La Coctelera

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15 Abril 2006

De la Copa América al Papa, de Enrique Arias Vega en El Periódico

Todo es política en la vida", decía hace años el caricaturista francés Georges Wolinski. Pues eso. Hasta algo en principio tan espiritual como la visita a España de Benedicto XVI se ha convertido en motivo de confrontación entre el Gobierno central de José Luis Rodríguez Zapatero y el autonómico de Francisco Camps. Se trata, claro, de capitalizar los réditos políticos del viaje. Ahí es nada: millón y medio de peregrinos a Valencia para asistir al Encuentro Mundial de las Familias y, sobre todo, la utilización de la señal televisiva. Algo aparentemente tan técnico y aséptico como la retransmisión por ondas hertzianas del acontecimiento puede permitir su orientación ideológica en un sentido o en otro. Ya ven si hilan fino o no nuestros políticos.

Lo mismo sucede con la Copa América de Vela. Los periódicos rifirrafes dialécticos entre el ministro de Administraciones Públicas, Jordi Sevilla, y la alcaldesa Rita Barberá sobre la financiación de infraestructuras y demás aspectos del evento deportivo tampoco resultan ociosos. Ambos tratan de llevar el agua, nunca mejor dicho, a su propio molino partidista y arramblar así el mayor número de votos posible.

Ésa es la madre del cordero: los votos. Con la Comunidad Valenciana sucede lo contrario que en el conjunto de España. En ésta, Mariano Rajoy, Ángel Acebes y demás dirigentes del PP no salen de su estupor por haber perdido las últimas elecciones generales tras el infausto 11-M. En la comunidad levantina, en cambio, son los socialistas quienes no entienden cómo pudieron fracasar hace 10 años ante Eduardo Zaplana y haberse quedado desde entonces para vestir santos.

De ahí la importancia de la guerra de Valencia, cuyos primeros escarceos han comenzado ya, utilizando para ello cualquier argumento a mano. El dirigente de los socialistas, Joan Ignasi Pla, necesita recortar una diferencia demoscópica de más de 10 puntos y reza todos los días, es un decir, para que Rodríguez Zapatero anticipe las elecciones generales y, haciéndolas coincidir con las autonómicas, ponga como cabezas de lista en la comunidad a María Teresa Fernández de la Vega, Pedro Solbes y Jordi Sevilla. Arropado de esa manera, debe pensar, la Generalitat se le pondría a tiro de piedra.

POR SU PARTE, Francisco Camps, más prosaico, sabe que su telón de Aquiles radica en las actividades hoy bajo sospecha del presidente de la Diputación de Castellón, Carlos Fabra, o de alcaldes del PP como el oriolano José Manuel Medina, y el de Torrevieja, Pedro Hernández Mateo. Pero, en vez de cauterizar esa herida supurante, prefiere mirar hacia el frente y generar optimismo y expectativas de futuro. Para ello, le vale lo mismo la presentación en Miami de los estudios cinematográficos de la alicantina Ciudad de la Luz, el glamouroso estreno del Tirant lo Blanc en versión fílmica de Vicente Aranda o la visita a Valencia del patrón de la Fórmula 1, Bernie Ecclestone, con la declarada intención de que el circuito de Cheste albergue una de las pruebas del circo automovilístico en el 2009.

Ésa es, pues, una de las bazas del PP gobernante: aprovechar la buena imagen de la capital valenciana que, en lo que va de año, ha recibido ya un tercio de turistas más que en el 2005. Casi nada. El Consell de la Generalitat atribuye esa magnífica percepción de los foráneos a méritos suyos; presume como algo propio de obras que, como la Ciutat de les Arts i les Ciències, fueron proyectadas con anterioridad a su mandato, y se adjudica cada nueva concesión de cualquier acontecimiento deportivo, como los mundiales de atletismo en pista cubierta del 2008.

En este contexto, que dirían los antiguos estructuralistas, se entiende perfectamente la trascendencia política del viaje del Papa, cuya organización costará no menos de 20 millones de euros. Se comprende también que las empresas se peleen por los mejores estands de la Feria de las Familias coincidente con la visita papal y se explica, sobre todo, el intento de aproximación coyuntural de Rodríguez Zapatero a una Iglesia que se siente reiteradamente maltratada por él.

SI EN 1077 EL emperador Enrique IV fue a Canosa a humillarse en apariencia ante el pontífice Gregorio VII, a fin de mantener la Corona, ¿por qué no puede hacerlo a su estilo el presidente español?, piensan algunas de las eminencias grises de la Moncloa. Al fin y al cabo, con Francisco Vázquez de embajador en el Vaticano y José Bono en su casa, parece mucho más fácil congraciarse con la Santa Sede que con un George Bush con quien no existe hoy día ningún mediador visible en el horizonte.

Ya ven, por consiguiente, que, al margen de los naturales beneficios espirituales y pastorales que lógicamente se derivarán para los fieles de la Iglesia, la breve visita a España de Benedicto XVI el próximo 8 de julio ya está dando muchísimo de sí.

ENRIQUE Arias Vega. Periodista.

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