Hay personas que desde jóvenes hemos sentido una inagotable atracción hacia la República y lo republicano. Ya sea por el clasicismo de lo que representa el concepto de Cosa Pública, como por el inevitable atractivo que han representado dos páginas breves de la historia democrática de nuestro país

La primera página se abrió en las condiciones duras del ascenso y aplastamiento de las luchas obreras de la Comuna de París. Nuestro país apenas tenía ciudades. Era un país agrario, semifeudal, colonial y con unas débiles capas ciudadanas que se atrevieron a plantear una batalla inicial al declive del imperio. Sobre la derrota los republicanos trabajaron para establecer las bases políticas de fomento y educativas en un país que había perdido su viejo imperio y aun se batía en las últimas guerras anexionistas en

La segunda república ya tenía algunas ciudades, clases y capas progresistas que sorprendieron al mundo por su capacidad de resistencia ante una Europa que vergonzosamente se cubrió de negro para atacar a Rusia en una revancha histórica de lo que representó una pérdida de inmensas colonias que gestionaban hasta entonces los europeos. Europa avergonzó al mundo entero por sus sueños imperiales y por la oscuridad que tan sólo España resistió tan heroicamente. Quizás nuestra propia verguenza y nuestro análisis del fin del imperio nos dió más claridad que otros para definir las estúpidas aventuras colonialistas que terminaron por hacer de nuestro país colonia africana de un imperio inexistente, en las manos de un general africanista.

Hoy se nos presentan aquellas páginas de resistencia republicanas como estériles. Como innecesarias. Mi memoria histórica grita al mundo y reclama como necesaria el no olvidar aquellas ideologías que cantan a los Dioses demiurgos de la antiguedad azotando a las civilizaciones, como solución a los problemas que aquejan a la humanidad. Ningún país del mundo es ajeno a esas enfermedades. Sólo el olvido puede hacernos repetir la historia. Y sólo la democracia más profunda y laica puede vacunarnos contra esas virulencias de la humanidad. Y la democracia, el progreso y la sostenibilidad del planeta es aún muy débil en el mundo en el que vivimos.

La situación no es la misma que en los años 30 y que en el Siglo XIX. Y precisamente por ello nuestra república ya puede ser promovida como un paradigma de la civilización avanzada. Nuestra República puede ser promovida como una necesidad de avanzar en el conocimiento científico, en la formación profesional, en la sociedad democrática y del conocimiento, en la colaboración con las Naciones Unidas como método de superar los conflictos, en el control democrático de las instituciones, en las mejoras sociales, en el reforzamiento de la sociedad civil y en la colaboración con el desarrollo de los países menos avanzados. Nuestra república no puede venir de un anclamiento en las posiciones del pasado, ni siquiera haciendo caso de los discursos del miedo a la libertad y el progreso.

Nuestra República quiso ser democracia y hoy aspira a ser más democracia en un mundo que empieza a caminar hacia atrás. Ir con el paso cambiado, ese es el compromiso de los demócratas españoles en nuestra contribución al progreso del mundo. Aparentemente nada ilusorio. Sobre todo después de haber purgado una dictadura sin que nadie se acordase de nosotros, más que para ser los barrenderos del imperio y de una Europa que ahora se acuerda que el mundo gira y nos dice que la dictadura no fue buena para España. Eso ya lo pensé yo desde mi celda en la Torre de Hércules.Una prisión que tan bien describió Manuel Rivas en su lapiz de carpintero.