Don Carlos, de Fabián Estapé en La Vanguardia
El inexorable paso del tiempo facilita, y a la vez dificulta, la visión del pasado; incluso del pasado próximo que tenemos al lado con sus recuerdos y, también, desafíos; recuerdos son las vivencias sin duda cercanas donde el pasado aparece convertido en presente; desafíos, cuando ya en las últimas decenas de la navegación vital tenemos que esforzarnos en separar el trigo de la paja. No crean mis amigos, y si lo aceptan también compañeros, la gavilla de historiadores que florecen en este país y en España gracias, todavía, a la sombra y bajo aquel acicate que fue Jaume Vicens Vives, que he olvidado la reticencia y desconfianza que el maestro común Pierre Vilar sentía hacia las biografías y, más aún, hacia las autobiografías. Señalaba Vilar la acción general y deformadora gracias a la cual los que examinan y los que temen serán examinados adoptan posturas defensivas, a veces lo bastante edulcoradas como para desdibujar el retrato; como decía también mi gran maestro don Luis García de Valdeavellano y Arcimis, muchas veces hay que actuar como predicaba una cierta filosofía alemana: als ob, actuando como si fuera posible la objetividad y la distancia brechtianas.
Perdonen tan extenso preámbulo pero las cosas, como recordaba Josep Pla, son como son. Y ahora, cuando mi particular desafío consiste en trasladar a estas páginas evocaciones casi semicentenarias de mi memoria de una gran figura histórica; una figura presente como pocas en la gloriosa conmemoración del 125.º aniversario de la aparición de un ágil periódico nacido del rapto genial de dos hermanos -Bartolomé y Carlos Godó- de la vecina Igualada. Me estoy refiriendo, como habrán visto, a don Carlos Godó Valls; un hombre y un caballero, pieza fundamental en la dinastía Godó que supo guiar la nave no sólo durante la fácil navegación a estima sino en los frecuentes cambios del viento y a veces con dificultades inauditas para conseguir descanso y vituallas. No quiero extenderme en los símiles marineros aun cuando ha sido característica de la dinastía Godó, sobre todo desde don Ramón, procurando exhibir su maestría y dominio también en el a veces hosco Mediterráneo.
Lo que he querido hacer hoy, abusando de una paciencia que doy por descontada, es trasladar unos recuerdos que constituyen una parte importante de mi memoria que no quiero perder. A la larga, y gracias a La Vanguardia, me he convertido en una mezcla de economista - hay muchos, no se preocupen- y de periodista, lo cual me llevó en tiempos de Salvador Alsius a ser, y sigo siendo, colegiado de honor del Col·legi de Periodistes de Barcelona; tal vez merece la pena recordar que fui nombrado con Forges, lo cual me ha permitido conservar también aquí el barniz del buen humor que en quien les habla observa Paul Preston. Y ahora déjenme bucear en los años que siguen a 1950. Algunos dirán, ¡vaya excursión a la prehistoria! Pero lo cierto es que en esos años disfruté del conocimiento convertido pronto en sólida amistad con Quito, Enrique Godó Muntañola, y su hermano mayor Carlos, Carlitos Godó Muntañola. De ambos guardo el mejor recuerdo. Gracias a esas extrañas consecuencias que derivan de la relación profesor-alumno se produjo su propósito reiterado de solicitar de su padre, don Carlos Godó Valls, conde de Godó, que diera en La Vanguardia una oportunidad al que suscribe, singularmente en la sección de Economía. Precisaré sobre el particular que el propósito no era fácil: se vivía antes del tardofranquismo en un régimen de control tan curioso que, después de proclamar la vigencia -aunque atenuada- del capitalismo, el propietario de los medios de producción no lo era a la hora de elegir el responsable del empleo de su capital.
Debo decir que en más de una ocasión dije a mis jóvenes amigos que dejaran en paz a su padre, ya que un servidor, a pesar de todo, había decidido entrar en la secta de los aspirantes a cátedra universitaria en un mundo en el cual "todo lo que no estuviera prohibido sería obligatorio". Pero la juventud pudo más , sobre todo la de Quito Godó, de ahí que me llegara un buen día -mayo de 1955- una convocatoria para trasladarme a Pelai 28 y conocer al director de La Vanguardia, Luis Galinsoga, que ya era célebre en mi Barcelona, pero que cuatro años más tarde lo fue mucho más. La entrevista, tan significativa, la he contado, con Mònica Terribas, en mis memorias De tots colors, que por decisión de don Javier Godó, cuando las citadas memorias alcanzaron el premio Gaziel, se incorporaron a la historia oficial de La Vanguardia. No puedo dejar de recordar que el señor Galinsoga, sin levantar la mirada ni superar la barrera de plástico que en forma de visera cubría su calvicie, ni tampoco ofrecerme asiento, masculló: "Usted entra aquí porque quiere el amo. No por mí". Y con este introito pasamos a lo que ya se sabe. Lo que nadie podrá olvidar es que el señor, digamos, era original en el ejercicio de su poder, pero a la vez un pésimo psicólogo. Algo quedó claro, mi pluma dependía de la voluntad del amo.
