SE CELEBRÓ un nuevo aniversario del 14 de abril, fecha en que un grupo de osados proclamó la República tras ganar en las grandes ciudades unas elecciones municipales. Claro que la Monarquía era casi un fantasma, una legalidad sin legitimidad de ejercicio, aunque ni Berenguer ni el almirante Aznar eran republicanos como ZP. Y buena parte de la gente estaba tan harta de Alfonso XIII que suspiró con alivio cuando el Rey se embarcó en Cartagena hacia un bien merecido exilio. Pero la República nació de matute y creció torcida desde el sectarismo de sus inicios hasta el desastre final. Todo esto ya debería ser parte de la historia, de una etapa lamentable del pasado de España, que si no se debe olvidar para evitar repetir los errores, no debería ya mover más pasiones que el desastroso reinado de Isabel II o las peripecias de Castelar gobernando por decreto. Pero, desgraciadamente, no es así. La situación política se ha degradado tanto en estos dos años que otra vez puede pasar de todo, y un cambio de régimen por muerte fulminante del actual y dirigido hacia la aventura es una hipótesis posible.

Como republicano, no voy a defender a los Borbones, pero si afirmaba Azaña que el museo del Prado valía más que la Monarquía y la República juntas, ¿qué habría que decir del bienestar moral y material de España y los españoles? La República del futuro sólo debería venir si resulta una forma de gobierno mejor que la actual, cosa que no parece posible dado sus impulsores conocidos. Pero si la Monarquía cayera, es preciso definir muy bien qué República querríamos. La República, como sistema democrático del pueblo y para el pueblo, como decían los ejemplares fundadores de EE.??UU., no puede ser secuestrada por la sectaria izquierda española y sus cómplices históricos nacionalistas. Debe ser un régimen integrador, de libertades, de respeto a los derechos humanos y disciplina moral y social. Todo lo contrario de lo que ZP, el tripartito y el PNV significan.