El debate no es nuevo. Surge cada Semana Santa, y a lo mejor ni siquiera debiera ser ya debate. Pasos, costaleros, penitentes... Desde Aragón y Catalunya hasta Andalucía, en toda España quedan muestras de una vistosa y muy antigua religiosidad católica que o procede directamente de la edad media o de la contrarreforma, con sus tallas barrocas y sensuales. ¿Es ésta la vivencia religiosa de hoy? Por muy marcha atrás que la Iglesia vaya, seguro que no. Máximo respeto, desde luego, para quienes --minoritarios-- siguen esa religiosidad. La mayoría turística va a mirar y a asombrarse más que a comulgar en la mortificación.

Las playas de Tarragona, Benidorm y Canarias están llenas, si el tiempo acompaña, por no hablar de los que viajan al Caribe. Pero igual se alquila una masía tranquila o se recorre un valle pirenaico, o llanamente estás en casa leyendo o cultivando la amistad. Es el ocio, claro. Lo contrario del negocio, pero no de la religiosidad. El hombre moderno, si es creyente (en la religión que fuere) tiende a vivir hacia dentro, en intimidad, el fenómeno religioso. Y que descrea de las procesiones o de esas imágenes de esqueletos que recorren las calles de otras localidades no significa que carezca de espíritu. Incluso el playero más del montón puede hallar en su ocio la religión que el mundo contemporáneo pide.

Necesitamos paz, tranquilidad, cultura, meditación, sosiego, reencuentro con nosotros mismos. Y eso es la religiosidad de ahora. Lo demás --esplendoroso como en Sevilla-- es sólo pasado que se perpetúa. Cada cosa en su sitio.