Llegué a la frontera con México muy temprano, el día de Viernes Santo. Aparqué el vehículo y me dirigí a pie hacia Tijuana. Justo en la línea divisoria se levanta una verja que separa el corredor usado por la Border Patrol, la guardia fronteriza estadounidense, para sus patrullas a lo largo del muro fortificado entre los dos países. Fue inevitable no rememorar mi experiencia en junio de 1985 cuando crucé del Berlín occidental al oriental, sólo que esta vez la barrera la ponen desde el sector rico. No es un muro político y militar sino económico. No existe tampoco el ‘glamour’ de la guerra fría y ni el trasfondo mítico de las novelas de espías.

Luego ocurrió algo que hubiera sido imposible en el Berlín de 1985. Los ‘vopos’ de la RDA nunca te hubieran invitado espontáneamente a recorrer la frontera, a mostrarte sus dispositivos de disparo automático o sus torretas de observación. Ni mucho menos hubieran aceptado hablar con la prensa. Pero aquí, en esta tranquila y nubosa mañana de Viernes Santo, el agente de la Border Patrol debía sentirse aburrido. Estaba parado al volante de su todoterreno, con el motor en marcha. Le hice una indicación desde el otro lado de la verja. Comprendió que quería preguntarle algo, avanzó el vehículo y abrió la ventana. Tras un recelo inicial, comenzamos a hablar y le dije que era periodista español. Cuando se percató de mis intenciones, me instó a que fuera a las oficinas regionales de la Border Patrol, en la localidad de Chula Vista, para contactar con los portavoces oficiales. Pero la conversación siguió progresando con mucha cordialidad. Al cabo de unos minutos el agente bajó del vehículo, me abrió la verja y me invitó a subir al vehículo para un tour especial de una de las fronteras más vigiladas del mundo, símbolo del desfase norte-sur.

Durante más de una hora, el agente de la ‘migra’ –así la llaman los mexicanos- me contó parte de su vida mientras recorríamos, en trayecto de ida y vuelta, por caminos de tierra, con abruptos desniveles, las cinco millas de frontera hasta el océano Pacífico. Resultó que este hombre, tras 26 años de servicio, se va a retirar en agosto. Con esa facilidad tan norteamericana para encarar la vida con optimismo y reinventarse a cualquier edad, piensa dedicarse a partir de ahora a la asesoría tributaria, a la compraventa inmobiliaria y a montar una empresa de un peculiar turismo de aventura: ofrecerá tours por la frontera a quienes estén interesados en conocer la problemática y quieran experimentar nuevas emociones. Este corresponsal le sirvió de inesperado conejillo de indias para ensayar su nuevo trabajo.

El muro está dividido en secciones de varios metros cada una, numeradas según un código de cuatro dígitos. Eso permite a los agentes comunicar de inmediato su ubicación exacta a la central para que envíe refuerzos. En esta zona se usan como muralla unos viejos paneles de acero, del tiempo de la II Guerra Mundial, que se fabricaron para construir pistas de aterrizaje provisionales. Las órdenes no permiten a la Border Patrol disparar contra los indocumentados que son pillados intentando franquear la frontera, salvo en caso de que la vida del agente esté amenazada. A veces se producen momentos de tensión y los inmigrantes esgrimen un cuchillo, pero suelen rendirse cuando son apuntados con un arma de fuego. La verdadera actividad empieza al llegar la oscuridad, pero la alerta es ininterrumpida. El agente me muestra segmentos de cemento con los que llenaron los huecos de varios túneles descubiertos en los últimos meses. Las mafias del contrabando de personas y droga buscan siempre vías nuevas de penetración. Si la superficie se complica, recurren al subsuelo.

En un momento del recorrido, justo frente a la plaza de toros de Tijuana, la valla se hace mucho más baja y menos aparatosa. Se trata de una zona diseñada por los políticos para mostrar la buena vecindad entre mexicanos y estadounidenses, idónea para hacerse una foto, pero engañosa. El muro se interna luego en el océano durante unos metros.

La rutina lleva al agente a fijarse en detalles muy al margen del problema migratorio. Se emociona, por ejemplo, al explicarme la belleza natural de algunos parajes, mientras un halcón vuela bajo y en paralelo al todoterreno. Cansado de la hipocresía y el doble lenguaje de los políticos, el funcionario reconoce que el flujo de indocumentados es imparable, pese a todos los esfuerzos, y que lo máximo a que puede aspirarse es a controlarlo. Él mismo reconoce que, si hubiera nacido al otro lado, sería el primero en intentar pasar a EE.UU.

Al devolverme el agente al punto original de nuestro encuentro, un grupo de ‘sin papeles’ que habían sido detenidos la noche anterior bajaba de un minibús y recuperaba la libertad, tras tomarles las huellas dactilares de los diez dedos. Un policía mexicano leía la lista de nombres en la verja y los readmitía a México. Probablemente volverían a intentarlo al día siguiente.

En Tijuana, mientras, la catedral estaba abarrotada de fieles en espera del inicio de la misa, y de otras personas que se cobijaban en el templo ante el aguacero que estaba cayendo. Los vendedores ambulantes seguían voceando en la calle sus productos y servicios. Un hombre llevaba una jaula con pajaritos. Otro se presentaba como ‘sobador’ con un letrero en el pecho y prometía los mejores masajes antiestrés. El paso fronterizo hacia el norte estaba bastante tranquilo. Llevar un pasaporte europeo es un privilegio.Está claro que la marea humana continuará. Un día, en un autobús en Washington, un inmigrante centroamericano hizo un comentario magistral que encierra toda una filosofía del inmigrante: ‘Aquí se vive mal pero se sufre bien’.