AQUEL MARTES ESPAÑA ENTERA SE ECHO A LA CALLE PARA CELEBRAR LA CAIDA DE ALFONSO XIII. LA REPUBLICA FLORECIO EN TODAS PARTES DE REPENTE, MUCHO MAS PRONTO DE LO QUE NADIE CREIA.
Si la Cibeles hubiera vuelto la cabeza, tal vez no habría reparado en ella, pero allí estaba. A sus espaldas, una bandera republicana ondeaba desafiante en lo alto del Palacio de Comunicaciones.La habían izado a mediodía unos funcionarios de la UGT, pero nadie se fijó en ella: sin una gota de viento, la franja morada apenas asomaba entre el rojo y el gualda.
A la hora de la siesta, alguien la ve y da la voz de alarma.Pronto inunda la plaza una masa de transeúntes, gritos, carteles y consignas republicanas. Unos minutos después, la muchedumbre ya avanza hacia la Puerta del Sol. Los ferroviarios tararean La Marsellesa. Banderas republicanas florecen sobre los adoquines.Una pareja de la Guardia Civil asiste a la escena mano sobre mano. Por entre los zapatos de la turba, se arrastra con la soga al cuello un busto de yeso del general Primo de Rivera.
Como si de una mecha inaudible se tratara, una simple bandera desencadena la revolución, pero esta explosión de júbilo no nace de la nada. Es sólo el tiro de gracia de la monarquía. Abandonado por casi todos, el Rey ha llegado muy solo a esta hora crucial.Siete años de dictadura lo han enemistado con la nobleza y con sus propios políticos, incapaces de entender que se haya echado en brazos del Ejército.
Derrocado Primo de Rivera, ni Berenguer ni Aznar logran frenar el descontento y Alfonso XIII convoca elecciones municipales para el 12 de abril de 1931. Ni monárquicos ni republicanos esperaban mucho de aquellos comicios. Para los primeros, eran una mera forma de ganar tiempo y darse una pátina democrática. Para los segundos, sólo un peldaño más en el largo camino hacia el poder.
Al menos los republicanos llegan unidos a la cita: desde agosto de 1930 burgueses, nacionalistas y socialistas han logrado unir fuerzas en el Pacto de San Sebastián. Tras la fallida sublevación de Jaca en diciembre, casi todos sus líderes son encarcelados y sólo son liberados unos días antes de los comicios. Poco importa.La monarquía ya ha empezado a resquebrajarse.
Aquel 12 de abril era domingo y amenazaba lluvia. Y no fue lo que se dice un día tranquilo. En Madrid, varios jornaleros son detenidos por comprar votos. En Avila, un hombre recibe una puñalada en el vientre. El chófer de los republicanos Maura y De los Ríos se baja del coche y aporrea a un propagandista monárquico. En San Sebastián, un pedrusco entra por la ventana del gobernador civil.
A medida que avanza la tarde, van llegando los datos a la Puerta del Sol. Reunidos en el Ministerio de Gobernación, los ministros monárquicos dan por perdido Madrid, pero esperan una insultante victoria en el resto de España. Provincia por provincia, las llamadas de los gobernadores civiles van destrozando sus pronósticos.Murcia, León, Salamanca... Casi todos sus feudos van cayendo en manos del adversario. Sólo Cádiz, Pamplona y Burgos resisten el empuje republicano. La monarquía gana en los pueblos; la revolución, en las capitales de provincia. Los ministros se frotan los ojos.No pueden creérselo.
El conde de Romanones, viejo cacique de la Restauración y ministro de Estado del último Gabinete de Alfonso XIII, confiesa en sus memorias que sólo empieza a entrever el descalabro cuando recibe los resultados del acomodado distrito del Palacio Real. ¿Cómo entender que aquellos ciudadanos, que han levantado sus negocios al calor de la monarquía, hayan votado para derribarla? Lívido, demudado, triste, el Gobierno se despide hasta el día siguiente.
Al otro lado de Madrid, en la Casa del Pueblo, los líderes republicanos siguen el escrutinio con entusiasmo, pero no todos extraen las mismas lecciones:
-A este paso -aventura Alvaro de Albornoz- la república estará implantada antes de dos años.
-¿Cómo antes de dos años? -le grita Maura- ¡Y antes de dos días!
No saben que a esa hora el desconcierto ya se ha apoderado del Gobierno. Por su cuenta y riesgo, el general Berenguer, ex jefe del Ejecutivo y ministro del Ejército, envía de madrugada un telegrama a las capitanías generales reconociendo que los monárquicos han perdido las elecciones y aconsejando a los militares seguir el curso de «la suprema voluntad nacional». Madrid se acuesta entre algaradas y rumores de golpe de Estado.
Con las primeras luces, vuelven los disturbios a los barrios obreros. Es lunes y no salen periódicos. Tan sólo la Hoja Oficial, cuya lectura desencadena el desencanto entre los republicanos, que no dan crédito a las cifras de concejales, muy favorables a la monarquía.
Con cara de haber dormido poco, el presidente Aznar entra en Palacio a las diez y media para el Consejo de Ministros y pronuncia ante los periodistas una frase para la Historia:
-¿Que si habrá crisis? ¿Qué más crisis desean ustedes que la de un país que se acuesta monárquico y se levanta republicano?
