Vamos a cambiar cromos a propósito del 75.º aniversario del 14 de abril de 1931. Es la ley del péndulo de los distribuidores de relatos oficiales. A la criminalización que la historiografía oficial franquista hizo de la II República española le sucede ahora una exaltación nostálgica de aquel régimen por parte de la intelectualidad progresista oficial en conexión con la ideología del Gobierno Zapatero y, en Catalunya, con el Govern tripartito, sección poscomunista-verde especializada en la recuperación de la memoria histórica. La existencia en Madrid de una historiografía revisionista (que reedita argumentos de autores franquistas) que se mueve en los círculos intelectuales del PP contribuye, por contraste, a dar como buenas todas las tesis de los historiadores gubernamentales. Al final, nos quedan dos cromos para escoger: la II República como paraíso democrático en el que debemos inspirarnos o la II República como infierno caótico que justificó el alzamiento de Franco.

¿Qué debo hacer si no quiero comprar ninguna de estas dos versiones tramposas? Tal como se está instrumentalizando hoy la historia en España, no puedo afirmar que la II República fue un régimen plagado de errores y actuaciones frívolas y, a la vez, suscribir que la responsabilidad de la Guerra Civil recae en unos militares que traicionan el poder legalmente constituido. Al decir ambas cosas a la vez me pongo en el punto de mira de unos y otros. En Madrid, esta fractura es clarísima e irreconciliable. En Catalunya, la hegemonía del discurso oficial progre campa a sus anchas y así vemos como la Conselleria de Relacions Institucionals de Joan Saura se está montando un Memorial Democràtic a la medida exacta de los tópicos defendidos por su partido. El Govern ya ha aprobado este proyecto de ley (con el apoyo inexplicable de ERC), así que ahora le toca a la oposición reconducir la iniciativa hacia la pluralidad.

Una izquierda catalana hundida en su compromiso gubernamental, sin impulso y sin liderazgos dignos de este nombre, debe buscar refugio en lo que pueda. Mirando a Madrid, siempre le queda el PP de Acebes y Zaplana, contra el cual todo demócrata decente debe estar. En Catalunya, lo tiene más complicado. Así que la historia oficial bien le puede servir para reforzar el discurso y ocultar lo que no funciona. Un ideólogo del Memorial Democràtic sitúa "la identidad ética de nuestra democracia" en la II República. ¿Cómo podemos tragarnos este camelo cuando tenemos en el retrovisor espantos como el del 6 d´Octubre en Catalunya y cuando la izquierda participó en el pacto de la transición, incluidos los amigos de Ceaucescu? Una escritora española escribe que la II República "se perfila en la nitidez que da la distancia como un ejemplo moral". ¡Bravo! ¿Ética, moral? El cromo se va repintando de grandes palabras. Y, si te descuidas, te venden la estampita del abuelo republicano de Zapatero o la del padre falangista de Bono.

A los que somos filosóficamente republicanos (sin nostalgia) no creo que nos sirva de mucho el recuerdo de la II República, salvo para comprobar que algunas estupideces se repiten. Gaziel, el gran periodista que fue director de La Vanguardia, explicó, mejor que muchos historiadores de ahora, las causas profundas del fracaso de aquel régimen, en un artículo de 1933 titulado proféticamente "Esto acabará mal": "Para las derechas, la República es demasiado revolucionaria. Para las izquierdas, es excesivamente conservadora". Suerte que una multinacional sueca tiene estos días el detalle de emitir un anuncio que nos da la bienvenida "a la república independiente de tu casa". En ésta puedo quemar los cromos.