Quince días atrás, aprovechando un sábado primaveral, regresé a una ciudad histórica, de cuyo nombre prescindiré por ser irrelevante para el fondo de este artículo. Podría ser cualquiera de estas viejas ciudades que definen Europa y que más de un lector habrá visitado estos días, aprovechando las minúsculas, aunque sabrosas, vacaciones de Semana Santa. Ciudades de vida amable y provinciana, a las que el tiempo ha regalado un formidable patrimonio arquitectónico. Podría ser Girona, con la enorme mole plateada de la catedral emergiendo del laberinto de oscuras callejuelas y con su delicado y verdoso tapiz de la creación que por sí solo justifica una visita. Podría ser Cuenca, con sus casas colgando sobre el estrecho desfiladero y aquel fenomenal claustro renacentista convertido en café para turistas de alma delicada. Podría ser la ensimismada Urbino, dominada por el imponente palacio del duque Federico Da Montefeltro, cuya extraordinaria nariz retrató el clarividente Piero Della Francesca. O la almibarada Carcasona, cuyas murallas podría haber dibujado Walt Disney. Y, naturalmente, la idolatrada Venecia, con sus cúpulas, sus calles de verde agua, sus asombrosas fachadas, sus decadentes palacios y la prodigiosa plaza de San Marcos cuya belleza se fundamenta en la repetición ordenada de unos pocos elementos.
Las gentes erraban por el centro histórico, admirando las fachadas antiguas, curioseando en los patios y comprando en las pequeñas tiendas de moda, souvenirs o artesanía. En las calles, el humo de los motores se confundía con el aroma a café y con las frituras de los bares. En las terrazas se agrupaban las familias y remoloneaban las parejas y las palomas. Los primeros turistas en calzón corto mostraban sus blancas pantorrillas. También los ombligos que mostraban las muchachas en flor eran blancos. Jóvenes con tejanos despendolados. Rubias al borde de la edad invisible. Abuelos fotografiándose en grupo. Niños exigiendo pleitesía. Y mamás desbordadas junto a papás que perdían los ojos en los ombligos de las muchachas en flor.
Sin darme cuenta, deambulando sin rumbo, me alejé del bullicio y, de repente, me encontré en la parte menos visitada de la ciudad vieja, en una calle sin tiendas y casi sin ventanas, dominada por severas paredes de piedra. Me sorprendió haberme perdido porque he visitado otras veces esta ciudad. Existen dos tipologías básicas de turistas. Los que emprenden en cada viaje nuevos itinerarios y los que, sin darse cuenta, acaban repitiendo siempre el mismo. Los primeros son extravertidos conquistadores y confunden cantidad con calidad: dan por supuesto que es posible conocer el planeta entero y coleccionar amores en cada puerto. Los otros somos sentimentales: no deseamos poseer una colección de postales, sino amar los paisajes y ciudades a las que nos ha conducido el azar o la necesidad. Por eso regresamos: no existe amor sin reconocimiento; ni afecto sin repetición.
No me importó haberme perdido. En una pequeña plaza, bajo unos árboles que rebrotaban, cantaba una fuente de piedra. Unos jóvenes con traje negro y camisa blanca, con el pelo ensortijado emergiendo de un sombrero negro, charlaban alegremente frente a una escuela rabínica. Nadie más circulaba por el entorno. El silencio me conquistó. No quise regresar sobre mis pasos. Seguí caminando sin rumbo. Si en la ciudad turística, los edificios de piedra impresionaban por su espléndida belleza decorativa, aquí no sugerían más que decadencia. La zona parecía deshabitada. Tuve la triste impresión de ser el último visitante de una ciudad olvidada.
Llegué finalmente a una iglesia que no constaba en el plano turístico. Al entrar, me asaltó una oscuridad mohosa y glacial. Arrodillada frente a un altar apenas iluminado, una anciana rezaba las oraciones, musitando, sibilante. Así rezaba mi abuela, recordé. Mientras observaba los barrocos altares polvorientos, las oscurecidas pinturas murales y las manchas de humedad en las paredes, recordé las iglesias de mi infancia, repletas de fieles, perfumadas de cera e incienso, presididas por curas de voz imponente. Y evoqué los monumentales y olorosos altares, repletos de cirios y flores blancas, que se preparaban durante los días previos a la semana santa. De repente, me apenó el desastroso estado de aquella iglesia. Abandonada ahora después de largos siglos de pompa, devoción, liturgia, prédicas y rezos. No era nostalgia, lo que sentía, sino un vértigo que me asalta cuando percibo la desbocada velocidad de los cambios de nuestro tiempo. La anciana que rezaba se marchó. En soledad, admiré los retablos oscurecidos, las tumbas de piedra, los múltiples detalles ornamentales, los diversos estilos arquitectónicos. En soledad, buscando, bajo la lóbrega bóveda de aquel templo, algo que no sabría precisar, algún signo, algún sentido. Restaurarán seguramente esta iglesia, ahora vacía, pensé; y los turistas se acercarán a su tesoro artístico como se acercan a las tumbas egipcias y a las ruinas griegas. Al salir era ya casi de noche. Recordé un pensamiento de Jorge Luis Borges: "Sólo aquello que se ha ido es lo que nos pertenece". Me pregunté: ¿Nos pertenecen las abandonadas iglesias de nuestros antepasados, aunque nos falte su sentido? Y atravesando, también del brazo de Borges, la oscuridad de aquel viejo barrio abandonado, percibí una vez más que nuestro tiempo es rico en perplejidades, pobre en certezas.

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