He de recordar ahora que conmigo, desde la escena anterior, don Carlos derramó toda su benevolencia sobre mí; no dejó de seguir los pasos del tan insistentemente recomendado por sus dos hijos; no habían pasado muchos meses desde que don Carlos me había citado a su despacho consumiendo su valioso tiempo con el principiante: "No se olvide, en caso de duda, de que el lector desea saber lo que pasa más que lo que le pasa a usted". Un tiempo después, ya en plena campaña del suplemento de economía con respecto al ingreso de España en el entonces soñado mercado común, don Carlos me dijo que había recibido muchas críticas de muchos suscriptores, algunos de los cuales, me dijo, eran compañeros suyos desde la Escuela de Ingenieros Industriales y que le escribían poniendo en guardia frente a los que eran mercado-comunistas. "Usted no haga caso", me dijo, "espero que explique el tema; muchos no dejarán de quejarse -que viene a ser su oficio-, pero el nuestro es el de informar".
No voy a entrar ahora en muchos detalles relativos a lo que suele llamarse la crisis Galinsoga. Sigo creyendo, dado que lo viví muy de cerca, que don Carlos nos dio una lección a todos, y quiero ahora recordar en este periódico la compañía que recibí de don Carlos y de aquel catedrático que fue de Derecho Administrativo Manuel Ballbé, del también empresario de Gaceta Ilustrada Antonio Julià de Capmany, y hasta cierto punto del que suscribe, a la sazón catedrático de Economía de la Universidad de Zaragoza. Yo sabía -me lo habían dicho tantas veces- que don Carlos era hombre lento en la toma de decisiones, se dice a veces incluso que esto es una característica de los miembros de la dinastía, pero quiero decir que el breve sanedrín más arriba indicado pasó más horas respondiendo a las certeras preguntas de don Carlos: en los días cruciales tuvimos que poner la directa porque don Carlos nos llevaba varias leguas de ventaja.
A la vez que hago un recuerdo de aquellos difíciles días, no hay que olvidar que lo que había comenzado como la campaña contra Galinsoga y, no me hagan hablar más, se volvió en una campaña contra La Vanguardia. Por pequeña que sea la anécdota, quiero evocar con gratitud el apoyo que don Carlos recibió del ministro de Hacienda, Mariano Navarro Rubio. En la visita obligada me vi convertido por unos instantes en delegado del Estado en la Zona Franca; se trataba de una de las sinecuras de Galinsoga, como recordó Juan Antonio Ortiz, secretario general del ministerio. Ningún mérito: fue fácil rechazar la oferta porque la decencia de don Carlos era contagiosa: habíamos ido al ministerio a dar las gracias, no a participar en el reparto del botín.
Quiero referirme ahora a un recuerdo que muchos tenemos a flor de piel. Me refiero a la defensa y protección que don Carlos hacía de aquellos a los que en la felicitación navideña llamaba la familia de La Vanguardia. Ocasiones tuvo y me referiré a una totalmente viva: el eminente periodista don Santiago Nadal, jefe de la sección de Internacional, fue detenido y encarcelado después de haber escrito un artículo magistral en el que con sus criterios humanitarios y civilizados condenaba el sentimiento general del proceso de Girona y también del fusilamiento en Argel de un ministro de Vichy que buscaba un nuevo acomodo. La noticia cayó sobre todos nosotros al tiempo que recuerdo como si fuera ahora la conversación de un pequeño grupo que se acercó a don Carlos buscando solicitar su apoyo; nos dijo que tenía que hacer muchas cosas, pero antes de despedirnos llamó al gerente de La Vanguardia, señor Sosa Méndez, y le dijo: "Sosa, los emolumentos de don Santiago Nadal como siempre y para siempre y en el día de hoy prefiero que vaya usted a llevarlos a la familia". Supe poco después que don Carlos inmediatamente contactó con Josep Pla y uno después de otro o ambos a la vez, que esto no lo sé, se trasladaron al castillo de Peralada, donde pudieron ver al gran amigo de don Carlos don Miguel Mateu, porque daba la afortunada casualidad de que aquel fin de semana el jefe del Estado había aceptado una invitación de su viejo amigo Mateu y pernoctaba en el castillo de Peralada. Afortunadamente, el gran terror y atropello cometido con Santiago Nadal pasaban a la historia, pero yo diría hoy que aquellos días tan tensos sirvieron para comprobar que era cierto lo que decía don Carlos: que La Vanguardia era como una familia.
