Sant Jordi, con sus rosas y libros, se perpetúa con los siglos / El patrón de Cataluña, Inglaterra, Aragón y Portugal está tolerado a medias en el culto oficial puesto que la Iglesia católica lo retiró del calendario canónico aunque no lo proscribió
Rosas, espigas y libros serán omnipresentes en las calles de Barcelona el domingo, diada de Sant Jordi, un santo que fue borrado del calendario canónico cuando se comprobó que era producto de la leyenda. Pero la leyenda ya había usurpado el papel de la historia, puesto que Jordi, George o Jorge se había convertido en el santo patrón de Inglaterra, Portugal, Cataluña o Aragón, y no era cuestión de dejar huérfanos a pueblos enteros. La Iglesia católica retiró el santo del culto oficial, pero sin proscribirlo, y el valeroso caballero, que derrotó en tantas batallas a los moros y rescató a muchas doncellas de las garras del dragón, permanece como símbolo por encima de los avatares del calendario eclesiástico.
Las cosas de palacio van despacio. En sus primeros tiempos, la comisión permanente de las Cortes catalanas o Generalitat, creada por Pere el Cerimoniós, se reunía en el convento de los Frailes Menores que se levantaba en la plaza Medinaceli. Según la tradición, este convento, hoy inexistente, fue fundado por San Francisco de Asís cuando viajó a Barcelona para predicar los desprecios del mundo y los exilios del pecado. El pasaje Dormitori de Sant Francesc evoca el lugar donde se supone que tuvieron su celda el santo y sus acompañantes. Muchos peregrinaban a Barcelona para visitar este monumento, y durante la Semana Santa se celebraba un via crucis muy concurrido en el que participaban mujeres enlutadas cubiertas con mantillas. El humor popular pronto se abrió paso bautizando la como «procesión de las hormigas».
Fue Pere el Cerimoniós quien, a finales del siglo XIV, fundó la orden de Sant Jordi en Livadia, un pequeño enclave de la Grecia Central, y ordenó que todos sus caballeros vistieran el hábito blanco con la cruz encarnada. En 1565 se fundó en Barcelona la cofradía de Sant Jordi, institución caballeresca ligada a la defensa de la ciudad y a la preparación de los jóvenes para las guerras y torneos. Organizó las primeras fiestas bajo la advocación del santo patrón de la Generalitat, una curiosa mezcla de poesía y acción, un caballero que rompía lanzas por sus ideales.
En el siglo XV empezó la construcción del edificio de la Generalitat en la plaza Sant Jaume. La imagen de Sant Jordi figura como elemento simbólico y decorativo en muchos lugares del Palau, en fachadas y balcones, en frescos, en ornamentos de las fuentes y, especialmente, en la capilla consagrada a dicho santo. Pere Joan, el famoso escultor gótico que trabajó en las catedrales de Tarragona y Zaragoza, esculpió en 1418 el gran medallón de Sant Jordi que corona la vieja puerta que daba acceso al huerto. Una figura de orígenes épicos representada por el pintor renacentista Andrea Mantenga, y también por Pisanello y Carpaccio. Un investigador británico aseguraba que la cabeza de san Jorge se conservaba entre las viejas reliquias de la iglesia de San Giorgio Maggiore, en la laguna veneciana. Desde el siglo XV, la Generalitat conmemora la festividad con grandes celebraciones. Además de las justas y torneos que se ventilaban en el Born, la capilla se engalanaba para distribuir flores a los asistentes.
Las flores y los árboles han suscitado en los humanos de todos los tiempos la sensibilidad poética, el misterio, un suave viento religioso, o virtualidades que nadie se cree, pero que a todos consuelan: el freno de Odín, la palmera de Latone, la flor del espino que libra de malos pensamientos a las pastoras del brie, la verbena de los galos, las habas pitagóricas, el compás azulado de los persas, el kaki, la mágica salameta, el árbol rojo de Kombanna del que cada hoja reproducía en relieve uno de los numerosísimos caracteres del alfabeto tibetano...
No resulta difícil encontrar paralelismos entre la conmemoración abrileña y la tradicional ofrenda floral a Sant Jordi, que se perpetua en el escenario del patio del Palau de la Generalitat.Cada 23 de abril se celebra la feria de las rosas, con su prolongación popular en la vieja calle del Bisbe Irurita, fiesta que siempre ha despertado intensas emociones en el ánimo de los barceloneses.A la rosa se añade el libro, fruto de un curioso y feliz acontecimiento.Alguien tuvo la idea de celebrar la fiesta del Libro ese mismo día, y las calles se llenaron de paradas de modo que los transeúntes se encontraban con ellos sin necesidad de entrar en las librerías.Una invitación a la lectura que tanta falta hace en nuestros tiempos catódicos. Hoy, es frecuente que muchos adquieran las dos cosas, libro y rosa, en un romántico paréntesis que, por esta vez, como Sant Jordi, vence a lo prosaico representado en aquel encargo de Groucho Marx: «Señorita, envíe un ramo de rosas rojas y escriba 'Te quiero' al dorso de la cuenta».

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