Podemos verlo terminando, con muchas dificultades, cada una de sus piezas memorables, llenas de faltas de puntuación y de ortografía, y esparciendo sobre ellas, como si fuera un puñado de sal, puntos y comas que corregirían pacientemente en la redacción. En la redacción añadirían también la única línea de esas piezas, inevitable para ser publicadas, que al cabo resultará dispensable: la línea en la que se informa a los lectores del lugar y la fecha del acontecimiento que se narra. En sus crónicas de corresponsal de guerra, los detalles que describía estaban tan al margen del tiempo y del espacio que muy bien podrían haber sido obtenidos en Lepanto o en Trafalgar o en Adis Abeba.
Ese hombre elegante que conduce, con manos enguantadas, su Topolino, y es avaro y tan temeroso que sale del auto como si hubiera recorrido Europa entera en vez de unas cuantas calles para llegar a la redacción del Corriere della Sera es Dino Buzzati, y quien lo convierte en uno de sus más memorables personajes es Indro Montanelli (ahora rescatado por Arcadi Espada en un libro que antologa sus excepcionales piezas periodísticas).

Dice Montanelli que a Buzzati no le pudo ocurrir cosa más extraordinaria que ser enviado especial a la guerra. Nos lo retrata componiendo cada uno de sus textos con caligrafía infantil, como si cada uno de sus artículos fuera la carta a los Reyes Magos que escribe un niño ilusionado. Era ingenuo hasta la cobardía. Cuando después de la liberación de Italia se depuraron responsabilidades para cazar a los colaboracionistas, sólo un periodista no fue investigado: Dino Buzzati; a nadie se le hubiera ocurrido incriminarle.

Esa cosa infantil ilumina enérgicamente sus narraciones. De hecho algunas de las más memorables pertenecen a la literatura para niños, caso de El secreto del Bosque Viejo o de La famosa invasión de Sicilia por los osos. También tiene algo de infantil -si aceptamos que Kafka es, en esencia, el más grande de los autores que ha deparado la literatura para niños: un hombre que se despierta convertido en escarabajo, otro al que procesan sin que llegue a saber nunca de qué se le acusa, aquel, en fin, que llega a un castillo de interminables entrañas- su obra maestra, El desierto de los Tártaros, escrita con la lección de los eleatas que idearon la paradoja de Aquiles y la tortuga, muy bien aprendida. En El desierto de los Tártaros, la mecánica de la postergación indefinida se aplica a un territorio nuevo, la epopeya, que en teoría admite mal esa mecánica. Y sin embargo la poesía de Buzzati consigue inyectarle a su ficción un misterio insobornable que queda latiendo cuando el libro se ha cerrado.

Cuando uno se bebe los libros que consiguen alterarle la médula, contagiarle su angustia o su intensidad, es inevitable que nos preguntemos: ¿cómo se le pudo ocurrir una cosa así al autor? Esta sensación no falta a su cita cada vez que nos adentramos en un libro de Buzzati: es recurrente, nos invade con puntualidad en cuanto nos ponemos a caminar por sus páginas. Ocurre también en una de sus obras más raras, El gran retrato (que acaba de publicar, como todas las demás mencionadas, la editorial Gadir) que en los primeros capítulos parece pretender resucitar el mecanismo del que vive El desierto de los Tártaros.

Al catedrático de Electrónica Ermanno Ismani se le requiere para que se desplace a un extraño lugar donde ha de realizar un trabajo importante. No se le dice más, sólo que hay un buen sueldo y todas las comodidades residenciales. Durante capítulos la duda acerca de la tarea que se le encomienda angustia al catedrático, que llegado al monte donde se emplaza el laboratorio se encuentra con una radiante felicidad y armonía que carece de lógica, como si el lugar hubiese escapado del mundo en guerra que lo rodea.Tardará en saber en qué consiste lo que allí se ha inventado: se trata de un autómata, un robot al que su inventor ha querido inyectar sensaciones humanas, transmitirle la configuración exacta de un cerebro humano, imponerle un alma. Es algo más que un robot, es Dios: algo que está en todas partes, que todo lo ve.

Su inventor cuenta a la esposa del catedrático Ismani de dónde procede ese alma que ha querido confiarle al autómata: de un amor fracasado, de una Laura muerta. Otra de las residentes en aquel complejo extraño, una tarde que se baña desnuda en el lago, presiente que alguien la mira: es el poderoso autómata invisible que está en todas las cosas, que se ha adueñado de todo y ha impuesto hasta entonces aquel clima de cordialidad y beneficencia que impera allí. Pero para adueñarse de sus dueños, el robot que fue inventado para devolver a Laura a la vida, para hacerla más grande e inmensa y poderosa, exigirá sacrificios.

Toda esta fábula la yergue Buzzati como si no se la creyera del todo, o quizá como el testigo que sabe que nadie va a creerle.Por eso lo que impera en el tono del libro es la suave perplejidad de quien se ve obligado a contarle a unos adultos un cuento infantil.

Montanelli da pruebas en su retrato de Buzzati de que eso era lo que mejor se le daba al escritor y al periodista: en cierta ocasión un incendio mató a unos niños, y se necesitaba de un poeta que cubriera la noticia. Buzzati fue enviado al lugar, y su perplejidad compuso una de las más vibrantes y poéticas piezas del periodismo italiano.