Un horror. Siempre tarde. Con media hora colgando de las ganas de llegar el primero con tal de no encontrarte caras largas o la sonrisa caducada como un yogur. Y tú, que llevas todo el día corriendo con el móvil pegado a la oreja como un pendiente, la culpa en el estómago y los problemas entre la frente y la razón, no soportas que te claven el mal rollito entre las cejas porque no tienes ganas de dar explicaciones. Otra vez. Y así vas, patinando, con la obsesión de hacerlo todo bien y de que el tiempo se dilate porque el margen de error no está en tus planes.
La maleta con ruedas, el abrigo, el portátil y las gafas de sol descolocadas, como tú, llegan a la T4 con la lengua fuera. Y ahí, justo ahí, empieza todo. El mismo infierno se abre ante ti con un deseo lujurioso de absorberte, de poseerte hasta que ya no balbucees ni tu nombre, hasta que supliques, mirando al cielo que prefieres desaparecer. Puente aéreo. La sombra de lo que un día logró que llegaras a tiempo de firmar, de besar, de ducharte, de comprar, de disfrutar, de ver, de tener tiempo para ti, o para él, de discutir, de abrir o de cerrar un negocio o una historia de amor, es ahora un caos capaz de llevarte directo a la locura. Pase lo que pase tendrás la sensación de que la culpa es tuya, y nadie, jamás, podrá aclarar tus dudas. Dice mi amigo Edu que te hacen luz de gas. Rollo psicosis. Hasta que ya no sabes de dónde vienes ni por supuesto a dónde vas.

Si resulta que el sistema informático está fuera de juego y claro, te quedas como tonta, mirando fijamente el careto del señor de al lado que a su vez se siente observado y no sabe ni dónde mirar, mientras alguien te tose que todos los vuelos saldrán retrasados porque no se puede facturar y tú no llegarás a firmar, ni a besarle, ni a ver, a discutir o a grabar el programa que ibas a grabar. Eso sí, como si es el entierro de tu madre, total impunidad y una cara de culo como respuesta a tus preguntas que te entran ganas de llorar. Ya ves, qué tontería. Si total un entierro o un programa más .. Y si decides facturar una maleta hecha con la necesidad absoluta de acertar en cada paso de tu viaje, acabas de ganarte una crisis de ansiedad a golpe de ese absurdo exceso de confianza en que la maleta debería llegar siempre a su destino. Qué chorrada. No llegará jamás. Y tendrás que sortear las cenas, las citas, la grabación, el beso o el entierro, exclusivamente con lo puesto. Entre lexatín y lexatín llamas trescientas o cuatrocientas veces tratando de encontrar la maleta, y en cada llamada tienes que volver a explicar quién eres y de dónde vienes. Rollo Punset, de la Teoría del Caos a la creación del universo.Y no. Porque la angustia que te embarga a estas alturas de tu vida es tal, que has decidido volver a casa sin besar, ni firmar, ni comprar, ni grabar nada más. Y sin tus bragas. Te sientes infeliz, ninguneada, ridícula, horrorosa y con ganas de robarle el testigo a Ana Blanco para poder gritarle a toda España que no volarás nunca más con Iberia. Que tú hasta hora no eras hipertensa y la T4 te ha llenado la vida de nervios, broncas, agonías y pastillas. Un lío. Y un desgaste espantoso de energía. Menos mal que sabemos que nada se pierde . todo se transforma. Incluida tu maleta, si es que la recuerdas.

Y es que a veces tiene razón mi amigo Edu. No se le ocurre a nadie coger un puente aéreo, pudiendo hacer viajes más sencillos, tipo trekking descalzos por el Annapurna o topless en Ammán.