La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

20 Abril 2006

Como si nada, de Salvador Cardús i Ros en La Vanguardia

La extraordinaria buena noticia de la tregua permanente de ETA, como suele pasar con todas las buenas noticias, ha entrado tan bien, tan suave, que me da la impresión de que no se ha reaccionado en la justa medida que exigía el fin del gran drama de la permanente amenaza de una acción armada guiada por la lógica del terror gratuito e imprevisible. Quizá fuera esperable que una cierta prudencia inicial no permitiera salir espontáneamente a la calle pegando saltos de alegría, ni tan siquiera en Euskadi. Pero después de tantas y tantas concentraciones a lo largo de tantos años para condenar a ETA, lo razonable hubiera sido que surgieran algunas iniciativas sinceras también de júbilo y celebración pública.

No me cabe la menor duda de que los dos principales grupos de personas actuales víctimas del conflicto político armado que ha atenazado al País Vasco se han sentido particularmente aliviados. Por una parte, los amenazados por ETA, que hasta ahora han visto coartadas sus vidas de una manera absolutamente injusta e inmoral. Por la otra, los encarcelados, que, más allá de pagar por sus crímenes, han sido tratados como presos políticos aplicándoseles medidas de castigo adicionales especialmente crueles. Unos y otros, antes o después, van a volver a la normalidad de una vida asentada sobre las garantías democráticas y no vapuleada por circunstancias propias de una guerra a menudo fratricida, latente, de bajo perfil, pero que ha dejado muchas víctimas, mortales y no, en todos los frentes.

Pero no me interesa tanto ahora especular sobre las circunstancias pasadas o las expectativas futuras del nuevo marco de relación política en el País Vasco y con España, sino sobre los cambios que va a provocar en la dimensión retórica y discursiva la ausencia de la amenaza armada en un conflicto político. Me refiero al hecho de que el dato del terrorismo en el País Vasco, más allá de su verdad de facto, había contribuido a construir una realidad imaginaria de la España actual en la cual todos los cabos ya estaban bien atados: todos los juicios morales ya estaban dados, todas las divisiones claras entre buenos y malos... El terrorismo permanecía ahí, entre los principales problemas de los ciudadanos, entre los peores temores con los que había que convivir, o en la representación estereotipada de un carácter vasco tosco y bruto, por poner algunos de los tópicos al uso.

La propia representación mediática del conflicto violento estuvo deformada por una mayoría de medios de comunicación que había tomado partido no sólo por el Estado de derecho y el respeto a los derechos humanos, como hubiera sido razonable, sino que su compromiso político trascendía esos límites. Por una parte, se participó en la invención de una división entre nacionalistas y constitucionalistas que en nada representaba a la realidad compleja de la vida política vasca. Por otra parte, se callaban las situaciones de persecución política y judicial, amparadas con el argumento de la lucha terrorista y la razón de Estado, dando una imagen falsa de un conflicto en el que sólo había un tipo de víctimas en uno solo de los frentes.

Pues bien, el desarrollo positivo del actual proceso de paz que va a tener en paralelo, pero íntimamente relacionado, un proceso político de decisión del pueblo vasco sobre su futuro, en muy buena parte está condicionado por el acierto y la rapidez en los cambios retóricos de representación de la realidad de Euskal Herria. La tregua, de momento, ya ha hecho añicos los esquemas antiguos. Intenten aplicar ahora lo que mencionaba antes sobre los bloques nacionalista y constitucionalista, o vuelvan a leerse documentos como los de la Conferencia Episcopal Española, y verán cuán fuera de lugar han quedado. O vean qué va a pasar con la demonización de los dirigentes de la izquierda abertzale, ahora que se han convertido en aquello que algunos no podían ni querían ni imaginar: en portadores del diálogo. Y esto es tan sólo el principio, porque estoy seguro de que la fuerza de la ausencia de conflicto -muy superior a la de las armas y el estado de excepción- va a hacer posibles planteamientos políticos hasta ahora inimaginables.

En eso creo que tiene toda la razón el lehendakari Ibarretxe cuando considera que ETA ha sido realmente un lastre para el desarrollo político del País Vasco y no un arma que servía para chantajear al Estado y sacarle ventajas. Esta idea, que se ha utilizado con perversidad especialmente desde Catalunya para justificar nuestra cobardía e incompetencia para formular las exigencias políticas que en su momento hemos creído justas, pero que no hemos sabido defender, también va a caer como tantos otros tópicos que han podido vivir gracias al monstruo de la violencia.

En definitiva, la fuerza de la ausencia de violencia armada es tanta que en pocas semanas ya se están produciendo cambios acelerados en los tumores retóricos que parecían enquistados para siempre. En las listas de los principales problemas de nuestros ciudadanos la tregua de ETA ha dejado un vacío que los sociólogos rápidamente tratarán de reemplazar en sus encuestas con nuevos temores. Los esquemas morales simples se van a complicar. Creo ya haber comentado en alguna otra ocasión la lacónica pero sabia frase de una mujer vasca con la que nunca había conseguido hablar de temas políticos y que, a propósito de la tregua anterior, me había dicho: "Ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos". Y la representación de "lo vasco", de su realidad humana, social y política, va a transformarse, ahora sí, de manera radical. Deseo que sepan aprovechar bien esta oportunidad excepcional en la que todo es posible. Y pasará como si nada. Quiero decir, y afortunadamente para los vascos, sin levantar ningún tipo de vascofobia en España.

salvador.cardus@uab.es

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