No creo que exista el concepto de lo que se conoce como política cristiana. Si hablamos de política, ésta no puede ser, de ninguna forma, cristiana. Jesús le dijo a Poncio Pilatos: «Mi reino no es de este mundo. Si lo fuera, mis propios guardias pelearían para impedir que los judíos me arrestaran. Pero mi reino no es de aquí» (Juan 18:36). Jesús no nos enseñó ningún mensaje ni programa político.
Esta es una verdad que necesita ser recordada en un momento en el que ciertos demócratas, temerosos de que los republicanos les saquen ventaja mediante el uso de la religión, quieren responder afirmando que, sin duda alguna, Jesús está de su parte. Pero no lo está. Jesús evitó a aquéllos que querían arrinconarle para que tomara partido a favor o en contra de la ocupación romana de Judea. Pagó sus impuestos al poder ocupante, diciendo únicamente: «Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios» (Mateo 22:21). El fue el primer defensor de la separación de Iglesia y Estado.

Aquéllos que desean que el Estado se implique en el culto público, o incluso que se rece en los colegios, desafían su mandamiento: «Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, porque a ellos les encanta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para que la gente los vea. Os aseguro que ya han obtenido toda su recompensa. Pero tú, cuando te pongas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto. Así él, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará» (Mateo 6:5-6). Jesús dejó a su gente perpleja por su repetida violación del santo código externo de su época, destacando que su religión era un asunto interno del corazón.

Pero, ¿acaso no nos ordenó Jesús que cuidáramos de los pobres? Aunque de manera repetida e insistente, lo que él dice va mucho más allá de la política y se encuentra en un orden distinto.Declara que una sola prueba determinará quién alcanzará su reino: ésta es si uno ha tratado al pobre, al hambriento, al que no tiene hogar y al que se encuentra en prisión como lo haría el propio Jesús. «Os aseguro que todo lo que hicistéis por uno de mis hermanos, aún por el más pequeño, lo hicistéis por mí» (Mateo 25:40). Ningún Gobierno está en posición de proponer esto como parte de su programa. La teocracia, en sí misma, jamás fue tan allá, ni pudo haberlo hecho.

El Estado no puede permitirse el autosacrificio. Si hay que tratar bien al pobre, deberá hacerlo de manera que se encuentre dentro de los términos de la Justicia, apelando a argumentos que convenzan al pueblo que no es seguidor de Jesús ni de ninguna otra religión.Las normas de la Justicia se verán faltas de las demandas del amor que impone Jesús. Un cristiano puede adoptar únicamente medidas políticas que procedan de su propio motivo de amor, pero ése no es el argumento que definirá la Justicia con propósitos de Estado.

Por supuesto, los cristianos que no cumplan los mínimos estándares de Justicia de Estado para con los pobres no lograrán, razonablemente, pasar el examen más difícil de todos.

Los romanos no creyeron a Jesús cuando dijo que no tenía ambición política alguna. Por esa razón, los soldados se burlaron de él y le llamaron «el rey caído», dándole un manto y una corona de espinas, e inclinándose ante él en fingida obediencia (Juan 19:1-3).Los que afirman hoy en día crear o incluso seguir una política cristiana continúan a las órdenes de aquellos soldados, desoyendo las palabras de Jesús, que insistía en que su reino no era de este mundo.

Hay quien quiere hacer uso y honra de los 10 Mandamientos como si se tratara de un compromiso político encarecido por la religión de Jesús. Este acto, en sí mismo, constituye una violación del primer y segundo mandamientos. Al erigir una falsa religión, imponiendo un reino de Jesús en este mundo, lo que en realidad hacen es adorar a un falso dios, comprometerse con la idolatría y tomar el nombre de Dios en vano.

Puede que otros muchos piensen que quitar a Jesús de la política significaría eliminar de ésta toda moralidad. Están convencidos de que nos iría mucho mejor si siguiéramos el pensamiento de «¿qué haría Jesús en este caso?».

Sin embargo, sus discípulos jamás se plantearon tal cuestión en el Evangelio. Jamás supieron qué hubiera hecho Jesús más adelante. Podría haberse vuelto en contra de Pedro y haberle llamado Satanás.Podría haberse negado a recibir a su madre cuando ésta se lo suplicó. Tal vez incluso podría haber dicho a sus seguidores que no eran dignos de él si no odiaban a su padre y a su madre.Podría haber matado centenares de cerdos, o haber echado a patadas a los feligreses de las iglesias.

El Jesús del Evangelio no es un maestro de ética excelso como Sócrates, nuestro humanitario principal, sino que es una figura apocalíptica que se sale de los límites de la moralidad habitual para señalar que el juicio del Padre está irrumpiendo en la Historia. Sus milagros no fueron actos de caridad, sino señales escatológicas, aceptando recompensas impuras, prometedoras de la eternidad, colocando en primer lugar los asuntos últimos.

El es más un ilustre Nietzsche, más allá del bien y del mal, que un excelso Sócrates. Ningún político se atreverá a decirle al concupiscente que debe sacarse su ojo derecho. No podemos hacer lo que Jesús haría porque no somos adivinos.

Resultó incluso blasmefo que el teniente general William Boykin, como diputado de la Secretaría de Defensa norteamericana, dijera que Dios hizo a George W. Bush presidente en el año 2000, cuando la mayoría de los estadounidenses ni siquiera le votaron. No limpiaría esta blasfemia que los demócratas insinuaran que Dios no quiere que Bush sea presidente. Jesús no debería ser reclutado como ayudante de las campañas políticas. Trivializar el misterio de Jesús no es seguir el Evangelio.

El Evangelio es oscuro, tenebroso y exigente. No resulta sorprendente, por tanto, que la gente quiera amansarlo, diluirlo, convertirlo en un conjunto de estímulos animosos que nos inciten al amor, la paz y la justicia. Si el Evangelio no es más que esto, en tal caso podríamos apodar a Sócrates de redentor.

Cierto es que un Evangelio amansado puede utilizarse con propósitos humanitarios, algo que hace mucho que llevan a cabo las instituciones, desafiando todo aquello afirmado por Jesús y recogido en los textos.

Jesús fue víctima de todas y cada una de las autoridades institucionales de su vida y de su muerte. El nos dijo: «No permitáis que os llamen rabinos, porque tenéis un solo maestro, y todos sois hermanos.Y no llaméis padre a nadie en la tierra, porque vosotros tenéis un solo padre, y El está en el cielo. Ni permitáis que os llamen guía, porque tenéis un solo guía, que es el Mesías» (Mateo 23:8-10).

Si los demócratas quieren enfrentarse a los republicanos por el apoyo de un Jesús institucional, deberán renunciar a la persona que pronunció estas palabras. Tendrán que alejarse de lo que Flannery O Connor describió como «la apestosa y sangrante sombra demente de Jesús», y «una figura salvaje y andrajosa» que revolotea «de árbol en árbol en el fondo» de la mente.

Jamás fue Jesús aquello por lo que todos los políticos desean ser estimados: respetable. En distintos momentos del Evangelio, Jesús es llamado diablo, emisario del demonio, irreligioso, impuro, desobediente de la ley judía, borracho, glotón y promotor de inmoralidad.

El Jesús institucional de los republicanos no comparte ninguna similitud con la figura del Evangelio. Ni tampoco lo hará ningún Jesús institucional de los demócratas.

Garry Wills es catedrático emérito de Historia en la Universidad Northwestern de Illinois (EEUU) y autor de la reciente obra What Jesus Meant (A lo que Jesús se refería).