Crear condiciones donde albergarse. No otra ha sido la tarea de la vida desde que consiguió serlo. Quiero afirmar, con el apoyo de los más estimulantes descubrimientos de la ciencia, que, por ejemplo, el aire que respiramos no es algo dado de antemano, sino la creación de una infinita constelación de seres vivos que con tenacidad lo crearon y ahora lo mantienen. El primer elemento esencial para la vida es hijo de la vida y no al contrario. La Naturaleza es toda ella un huerto, donde hay que nutrir a lo que te nutre para que sea posible la continuidad. En la Naturaleza todo es casa y recurso al mismo tiempo. Todo hogar alberga la pitanza y todo recurso es considerado como mansión imprescindible.Y ésta es la base de todas las reciprocidades, que en realidad se comportan como un sistema de relaciones, como una trama que todo lo sustenta y de paso lo lanza hacia el futuro.
Por el contrario nuestro sistema ha inventado la dirección única. Emblema de la misma es la línea recta, ésa de nuestros caminos y casas. Forma, por cierto, que no existe en lo espontáneo. Incluso el dar para que te den, de nuestro modelo económico, lo desequilibra todo, ya que unos lo dan casi todo y otros, los menos, se quedan con la parte del león. Lo contrario sucede en lo de allí afuera donde los sistemas de redistribución son tan eficaces como incesantes, tan descomunales como imaginativos.

Entre las torpezas que nos asisten no es la más pequeña, sino acaso la más grande, aquello del pez grande. Lo inferior siempre es fundamento de lo superior y por tanto más grande e importante.Y con esto evoco uno de los primeros felices hallazgos del taoísmo.Con todo, la mayoría de los modelos de interrelación nos resultan todavía desconocidos, pero si miramos a la Biosfera en su conjunto el resultado es la hospitalidad para al menos treinta millones de especies que usan nuestro planeta para que sea de todos. Vivir es convivir, y convivir es ser múltiple en medio de la multiplicidad.

Esta realidad apenas es aceptada. De hecho los humanos, y sobre todo los residentes en las grandes ciudades, vivimos por completo en contradicción con una de las más básicas reglas que hacen habitable al planeta Tierra. Se nos ha hecho creer durante demasiado tiempo que nuestro papel es el de aceptar un regalo. La incorporación de la humanidad y del humano es un tesoro, no solicitado por cierto, pero que de inmediato se convierte en caramelo envenenado porque este mundo hay que conquistarlo y, si por el camino hay que destruirlo casi todo, es que no había otro remedio, ya que nuestro destino es ser sus dueños. Unos amos insoslayablemente más opulentos cada día.

La ciudad inicialmente, y esto en nada contradice lo ya afirmado, busca los mismos objetivos que la vida. Es decir, que modifica situaciones de partida. Que acoge a una forma de vida pero transformando básicamente el derredor inmediato. El ánimo inicial es esencialmente irreprochable. Búsquedas de convivencia, defensa y de libertad. De aplausos.

Pero la exacerbación ha conseguido negar lo que pretendía. Ahora casi todo es un encerrarse en la concha de nosotros mismos. Un alejamiento de lo que lo hace todo posible y de inmediato y con apabullante insistencia, una demanda siempre codiciosa y acaparadora de lo que nos envuelve. Recordemos, por ejemplo, que un puesto de trabajo en una ciudad como Madrid exige unas treinta veces más recursos económicos que si está en el medio rural. Poco más o menos en esas desproporciones se mueven las otras demandas.Me refiero a las de energía, materias primas, tiempo y por supuesto producciones finales de la agricultura, la industria y la cultura.

¿Qué devuelve a su derredor un medio urbano o una comunidad que no sólo es capital, sino que también lo capitaliza todo, incluso el capital y por supuesto los falsos rendimientos del capitalismo? En realidad, poco, casi nada. Lo importa casi todo y exporta masivas agresiones al medio natural. No compensamos apenas los servicios públicos recibidos. Con lo que hemos conseguido tener a la hospitalidad hospitalizada casi por doquier. Como esto se escribe desde el convencimiento de que es posible la rectificación, no pocas de las próximas columnas estarán dedicadas a comentar los modos y maneras de que saquemos a la hospitalidad de la UVI.