Con su agilidad de análisis habitual, Ezio Mauro acertaba al empezar su interpretación de los resultados electorales de Italia en el diario La Repubblica con esa pregunta que nos hacemos, aturdidos, para poner calma después de un accidente: "A ver, ¿qué ha pasado?" Los observadores se arrojan sobre la inexactitud de las encuestas para recordarnos que nos andemos con cuidado al considerar lo que la gente proclama acerca de su voto secreto, incluso cuando acaba de ejercerlo. Una especie de superioridad moral ha entumecido la atmósfera y ha segado la capacidad de análisis. Una mezcla de orgullo y prejuicio que ya ha dado disgustos y nos los va a dar, más cerca y más frecuentemente, si seguimos ignorando, precisamente, "lo que ha pasado". Una actitud de incomprensible superioridad cívica que ha considerado obvio que votar a Silvio Berlusconi era optar por el oprobio, la obscenidad, la escasez moral y la conciencia mellada. Y que se ha quedado enmudecida cuando ha contemplado la afluencia a las urnas de quienes, sin manifestarlo, cómplices pasivos de un escenario de simulación, han votado a La Casa de las Libertades.
Hace más de 10 años, nos tomamos con resignación el surgimiento de un movimiento político que saltaba a la yugular de la Primera República con el pintoresco reclamo de un alirón futbolístico. Cuando, en 1996, Forza Italia perdía el Gobierno, creímos volver a algo parecido a la normalidad, un puente institucional sobre las aguas turbulentas de aquel régimen compartido por los democristianos post-Aldo Moro y los peculiares socialistas de Bettino Craxi. Incluso quisimos ver, en el regreso de Berlusconi en el 2001, el resultado de la insoportable levedad del ser de las izquierdas, agrupadas en esa lucha final entre comunistas y excomunistas que nos vaticinaba Manolo Vázquez Montalbán como futuro político de nuestra vejez sentimental. Era un voto de cansancio, una tarjeta amarilla que nos habíamos ganado frente a un adversario muy inferior en dispositivos tácticos y en musculatura ideológica. No quisimos aceptar que la desconfianza entre amplios sectores populares de Italia y el centroizquierda no era un gesto, sino un hecho. No era una anomalía, sino una cultura en ciernes. Que, más allá de los enfrentamientos internos, existía una fractura de largo aliento entre buena parte de los italianos y todo aquello que representaba lo victorioso en 1996 y derrotado en las elecciones del año 2001.
PORQUE TAL VEZ sea esto lo que verdaderamente ha ocurrido. La formación de una derecha populista cuyas vacilaciones iniciales han ido agotándose, para ir sedimentando un proceso constituyente en el que se expresa una base social con enlaces representativos consolidados. Un sector amplio de la sociedad que ha optado por una firmeza ideológica populista y conservadora, dignificada con el apelativo de liberal. Una derecha que ha encontrado su referencia orgánica en amplias capas sociales dispuestas a aceptar incluso una gestión económica poco afortunada. Nueve millones de italianos han votado por Berlusconi directamente, además de los nueve millones más que han votado a las otras fuerzas de la coalición encabezada por un dirigente de cuya imagen ha prendido siempre una temprana y tranquilizadora fecha de caducidad, y ahora parece cerrar por la derecha la provisionalidad permanente que siguió a la crisis de la Primera República.
El voto de la protesta ha sido el del centroizquierda, un voto dotado de esa asunción de energía moral que creíamos compartida por una parte tan inmensa de la ciudadanía. Pero, lograda la expulsión de Berlusconi mediante la exhaustiva alianza de 11 partidos representados en el Parlamento, desde los democristianos clásicos a los comunistas radicales de Fausto Bertinotti, podemos preguntarnos sobre algo que tiene que ver menos con la duración de la nueva mayoría, con la famosa gobernabilidad, que con la calidad de la democracia tras el 10 de abril. La emergencia de la "indignada sociedad civil", el levantamiento del "buen pueblo" contra la partitocracia ha pasado a convertirse, paradójicamente, en el banderín de enganche de un proyecto político, es decir, de partido. Es ya una oferta cultural que habla muy claro sobre su voluntad de cambiar los consensos sociales del siglo XX y establecer nuevos ámbitos de convivencia, convirtiendo esta sociedad que diezma derechos y destituye tutelas en una forma de vida. Y obtiene una base de apoyo desconcertante a los ojos de una izquierda que ha oxidado su sistema inmunitario creyendo que nunca se la retaría en el campo del honor de los valores ideológicos.
ESTE PROCESO constituyente de la derecha sólo encuentra a una izquierda en cautiverio institucional y en desarme de ideas. Una izquierda cuyo mayor esfuerzo ha sido limitar su identidad, por creer que le bastaba el desprestigio de sus adversarios. No ha sido, empero, más que una forma de demostrar que el centroizquierda sólo disponía, cinco años después de ser gobernados los italianos por la derecha, de una actitud plebiscitaria, de un voto de protesta que agrupara a quienes se diferenciaban en casi todo menos en echar a Berlusconi. Ahora, deberán tomar nota y hacer lo más difícil. Empuñando el fondo ideológico de esa nueva movilización, iniciar un proceso constituyente de la izquierda, que exprese una base social orgánica, trenzada culturalmente como una opción positiva. Frente a una derecha que la tiene y nos lo acaba de demostrar.
FERRAN Gallego. Profesor de Historia Contemporánea de la Universitat Autònoma de Barcelona.

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