La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

19 Abril 2006

En el nombre de la República, de Pablo Sebastián en Estrella Digital

Se han cumplido 75 años del advenimiento de la II República Española, intento fallido de conducir la endémica autocracia española por senderos de una democracia formal y representativa que en los albores del siglo XXI aún se nos antoja una quimera porque el régimen nacido de la transición, ahora agotado y en crisis, se revela incapaz de avanzar hacia un modelo de convivencia nacional moderno y democrático. El que nos permitiría salir del vigente régimen partitocrático, que sirvió para garantizar un largo periodo de libertades, estabilidad y progreso en los últimos 30 años, pero que ahora deambula sin rumbo cierto hacia una reforma encubierta y confederal del Estado en la que no faltan guiños y alusiones a una revisión de la Historia y de la Guerra Civil con la III República como un horizonte idílico que empieza a emerger en debates políticos y de actualidad.

El pacto político de la transición está agotado y desfallece falto de ideas y de liderazgo por causa de sus propias carencias: la no ruptura con el régimen anterior, que propició el golpe de Estado del 23F, y un régimen sin separación de los poderes del Estado y con sistema electoral proporcional y no representativo que propició: los abusos (corrupción y crimen de Estado, gobiernos de González); el autoritarismo (gobiernos de Aznar); la presencia desproporcionada de minorías nacionalistas en el Parlamento; el bajo nivel de legisladores y gobernantes; y el establecimiento de nuevos reinos o taifas regionales donde el modelo estatal de acumulación de poderes sin controles facilitó el nacimiento de auténticos reyezuelos que impidieron la alternancia democrática en sus territorios. Y en el caso de las autonomías nacionalistas fomentaron el que hoy es el primer problema de España: la secesión del País Vasco y de Cataluña.

España no se rompe —por más que se empeñen algunos—, la economía va bien, el nivel de vida de los españoles es satisfactorio y las libertades funcionan razonablemente, por más que existen agitadores y consorcios que las condicionan. Pero el régimen está hoy enfermo, debilitado y sin un liderazgo firme, democrático y respetuoso con la identidad y la realidad histórica de España, como es el caso del Gobierno de Zapatero, para el que la nación “es discutida y discutible”.

Lo que unido a la voracidad de socios nacionalistas que dan estabilidad al Ejecutivo —los que han olido la herida de la presa y saben que ésta es una oportunidad para romper el marco constitucional y el modelo del Estado— nos permite imaginar una procelosa travesía hacia nadie sabe dónde, en la que se habla de Estado federal, confederal, de una nación de naciones e incluso de la III República, embarrando el ideal de la Democracia en este e improvisado berenjenal político español y propiciando una grotesca revisión de la Historia que se remonta hasta la Edad Media y ha facilitado una interesada y aparente connivencia entre los partidos que perdieron la Guerra Civil, y que ahora saborean una victoria virtual. A sabiendas los legalmente confabulados, en el pacto parlamentario que da estabilidad al Gobierno de Zapatero, que la masacre del 11M, ampliada en sus efectos políticos por las desesperadas mentiras del último Gobierno del PP —que todavía agitan algunos de sus propagandistas y dirigentes notables de este partido—, movilizó con indignación a una gran parte de la sociedad española y se convirtió en encrucijada esencial como el golpe de Estado del 23F o el estallido de la corrupción felipista. En un punto y aparte desde el que se ha empezado a construir el nuevo régimen, la que se llama segunda transición, a la que con gran sentido de la oportunidad y consciente de su imparable decadencia y agotamiento ha decidido unirse ETA mediante una negociación política, bajo la que camuflan la que era su irremediable rendición por causa de su aislamiento político, del cerco policial y de la pérdida de todo apoyo internacional tras los atentados terroristas de Nueva York, Londres y Madrid perpetrados por el demencial terrorismo islámico.

La retirada de las tropas de Iraq —la pequeña “división azul” de Aznar—, el referéndum por Europa, el nuevo Estatuto soberanista catalán y el “alto el fuego” permanente de ETA son los cuatro pilares que marcan el ritmo de una reforma en la que se improvisa sobre la marcha. Por ejemplo, ahí están el cambio de parejas en el Estatuto de Cataluña, ERC por CiU, la caída del Gobierno del pomposo ministro españolista José Bono, el destierro al Vaticano del alcalde catolicón del PSOE en La Coruña en plena tensión laica con el Vaticano —que comparte con Washington los desdenes de Zapatero— y la caída en desgracia de Pasqual Maragall. Y a no perder de vista los continuos guiños y gestos izquierdistas y republicanos: los elogios de Zapatero en el Senado a la II República, el traslado del archivo de la Guerra Civil a Cataluña, el envío del Guernica al País Vasco, etc. Ni olvidar el vuelco producido en el campo audiovisual, un asunto esencial, porque se está liquidando RTVE para trasladar su poder político y electoral en favor de grupos editoriales que han de garantizar en las elecciones generales la futura victoria del PSOE. Y todo esto en sólo dos años del Gobierno de Zapatero nacido de las cenizas del 11M de Madrid.

