El país anda con un empacho de valeriana (o de Tranquimacin), que cuesta de reconocerle. Desde el 14 de marzo del 2004 el personal andaba de los nervios (unos más que otros) y en las últimas semanas hemos entrado en la calma total o casi. Los dos grandes arietes con que el PP golpeaba la fortaleza monclovita (el Estatut de Catalunya y el proceso de paz de Euskadi) han acabado por despuntarse justo cuando las encuestas anunciaban que el portón estaba por ceder. Así que se recupera el PSOE en los estudios del CIS, las ventas de cava en el barrio de Salamanca e incluso la racionalidad en los aledaños de San Mamés.

El último signo de sosiego ha sido ver a Josep Lluís Carod-Rovira en Siete vidas en funciones de profesor de Ciencias Políticas, examinando a Amparo Baró, que intentaba obtener una beca. Tras una primera broma propia de tiempos de placidez ( "a su exposición le ha faltado como... independencia"), la actriz se disculpaba aludiendo a los nervios. "Los nervios y las firmitas y que si se rompe España. Llevamos quinientos años dándonos de leches y se va a romper ahora". Después de semejante proclama, ni bajó la audiencia de la serie (los datos de Sofres revelan que no hubo boicot), ni ha habido pregunta parlamentaria de los populares por la inclusión de mensajes tranquilizadores en horas de máxima audiencia.

Cuando hasta el Papa Benedicto XVI se ha mostrado esperanzado por el proceso en curso en el País Vasco, quedan pocos argumentos para la histeria (la emisora de los obispos sigue a su bola a pesar de las opiniones de su superior jerárquico y por más que la templanza sea virtud teologal). El Estatut aprobado en el Congreso tampoco parece que haya producido una falla coincidiendo con el curso del Ebro. Es más, escuchando a Alfonso Guerra, presidente de la comisión Constitucional del Congreso, hablando en Barakaldo a las juventudes socialistas (hubiera sido más lógico que lo enviaran al mitin de las senectudes), donde dijo que se cepillaron el texto "como un carpintero", nadie más podrá decir que el Estatut rompe España. A lo sumo, lo que se ha roto es el Estatut.

Este sosiego, lejos de producir aburrimiento, serena el alma. Sólo faltaba que José Bono se fuera a casa envuelto en la bandera que hará las veces de sordina para que la calma fuera chicha (o casi). Porque siempre nos quedará Acebes, que ha dicho que poner a Rubalcaba en Interior era como poner la zorra a cuidar las gallinas. Cuando la oposición llama gallinas a quienes venía calificando de terroristas es que algo está cambiado en el paisaje, además del sosiego.