Me corresponde ahora trazar un bello recuerdo de don Carlos en las Cortes españolas, adonde solía llegar con Luca de Tena, nombrados los dos por designación directa del jefe de Estado. Coincidí con don Carlos en octubre del 1969, cuando fui nombrado rector de la Universitat de Barcelona y, como los demás rectores de España, procurador inmediatamente, y es que la composición de aquellas Cortes, recuerden aquel tercio sindical, les daba a los rectores un papel que afortunadamente ya no tienen. Fue así como en varias legislaturas coincidí con don Carlos. Le encontré siempre, como en Barcelona, dispuesto a escuchar, siempre ejemplar en esta asignatura que me temo sea alternativa y que se llama urbanidad. He presenciado en el viejo bar de las Cortes el clima de sosiego que difundía don Carlos; uno que venía siendo ya antiguo amigo, que me decía: "Ya ve usted, Estapé, usted procurador", o sea, diputado, que se decía antes, "y esto le pasa por ser rector de la Universitat de Barcelona, y a mí por llamarme Carlos Godó". Sin ánimo de extenderme inútilmente, guardo el recuerdo de una escena imborrable del también procurador y catedrático muy azul Jesús Pueyo, que se dirigía a todos los asistentes en el bar de las Cortes y a grandes voces nos preguntaba uno a uno: "¿Sabéis por qué Franco no me ha nombrado ministro de Educación?". Razones sabíamos varias, pero no era fácil detener al energúmeno, y lo logró don Carlos respondiendo a la pregunta solicitada con tanta ira, y la respuesta obtenida fue: "Porque es mucho más inteligente que yo". Es de las veces que he presenciado mayor unanimidad.
No siempre la dirección de la empresa, la responsabilidad de asegurar el futuro de La Vanguardia, fue fácil y llevadera. He de recordar ahora la crisis, si se quiere menor, que produjo el relevo de don Manuel Aznar Zubigaray y la provisión indispensable de la plaza de director. Don Carlos tuvo que lidiar la cuestión con el entonces ministro de Información y Turismo Manuel Fraga Iribarne. El ministro en ningún momento aceptó la lógica de que el responsable financieroeconómico de la empresa que además arrastraba dignamente la historia del periódico de referencia desde 1881 podía elegir al responsable de la dirección. Repito que no fue ésta la tesis del ministro, que, finalmente, impuso la suya. En el transcurso de las negociaciones, don Carlos tuvo a bien convocar exactamente en su domicilio particular a las personas que creía más interesadas para saber lo que ocurría y entender lo que iba a suceder; fue allí donde expuso los nombres de los redactores de la casa e intelectuales del país en un juego que fue inútil para convencer al ministro. De aquella sesión tan emotiva recuerdo como en la larga lista de nombres ofrecida al ministro don Carlos tuvo a bien incluir el mío. Espero que todo el mundo comprenda que aunque aquello fuera una finta no ha dejado de constituir un cierto título de gloria.
Hoy quiero recordar, creo que es mi deber, que en la conversación final el ministro Fraga Iribarne, a solas con don Carlos, apeló a su único argumento -el del poder- diciéndole: "Godó, vienen tiempos difíciles, muy difíciles, y temo por sus coronarias". De todos modos, por azares de la providencia, la jugada le salió al ministro al revés.
Ya en los días que siguieron a 1975, se inició en La Vanguardia, y es característico señalarlo, el lento proceso de transmisión de poderes, ilusiones y responsabilidades. En estos años, desde un cierto punto de vista, también tuve la suerte de comprobar esta mezcla sorprendente de morosidad y de acción rápida que, según todos los conocedores de ayer y de hoy, es una mezcla de la estirpe de los Godó, que los ignorantes, los envidiosos y las personas de corto alcance nos hablan -lo han hecho conmigo a lo largo de medio siglo- definiendo a los rectores de esta empresa, por razones que no se detallan, como "tan precipitados como vacilantes".
Quisiera agregar después de tan larga exposición, y quisiera disentir con la máxima energía. Recuerdo ahora y lo comentaba don Carlos, y lo sabe don Javier, sin revelar el menor secreto, que en un momento determinado previo a la llamada transición, personas muy amigas de don Carlos quisieron jugar en el periódico lo que se denominó -a falta de espacio- la carta alfonsina, espero que todo el mundo me comprenda, no hicieron falta ni asesores ni consultas al palomo que suele hacer las veces de arúspice, se dijo, sin alzar la voz, que en semejante tema La Vanguardia había trazado su camino. Algunos creen que La Vanguardia no tenía otra opción, ustedes dispensen, porque yo sé que la tenían y me dicen que en el apogeo de su prestigio son los reyes de España quienes vienen a solemnizar el 125.º aniversario de la fundación de este periódico.
Y quiero terminar diciendo que en mi larga amistad con don Carlos Godó Valls puedo comprobar que con los Godó hay la gran ventaja de que, si la ocasión lo merece, puedes elogiarles porque saben distinguir el elogio de la adulación.
