Se ignora todavía si vamos hacia la tercera república o si nos quedamos como estamos, pero hay indicios de que únicamente mirando hacia otro lado se pueden dar por inexistentes.

Indicios de que sí, de que caminamos hacia a ella. Indicios de que nos empujan en esa dirección. E indicios, también, que nos retienen, obligándonos a la reflexión, por si lo que nos apetece es iniciar ese camino, el de la reflexión, se entiende; aunque también pudiera ser el otro.
¿Puede ser un indicio de ello la edición de las 5.000 crónicas periodísticas de Josep Pla?

PUEDE. SÍ, PERO también puede que no lo sea. O que incluso lo sea en los dos sentidos. A unos les parecerá que con ella se empuja y a otros se les antojará que con ella se frena; es decir, que es más que probable que sólo se esté creando ambiente, suscitando opiniones, a favor y en contra, para al menos potenciar el hecho de que hablemos, libre que no libérrimamente, acerca de la necesidad de que nunca consideremos que todo está definitivamente escrito. Ni la Constitución, ni nada. No sería de poco agradecer.

Más aún, si, además de ser ese el ejercicio propuesto, su realización nos llevase al definitivo convencimiento de que, citando a otro republicano insigne, se hace camino al andar. Seríamos, entonces y de una vez, un pueblo o un conjunto de ellos escasamente dogmáticos y, también de una vez por todas, gente tranquila.
A lo mejor es únicamente eso. A lo mejor de lo único que se trata es de articular un proceso que nos devuelva la dignidad histórica perdida. Y eso no estaría nada mal, aunque a algunos pueda disgustarles. No estaría nada mal y se suele conseguir hablando, tranquila y sosegadamente, de los temas que siendo más diversos se nos antojen, incluso, más escabrosos y llenos de peligro. Hablemos pues, hablemos.

En una breve recensión que se hizo en la prensa de hace unos días, sobre esos 5.000 artículos, se puede leer el apunte hecho sobre uno de ellos en particular. Se refiere a un artículo, escrito a las pocas semanas de haber llegado Pla a Madrid como corresponsal de La Veu de Catalunya, en el que, el recensionista, nos evidencia una anotación que aquí también se recupera y se recuerda. En ella, quizá a modo de aviso, el controvertido Pla escribe, a las pocas semanas de llegar, y ver, y desencantarse de lo visto, que "hay que hacer una republica sin republicanos". Sabio consejo.

Hace unos años, ya unos cuantos años, se construyó una monarquía a partir de una realidad equivalente a la de la propuesta de Pla; es decir, se elaboró el cesto real sin mimbres monárquicos, sin corte y sin teóricos de la cosa, ausentes que estaban en sus castillos mentales de invierno, sobrepasados por el cambio histórico y las nuevas realidades sociales. El invento salió bien, incluso se diría que muy bien. Y en ésas son en las que estamos.

POR ESO QUIZÁ la pregunta clave que debemos formularnos, en esta hora de indicios y de verdades, sea la de qué clase de jefatura del Estado perseguimos, qué clase de poderes deberemos reconocerle y otorgarle, cuáles deberemos restringirle, a qué controles habrá que someterla y cuáles deberá ejercer y cuándo.

La cuestión no es baladí. En una realidad peninsular como la que alborea, el factor de cohesión es necesario y la pregunta insurgente se refiere a la capacidad de formular y desarrollar ese factor desde la dependencia partidaria en vez de asentarla desde el símbolo, como se ha venido haciendo. Item más, ¿un presidente de república con más poderes que los que tiene hoy el Monarca? Mejor dicho, el Rey; lo que viene siendo lo mismo, pero menos.

Tampoco es baladí tamaño asunto. Entre un presidente investido de tantos poderes como el de la República francesa y un rey dotado de los que disfruta el nuestro, por un sano ejercicio de cultura democrática, habrá que elegir a éste deseando permanecer tal como estamos. La historia es larga y los pasos cortos. Por eso las construcciones históricas mejor hacerlas sin devotos de las causas, sean éstas republicanas o monárquicas; los pasos, por cortos y siempre de corto alcance, al menos temporal, están sujetos siempre a tropezones.

Los experimentos también hay que hacerlos con champán, no siempre y de modo ineludible con gaseosa, pero necesariamente sin devotos, sin beatos o adictos a cualquier clase de bebida pues, llegado el caso, tan peligroso puede resultar un alcohólico como un hidrófilo, más si éste es de los que suelen ahogarse en un vaso de agua; sea esta bendita, monárquica o republicana.

Así que sigamos hablando, que en eso está la gracia.