Las propuestas artísticas fallidas nos muestran hasta qué punto la aparente facilidad de las grandes obras es una ilusión. Fui con las máximas expectativas a la Bastilla para ver una de las representaciones de la nueva ópera de la compositora finlandesa, afincada desde hace 20 años en París, Kaija Saariaho. No era para menos. Después del formidable impacto de su primera ópera: L'Amour de loin, en el Festival de Salzburgo de 2000, y teniendo en cuenta la extraordinaria calidad de su música, Adriana mater prometía algo grande.
Esta nueva ocasión volvía, además, a reunir a buena parte de los protagonistas de la anterior: al gran escritor libanés Amin Maalouf como autor del libreto, a Peter Sellars como director escénico, a George Tsypin como autor de los decorados, a James F. Ingalls como director de iluminación, y a Esa-Pekka Salonen como director musical. Lo diré en dos palabras: ¡qué desastre! Muy pocas cosas funcionan en Adriana mater. Resulta fundamental comprender que la ópera es un género sumamente complejo, que sólo alcanza sus mejores resultados cuando sus distintos componentes expresivos están bien integrados entre sí.

Nada de eso sucede en Adriana mater. Yo salvaría, a pesar de todo, la música, abierta y sugestiva, aunque algo apagada, así como la excelente interpretación de la Orquesta de la Opera Nacional de París, muy bien dirigida, como es habitual en él, por Esa-Pekka Salonen, uno de los músicos más relevantes del momento, a pesar de su juventud. Quizá también los juegos de luces de James F.Ingalls. Pero todo lo demás falla estrepitosamente. La parte vocal no está bien articulada con la orquesta, y era extraordinariamente difícil oír con claridad, no digamos ya entender a unos cantantes que más vale olvidar, tal vez con la excepción relativa de la soprano noruega Solveig Kringelborn, en el papel de Refka, la hermana de Adriana.

La dirección escénica del magnífico Peter Sellars es de una torpeza sorprendente, los decorados de George Tsypin parecen una copia de la casa de Luke Skywalker en Tatooin, y por si fuera poco el libreto del Amin Malouf es una serie de tópicos bienpensantes sin lógica literaria. Una pena, de verdad, porque la ópera prometía.El argumento está construido sobre la violación de una mujer en una guerra, quien decide dejar nacer al hijo que en ese momento engendra, el cual, ya mayor, quiere matar a su padre biológico para vengar a su madre. Las resonancias del mito de Edipo, las ideas de que la vida, encarnada en la mujer-madre, debe predominar sobre la muerte-guerra, deberían haber merecido un mejor resultado.

Estoy seguro de que también del fracaso se aprende. Aunque en esta ocasión las cosas no hayan ido bien, resulta loable la tarea de ese dinamizador cultural que es el director de la Opera de París, Gerard Mortier, y el riesgo que asume encargando piezas nuevas a compositores y creadores inconformistas. Gracias a gente como él, la ópera respira el aire de nuestro tiempo. También en el fracaso.