Lo más patético ahora será escuchar a los analistas explicándonos en qué nos hemos equivocado para que tanta gente sea partidaria de que les gobierne un delincuente. La derrota entre comillas de Berlusconi es, entre otras cosas, la prueba del nueve de un cambio fundamental en el mundo de las ideas y de la cultura; antaño la crítica más generalizada a la intelectualidad consistía en hacerla responsable de una separación de la gente, de un desprecio del común. Eso ha cambiado, y hoy se produce una inversión. Es la gente, el común, los que tienen a gala el desprecio omnímodo a la intelectualidad. Una inteligencia que no sirve para ganar dinero, ¿para qué carajo la quiero? La autoestima es el cáncer de las sociedades establecidas; la gente, el común, tienen tan alto concepto de sí mismos que a la hora de valorar un político se toman a sí mismos como modelos. O es como nosotros, o es diferente. Y si es diferente, no es como nosotros y no es capaz de entendernos en nuestra sublime mediocridad. La vida hay que enfocarla como un canal de televisión; o tienes audiencia y puedes colocar anuncios, o te conformas con ver puestas de sol y países exóticos. Las cosas de un tiempo a esta parte se han simplificado mucho. A esto lo llaman hacerse adultos y tener a gala defender sus intereses.
Vencer por una décima tiene algo de Asunción y de Cuaresma en nuestra condición de gilipollas. Este combate ha terminado y nadie querrá hacerse cargo de los destrozos en el mobiliario mental de nuestros recursos. Esa sofisticada inteligencia italiana de los Umberto Eco, Vattimo, Moretti, Fo, Magris y tutti quanti,habrá de sufrir el desdeñoso lapidamiento verbal de los talentos mediáticos. Y oiremos perplejos que, en el fondo, Berlusconi significa el liberalismo y que las urnas retratan siempre la verdad social. Cuando lo que sale es una radiografía de la sociedad que unas veces puede siluetear cuerpos sanos y otras podridos.
¿La cultura frente a Berlusconi?
Pues la cultura no ha salido muy airosa. Y muchos añadirán, ¡que se joda, por elitista! No pasa nada que el futuro no corrija; aguantar y esperar tiempos mejores, confiando que el cuerpo aguante para contemplar más crepúsculos y no quebrar antes de la aurora. No nos engañemos, la paciencia nunca fue revolucionaria, ni transformadora, ni nada, fuera de un antídoto contra los males del presente.
Viajar es la forma más moderna de ejercitar la paciencia, lo saben desde los intelectuales hasta los jubilados del Inserso.
Nuoro, por ejemplo. Yo fui a Nuoro siguiendo la huella de Grazia Deledda, una escritora tan poco frecuentada en España como para que en los archivos digitalizados de un diario secular como es La Vanguardia sólo aparezca con ocasión de una charlita que la novelista italiana Dacia Mairani dio hace tres años en Gerona. Grazia Deledda no sólo fue una narradora excepcional y de éxito sino que alcanzó el Premio Nobel de Literatura en 1926. Nuoro es el símbolo del interior de la isla de Cerdeña, capital de la región denominada Barbagia, nada que ver con la Costa Esmeralda donde por cierto tiene residencia el inefable Silvio Berlusconi, y tratándose de un exhibicionista no podía ser una mansión sin más; la suya incluye aparcadero de submarinos. Nada que ver tampoco con el resto de la Cerdeña que mira al mar. Nuoro mira al monte Ortobene y es hoy una ciudad de poco más de treinta mil habitantes, con un encanto especial de fría quietud, de gente tranquila de hablar quedo que antaño tuvo fama de agreste y belicosa. Aquí, aseguran, que la influencia catalana, tan notable en toda la isla, apenas si se nota, no digamos ya la castellana, pisana o genovesa. Queda, eso sí, en el folklore sardo en general y más aún en esta zona, la barretina. Nunca he contemplado una colección de barretinas tan variada como en el Museo Etnográfico, conocido en Nuoro popularmente como el Museo de la Indumentaria.
En Nuoro nació Grazia Deledda y prácticamente toda su obra, salvo su última novela romana Annalena Bilsini,está dedicada al mundo sardo con especial delectación hacia los entornos de Nuoro. De Grazia Deledda existe en castellano un volumen precioso con sus obras más notables, que sospecho sólo pueda conseguirse en librerías de viejo, porque se publicó en 1955 (Aguilar) traducida con mucho cariño por José Miguel Velloso, quien probablemente nunca visitó Nuoro - por allí no se pasa, para ir a Nuoro hay que proponérselo- porque el único reproche que le hace a la escritora isleña es su nulo interés por el mar. De haber viajado a Nuoro lo hubiera entendido; ¡queda tan lejos el Mediterráneo! Su mundo es el de la Cerdeña interior, el del campo. En un libro primerizo y hermoso de Elio Vittorini, aquel eficaz prosista de Conversación en Sicilia,cuenta un viaje por la isla en el verano de 1931, al que puso un título hermoso - Cerdeña como una infancia,recientemente publicado en España (Minúscula). Allí hace una descripción impresionante del mercado de Nuoro, a donde vienen los campesinos para ofrecer sus productos; los hombres con "chaquetones sin mangas, de piel de cabra", las mujeres "de rojo y negro", y las viejas ofreciendo un puñado de tomates "que acaso no lleguen al kilo" sobre una silla. Retrato brillante de la implacable pobreza que asoló esta tierra.
