Fantasmas toreros por Santa Ana, de Javier Villán en El Mundo de Madrid
Al hotel Victoria, donde reposaba el recuerdo de todos los toreros, se lo lleva el viento de los tiempos y la piqueta de los albañiles. Un lujosísimo establecimiento hotelero ocupará el hueco que deja el espíritu de los toreros, de los héroes y los dioses. Aunque cuentan los nuevos responsables del hotel que mantendrán la habitación de Manolete... En tiempos, los toreros eran, en el imaginario popular, por lo menos semidioses. Desde que se supo la noticia, fantasmas vestidos de luces deambulan por la plaza de Santa Ana y se refugian en el teatro Español o en Lhardy, a un tiro de piedra o, como máximo, a dos tiros. Alguno, el de Mario Cabré mismamente, de la mano de Ava Gardner, ha pedido asilo a Mario Gas, su sobrino, en el teatro municipal. Manolete, en cambio, tras recibir carta de Indalecio Prieto desde México, hace el paseíllo hasta Lhardy, con ánimo de que se reediten viejos homenajes de la posguerra. En Lhardy esperan a Manolete Agustín de Foxá, Alfredo Marqueríe, José María Pemán, Martínez Remis, etcétera, etcétera, etcétera. Versos y discursos, proclamas y brindis. Y alguna oración fúnebre: «¡Ay de tu soledad Manuel Rodríguez, ay de tu soledad: y de la mía!». Ante la inminencia del desahucio, ante el arrastre irreversible de una magna historia torera hasta el desolladero, Mario Gas prepara un oratorio mítico-taurino: Ava Gardner de gran sacerdotisa, Mario Cabré, tío de Gas, diciéndole metáforas y madrigales a la diosa de belleza saturnal y triste; y un coro de toreros y flamencos sin su lugar sagrado para el reposo, tocándoles las palmas. Lhardy, al lado, en la Carrera de San Jerónimo, es el último burladero de Manuel Rodríguez, la última melancolía de reyes, toreros, nobles y amores clandestinos en sus reservados de atrezzo y plata vieja. Adiós al hotel Victoria y con él a unos tiempos de cornadas y de épica.
Van cayendo los símbolos y van pasando los tiempos sin retorno posible. Sales de Madrid y te dejan con el Victoria en escombros. Llegas a Sevilla y han borrado de la ruta procesional y sagrada de los taurinos Casablanca. En Casablanca comía el Rey Juan Carlos, pero Curro Romero era más que el Rey. Adiós al Victoria; cualquier día, a esa legión de fantasmas toreros que no hallen acomodo en el Español o en Lhardy me los encontraré por Santa Ana y me los llevaré a Viña P: para que ensayen verónicas y naturales y exorcicen, cruzando los dedos y salmodiando algún conjuro, al neomoderno hotel que ha venido a perturbar su reposo.