Cuatro pilares de gran alcance e impacto político que el Gobierno del PSOE ha sabido adornar con llamativas iniciativas legislativas de corte social a favor de la mujer de los jubilados, descapacitados, homosexuales y de un sentimiento laico que crece mientras la Iglesia católica permanece inmóvil e incapaz de adaptarse a los tiempos modernos de la ciencia y la tecnología. Abriendo más si cabe la brecha que separa la izquierda de toda una derecha tradicional y confesional.

La derecha del PP que aún no ha asumido la derrota del 14 de marzo del 2004, de la que sólo ellos son responsables —por las mentiras y mala gestión de la crisis de Iraq y del 11M—, y que no ha sido capaz de renovar sus dirigentes marcados por el reciente pasado que les ata y les impide mirar hacia el futuro, como pretendió de manera inútil Rajoy en la fallida Convención del PP. Partido que, por causa de los desvaríos de un Aznar soberbio y exhibicionista del rancio nacionalismo español, fue derrotado, aislado y señalado por los propagandistas de Zapatero como el heredero del franquismo. Y, en consecuencia, una fuerza política que está desprovista de la credibilidad necesaria para denunciar las nuevas reformas que burlan la Constitución de 1978 y esquivan de manera flagrante la soberanía popular. De ahí la importancia de que surgiera en estos momentos un partido de centro y medios de comunicación capaces de competir en el centro izquierda con el gigantesco aparato de propaganda del PSOE.

De loco o de visionario habría silo calificado cualquiera que, tras las elecciones del 2004, se hubiera atrevido a vaticinar que el presidente Zapatero en tan sólo dos años pretendía: retirar las tropas de Iraq tensando las relaciones con Estados Unidos, avanzar en las conquistas del Estado laico (matrimonios gays, divorcio exprés e investigación genética) haciendo frente al Vaticano, regresar al ámbito europeo (abandonado por el PP), recuperar relaciones con el mundo árabe (Alianza de Civilizaciones), reformar los Estatutos de Cataluña y del País Vasco en pos de una España federal o confederal y, con estas reformas como telón de fondo, buscar una urgente tregua de ETA para negociar el final de la banda terrorista.

Pues loco o visionario, todo esto en marcha está y, aunque mantiene la inquietante apariencia de un débil castillo de naipes por los peligros que encierra, cuenta con una sólida base de estabilidad política en la alianza del PSOE con los nacionalistas y en las perspectivas electorales positivas que todas las encuestas le otorgan hoy al liderazgo de Zapatero. Y sobre todo se apoya en la bonanza económica que, aunque da signos de debilidad, mantiene altas las expectativas del crecimiento de la economía española.

Pero aunque todo esto permite al Gobierno y sus aliados nadar en el optimismo y en la euforia del momento —sobre todo por la tregua de ETA, que sirvió de válvula de escape a la indignación nacional por el Estatuto catalán—, los problemas de fondo de la España del siglo XXI siguen ahí porque el modelo de Estado de la Constitución de 1978 se ha puesto en entredicho y nadie está dispuesto en el Gobierno a decir hacia dónde vamos, entre otras cosas porque ni el propio Zapatero lo sabe. De ahí las alusiones y coqueteos republicanos del presidente, en los que los nacionalistas ven, como ocurrió en 1931 y en 1936, la oportunidad del segundo escalón hacia la independencia.

Sin embargo, todos estos que se llenan la boca de Democracia y de República deberían saber que si ambos ideales se pusieran en marcha con todas sus consecuencias sería la unidad nacional el primer objetivo del nuevo régimen, amén de la separación de todos los poderes del Estado, la elección del presidente del Ejecutivo por sufragio universal implicando a todos los españoles en el voto (catalanes, vascos, gallegos, andaluces, etc), el final —por causa de una ley electoral mayoritaria y representativa— de las minorías nacionalistas chantajistas del Estado y el resurgir del reforzamiento de todos los signos de identidad nacional —patria, bandera, himno, lengua, historia, ejército, diplomacia, etc.— por encima del emergente galimatías, en este bamboleante cambio de Régimen y de la Constitución por la puerta trasera de leyes orgánicas camufladas. Esta imaginaria torre de Babel coronada de naciones e idiomas varios con derechos históricos que en su día fueron remplazados por la verdadera Historia de España, como un hecho objetivo y una indiscutible realidad.

Tomar en vano el nombre de la Democracia y de la República para adornar los cambios y reformas actuales hacia nadie sabe dónde es un ultraje y una temeridad. Sólo faltaba esto: disfrazar la partitocracia, el Estado de partidos que está en el origen de los males y carencias democráticas de nuestro tiempo, de regeneración democrática y republicana. Éste no es un objetivo inmediato porque todavía le quedan muchas pruebas por pasar —el Estatuto vasco y la negociación con ETA, entre otras— al vistoso castillo de naipes de Zapatero.

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