que no tendrán jamás otras ciudades ricas en edificios nobles, de poseer todo tipo de patrimonio arquitectónico, desde la Edad Media hasta hoy. La térmica es un testimonio estratégico de importancia capital sumado a lo que hay. A Avilés le faltaba un jalón de arquitectura contemporánea; lo va a tener con las trazas de Niemeyer. Los que vengan a ver ese edificio verán, encantados, otro museo de la técnica que para entonces estará muy cercano en el espacio, si se recupera la térmica y se reordenan urbanísticamente los terrenos de esa margen de la ría. La oferta de Avilés sería única. Las arquitecturas industriales, sumadas al casco histórico y al edifico de Niemeyer, harían de Avilés una potencia en edificios visitables. Los que vinieran a ver uno verían, agradablemente sorprendidos, todos.
La térmica podría seguir siendo, después de los años, industria. Una industria rentable, nueva y limpia. Hace tiempo enturbió nuestros cielos, pero hoy no podemos permitirnos echarla al suelo. No pueden los vecinos de Valliniello, que tragaron su contaminación en primera línea y se manifestaron en su contra. Ellos, incluso los que ya no viven allí, se acordarán. Es el momento de que se manifiesten a su favor.
La térmica es un edificio único. Cuenta gran parte de la historia reciente de Avilés y puede ayudar a labrar su futuro inmediato. Ninguna ciudad sensata, celosa de su historia o previsora de su economía, prescindiría de ella. No nos podemos permitir el derribo de la vieja central térmica de Ensidesa. Pesaría por siempre sobre la conciencia de quienes blandieran la piqueta y de quienes estuviésemos mirando.
Juan Carlos De la Madrid es miembro de Incuna, asociación para la defensa del patrimonio industrial.

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