Eso es lo que mi hermano Miguel quiso construir mas allá de su gusanera zaragozana en años en que los obispos levantaban los brazos al estilo fascista y de la ilusión de un mundo mejor ya no quedaba nada, o casi nada. Y en mitad de ese agrio mundo, con escasos veintitantos años, se desgarra en una poesía realmente estremecedora que, desgraciadamente, no ocupó lugar en las ideologías dominantes, ni garcianietos ni compromisos celayistas, que lo dejaron, gracias a la antología, despiadada con él, del señorito Castellet que, para más inri y desprecio del poeta de provincias, recoge la carta de Gabriel Celaya a mi hermano, fuera de la cuerda literaria.
Eran años de confusión y como el tiempo lo aclara todo, la posición independiente y valerosa de Miguel se ha ido elevando y, aunque la oficialidad sigue ignorando la valía de su escritura, poco a poco el cuerpo voluminoso de su voz se va escuchando cada vez con más y más fuerza.

Escribir poemas, o cualquier otra materia, en esta ciudad aventada de cierzo, nunca ha sido una buena profesión. Los jefes siempre han despreciado todo ello, por ignorancia, y han obligado a veces, a personas que fueron capaces de señalar esa incuria cultural, a tomar las maletas y largarse de aquí. Un gran ejemplo fue el de José María Aguirre, el mejor traductor de Elliot, que cuando dijo que en aquellos años la cultura zaragozana estaba a la altura de los bordillos de las aceras, tuvo que irse de lector a Cardiff.Un nuevo exilio; casi también como ahora con muchos de nuestros mejores creadores.

Y en aquel ambiente Miguel escribió:

Me registro los bolsillos desiertos

Para saber dónde fueron aquellos sueños.

Invado las estancias vacías

Para recoger mis palabras tan lejana- [mente idas

Saqueo aparadores antiguos

Viejos zapatos

amarillentas fotografías tiernas

Estilográficas desusadas

Y textos desgajados del bachillerato

Pero nadie me dice quién fui yo

El tiempo fue aclarando las preguntas y mientras las dudas personales del poeta se hacían cada vez más poderosas, las preguntas colectivas mostraban el lado oscuro de obediencias represivas.

Acaso ahora no nos seguimos preguntando qué queda de nuestras tardes de los sábados «cuando el violento secreto de la vida era tan sólo una dulce campana enamorada».

El hacía esta pregunta en los años cuarenta. Se necesitaba mucho valor para sacar la cabeza entre tanto odio y tanta represión.Pero ni los unos ni los otros se lo han perdonado y el silencio del poeta, de la voz del poeta, sigue por las plañideras tierras de esta España nuestra. Sólo, de vez en cuando, alguien amarra la historia y saca adelante la grandeza de un tipo como Miguel, que anduvo entre la clandestinidad poética como CIUDADANO DEL MUNDO y la ignorancia dirigida de los obedientes a los SISTEMAS.