Fui a Nuoro para ver la ciudad y la casa en que vivió Grazia Deledda hasta los 28 años, que salió por primera vez hacia Cagliari, la ciudad abierta al mar y al mundo, donde conoció a un funcionario, con el que casó y marchó a vivir a Roma, hasta su muerte en 1936. La casa-museo de la escritora está en restauración, dicen, pero sólo hace falta acercarse a verla para entender que si no puede visitarse no es porque esté en restauración sino porque está en desahucio y amenazando ruina. Pero hay algo en ella, en el ambiente del barrio antiguo donde está enclavada que es inconfundible y atractivo como la piedra volcánica, el basalto que da base al paisaje y a la viviendas viejas y que impregna todo de una especie de aroma telúrico, anterior al ciudadano y a la modernidad, algo racial, fuerte y rico, brutal en su sobria belleza. Lo más parecido a una escenografía para ese fresco social que es su novela más famosa Cañas al viento,un drama rural donde están las huellas del verismo que la literatura italiana extrajo del gran Verga y mucho del espíritu de Dostoievski, de la obsesión cristiana de la cuaresma, del gozo en el sufrimiento.
Como una sarcástica ironía, el mejor restaurante de Nuoro se llama Cañas al viento,y en verdad que si hay algo de placer gastronómico o de cualquier otro tipo en esa novela, se me pasó desapercibido en esa historia ácida, de odios y sangres, salvada del melodrama vulgar por un estilo escueto, sensible al detalle y cariñoso, diría, hacia todos sin excluir al criminal ni al ladrón ni al vengativo. Quizá los escritores con el tiempo sólo sirvan para ponerle nombre a las cosas que se promocionan; los restaurantes, las rutas turísticas, los iconos urbanos, y eso explique que las Cañas al viento en forma de restaurante sea notable y la memoria de la escritora en forma de libros, tan languideciente y ruinosa como su deteriorada casa. Lo dice uno de sus personajes, el dostoievskiano criado Efix, resumiendo la sabiduría campesina de una tradición derrotada: "Somos como cañas al viento... Nosotros las cañas y la suerte el viento".
Entre lo mucho que llama la atención y que hace de Grazia Deledda algo insólito para nosotros, en nuestra tradición novelesca, es el papel explícito de la pasión y del sexo. Nuestros escritores, tan pudibundos ellos, desde Galdós y Valera, y no digamos los ruralistas Pereda y Palacio Valdés, tan buenos por fuera y tan retorcidos por dentro; no digamos doña Emilia Pardo Bazán, la gran dama de la altanería diurna y del desenfreno nocturno - las frases que le dedicaba a su oculto amante Don Benito Pérez Galdós sólo son comparables a las pocholadas de Gimferrer-. Toda nuestra novela realista canónica, hasta llegar a Valle Inclán, el Inmenso, es de una hipocresía absoluta que lastra, y de qué modo, la fuerza de algunos grandes libros. Bastaría hacer un leve estudio comparativo de dos novelas de asunto similar, como son La Regenta de Clarín, tan audaz en tantos conceptos como discreta en otros, y La madre de Grazia Deledda. En ambas están presentes, como protagonistas, la pasión amorosa en su forma más evidente, el sexo. Y encarnado en ambos libros por un cura - don Fermín de Pas en Clarín y don Paulo en Deledda-. También dos madres angustiadas y posesivas, y dos mujeres hermosas y frustradas, una en la Vetusta de Oviedo y la otra en la vecindad de Nuoro. La valentía de Deledda, su modo de expresar la pasión y de mostrarla en sus personajes, no tiene apenas que ver con la sinuosa simbología de Clarín.
Es bueno que la gente lea otra cosa que no sea la lista de ridiculeces efímeras que publicitamos con impunidad y descaro en las listas de ventas. Grazia Deledda fue escritora de éxito en su época - lo que entonces se llamaba tener éxito en la literatura, entiéndase, porque no tiene nada que ver con la concepción actual del éxito-, pero no tuvo alta consideración entre las lumbreras italianas de su tiempo - desde el liberalismo conservador, Croce la ninguneó, y desde la izquierda, Gramsci ni siquiera la cita en sus múltiples papeles carcelarios. Sin embargo, uno de los escritores más prestigiosos de la época, D. H. Lawrence, admiró el estilo y la ausencia de sentimentalismo de La madre.Bastaría el ritmo literario de esa novela breve escrita en la madurez, para encontrarnos con dos elementos que hacen de la lectura un gozo: la quiebra de los lazos de familia y la fuerza de la atracción entre un sacerdote joven y una mujer hermosa. Y el escenario. La Cerdeña profunda, donde no hay nada capaz de neutralizar una pasión. ¿Qué menos puede hacer una novelista y que más puede pedir un lector?

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