El Tribunal Supremo ha confirmado la victoria de Romano Prodi en las elecciones italianas. En la Cámara baja y en el Senado. Por muy pocos votos, veinticuatro mil, pero su triunfo ha sido avalado por el más alto tribunal italiano.
El ministro de Economía en funciones, Giulio Tremonti, pide más comprobaciones y no acepta la victoria del centroizquierda. Silvio Berlusconi no ha hablado y no ha concedido el triunfo a su adversario. Una simple llamada a Prodi bastaría para dejar zanjados los resultados de las elecciones más apretadas que ha conocido Italia. La coalición berlusconiana empieza a quebrarse y los centristas de la UDC han aceptado la derrota y han deseado buena suerte a Prodi.
La tarea de Prodi es tan difícil como incierta. Presidir un gobierno en el que hay desde democratacristianos hasta comunistas de la línea dura colocará al nuevo primer ministro en una posición tan difícil como la que se encontró cuando ganó las elecciones en 1995 al frente de la coalición del Olivo.
Italia necesita unas reformas que Berlusconi no quiso acometer porque andaba reformando leyes y administrando una coalición de centro derecha que consiguió alto tan insólito en Italia como permanecer cinco años ininterrumpidos en el poder.
Prodi ha desplazado a Berlusconi, el hombre más rico de Italia, que controlaba buena parte del espacio mediático y televisivo del país. Ha conseguido lo más difícil pero lo tiene más complicado todavía. Los italianos están divididos y la gran coalición a la alemana pedida por Berlusconi no parece posible.
Italia vuelve donde solía. A las endémicas trifulcas políticas, a los apaños, a las transacciones y a las alianzas cambiantes que han conformado la inestable política italiana de los últimos cincuenta años.
Con una diferencia importante. Italia ya no es el escudo protector de la llegada de los comunistas en el poder. Los comunistas son residuales y ni siquiera se llaman así. Italia es socio fundador de la Unión Europea, está en la zona euro y su competitividad y crecimiento son de los más bajos de la Unión.
El problema no es de los gobiernos, del que venga o del anterior. El problema es de la sociedad italiana que funciona por su cuenta, con leyes vigentes en las que saben encontrar muchos agujeros y con una economía agónica. El año pasado el crecimiento fue cero.
El nuevo parlamento se reunirá el próximo 28 de abril. Aunque el Tribunal Supremo permite a Prodi formar gobierno, no podrá tomar posesión hasta dentro de un mes. Y lo tiene que sancionar el presidente de la República, Carlo Ciampi, cuyo mandato termina a mediados de mayo y no va a presentarse de nuevo.
Prodi tendrá que esperar a la elección del nuevo presidente de la República que tiene que salir de la votación en las dos cámaras y de varios electores natos. Hasta primeros de junio no habrá nuevo gobierno en Italia. La crisis no ha hecho sino empezar.
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