Hay políticos que envejecen mejor que otros e, incluso, quienes con los años, alejados de los centros de poder y posiblemente por ello, adquieren una respetabilidad de ancianos venerables. Incluso a los que fueron más odiados, sus adversarios terminan por reconocerles grandes dosis de sabiduría y ahí es donde pueden comenzar a darse por muertos. Los que alcanzan ese estatus arrancan a hablar en pasado e, inevitablemente, escriben sus memorias de una vez o, tal es el caso de Alfonso Guerra, por entregas, que es una manera elegante de no entrar del todo en el mausoleo de hombres ilustres e inservibles.

Guerra asegura que su Dejando atrás los vientos, la segunda parte de su autobiografía política, es la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad sobre su etapa como vicepresidente del Gobierno entre 1982 y 1991, una verdad “incontestable e irrebatible”. Permítasenos la duda, porque a Alfonso Guerra hay cosas que no se le pueden creer. Eso, o convencernos de que nos encontramos en realidad ante un nuevo Tiresias, un adivino capaz de predecir en una pizarra de Suresnes cómo sería la Transición española o de dibujar junto a Felipe González el 3 de diciembre de 1982 cómo sería ese país al que no iba a reconocer ni la madre que lo parió.

Cuesta trabajo imaginar a los dos jóvenes sevillanos garabateando el futuro en esa primera reunión a solas en Moncloa, esbozando una compleja ecuación, según la cual para fortalecer la democracia y ahuyentar el fantasma de la involución era imprescindible el desarrollo económico, que precisaba a su vez de infraestructuras, que sólo se conseguirían con la entrada en la Comunidad Europea y participando en la defensa común, y así hasta completar un larguísimo silogismo del que sólo quedó excluida una variable “porque no podíamos imaginar que en el escenario irrumpiría el GAL”. Imposible encontrar tanta predicción junta en los humildes posos de ese primer café palaciego.

Entre el adivino y el actor es obligado quedarse con el segundo. Porque Guerra ha sido siempre un consumado intérprete de sí mismo, una versión adaptada a la política de su admirado Vittorio Gassman, capaz de encarnar con idéntica maestría al cómico y al malvado. Si teatrales fueron siempre sus puestas en escena, no lo fue menos verle dejar caer el telón en aquel abarrotado mitin en Extremadura en el que anunció su dimisión como vicepresidente. Cuando el “dos por el precio de uno” se petrificó en los titulares, apuró la cicuta a grandes sorbos. Lo había dicho Romanones: “Si no existieran hijos, yernos, hermanos y cuñados, cuántos disgustos se ahorrarían los jefes de gobierno”.

Del hombre que hace unos días presentaba en público los recuerdos de sus nueve años en el poder se desconocían pocas cosas, a excepción quizás de esa declarada capacidad para entrar en los conventos de clausura con la sola mención de su nombre al otro lado del torno. De hecho, su gran confesión había sido para muchos un secreto a voces durante demasiado tiempo: “A veces, -dijo- me faltó la valentía”.

Dar pasos al frente exige valor, ciertamente. Guerra ni los dio ni ofreció muestras de estar dispuesto a mantener ningún pulso. En vez de eso, optó por replegarse o por emboscarse en los momentos de mayor osadía. Llamado a construir una alternativa ideológica al personalismo de Felipe González, se conformó con exigir una cuota decididamente menguante. Fue así como el ‘guerrismo’ se limitó a ser un modelo de organización tan jacobino como su líder en vez de convertirse en una forma de entender el socialismo. Lo que pudo conformarse como un pensamiento articulado jamás pasó de ser una secta cada vez menos numerosa.

Quizás fuera la consecuencia de ser “un hombre de partido”, tal y como él mismo se define, la que detuvo su brazo. Sus seguidores argumentaron pronto los motivos que encerraba esa estrategia del cangrejo. Recurrieron a la historia. Alfonso no quería colocar al PSOE al borde de una escisión y pretendía evitar un enfrentamiento cainita como el que libraron Largo Caballero e Indalecio Prieto. Hay que reconocer que la explicación del sacrificio encierra grandeza. Pero hay otra: Guerra prefirió ser un cobarde a un vencido, dicho sea parafraseando una de sus citas preferidas. Su “no me doblegaron” es claramente interpretable.

El tiempo ha terminado por situarle sobre el pedestal de padre de la patria, un buen sitio para mirar por encima del hombro, en ocasiones con desprecio, las decisiones mundanas de quienes ahora tienen el poder en sus manos. “Hoy muchos de los que me hubieran azotado me toman como referencia”, dice desde las alturas. Después de haber sido odiado por la derecha y temido por los suyos, después de probar la miel y la hiel, después de superar una grave enfermedad y de haber sobrevivido al Estatuto de Cataluña, Guerra desnuda sus recuerdos con el pudor de un moralista. Del “Alfonso, dales caña” ni hablamos.

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