La reunión es muy tensa. De la Cierva aboga por resistir; Romanones y el resto, por tirar la toalla. Las respuestas al telegrama de Berenguer corroboran el pesimismo: las capitanías titubean.El Ejército ya no sostiene a la monarquía.
Sin acuerdo en lo fundamental, el Consejo concluye que el Rey llame a consultas a los monárquicos críticos. Vendrán Villanueva, Sánchez Guerra o Melquíades Alvarez. No es más que un paripé.A la salida, Alfonso XIII le susurra al oído a su ministro de Hacienda:
-Podría seguramente resistir, pero la fuerza material no puede emplearse cuando no se tiene fuerza moral.
Apenas termina la reunión, el Rey hace un aparte con Gabriel Maura, ministro de Trabajo. Sabe que su hermano Miguel es uno de los líderes republicanos. Quiere contactar con él y saber cuáles son sus pretensiones.
Cuando el marqués de Cañada Honda, emisario del Rey y amigo común de los dos hermanos, llama al portón de la casa de Miguel Maura, ya ha anochecido. Oído el mensaje, los líderes allí reunidos no dan su brazo a torcer y Cañada Honda se vuelve por donde ha venido. Alfonso XIII ha descubierto sus cartas y lo pagará caro.
Los republicanos no tardan en sacar ventaja. A la hora de la salida de los espectáculos, vuela de mano en mano el manifiesto del Comité Revolucionario reivindicando la victoria en las elecciones y reclamando «presteza» para implantar la república.
Madrid se prepara para vivir otra noche de insomnio.
Es casi medianoche cuando a las puertas del Ateneo se planta un empleado de Correos con un telegrama: «El rey Alfonso y su ministro Berenguer han abandonado precipitadamente Madrid. Se espera de un momento a otro que crucen la frontera».
La noticia prende la mecha de la euforia por los alrededores.Poco importa que el texto sea falso. El desconcierto toma la calle. Al grito -¿espontáneo?- de «ya se fue, ya se fue», una turba de sindicalistas dobla por Recoletos hacia la casa de Niceto Alcalá-Zamora, presidente del Gobierno provisional de la República.Muy cerca de Cibeles, la Guardia Civil dispara contra la muchedumbre.
Muy pocos duermen esa noche en Madrid. Romanones llama al dentista de Palacio y le dicta una nota para el monarca: «Los sucesos de esta madrugada hacen temer (...) que la actitud de los republicanos pueda encontrar adhesiones en elementos del Ejército y de la Fuerza Pública (...). Para evitarlo, podría V. M. reunir hoy al Consejo para que (...) reciba la renuncia del Rey».
Alfonso XIII no da crédito a lo que lee. Aún no ha amanecido y el más leal de sus hombres le está aconsejando que se vaya.
Como quien vela el cadáver de la monarquía, el subsecretario del Ministerio de Gobernación, Mariano Marfil, monta guardia en su despacho desde la misma noche electoral. Aún entre dos luces, suena el teléfono. Es el mismísimo Alfonso XIII. Quiere saber si a esa hora se ven muchos alborotadores desde su ventana.Marfil le asegura que no pero que cada vez son más.
-Y, ¿qué gritan?
-Señor, gritan de todo.
-¿Es verdad que gritan «Muera el Rey»?
-No es posible, señor, saber qué dicen. Desde aquí no se oye muy bien.
-Bueno, pues tienen que cesar esas manifestaciones enseguida.¿Quién está de guardia? Dile de mi parte que salga con sus hombres y despeje.
Consultado el oficial, Marfil le dice al Rey lo inevitable: que los guardias ya no obedecen órdenes.
-Es lo que me quedaba por saber. Gracias, Mariano.
Al rato, vuelve a llamar para dar una orden. Marfil no da crédito.
-Ponte al habla con los gobernadores y entérate del camino que tengo libre para salir de España. Lo mismo me da por un lado que por el otro.
El subsecretario inicia una fúnebre ronda teléfonica. Todos los gobernadores advierten del peligro menos el de una provincia.Murcia propone que Alfonso XIII salga por Cartagena, pero sólo a condición de que no se detenga en la ciudad y que gane el puerto rápido y por sorpresa. El Rey se ha convertido en un apestado.
Apenas lo sabe el monarca, Marfil habla con el general Sanjurjo para que éste haga los preparativos. Así es como a primera hora de la mañana de aquel 14 de abril el jefe de la Guardia Civil ya sabe que los guardias de a pie no obedecen órdenes y que Alfonso XIII prepara la huida. Como Romanones, sabe que la guerra está perdida y saltará del barco antes de que se hunda.
EIBAR MADRUGA
Pero a esa hora de la madrugada son muchos los republicanos que aún piensan que el Rey ha huido. Y no sólo en Madrid: también en la localidad guipuzcoana de Eibar. Allí un grupo de republicanos proclama la república e iza la bandera tricolor ante la mirada atónita de los guardias civiles que, atrincherados por miedo en el cuartelillo, telefonean al jefe de Seguridad, el general Mola. Eibar acaba de entrar en la Historia. Enseguida le seguirá Sahagún, en León. Luego Barcelona, Sevilla, Vigo... Ya por la tarde, Madrid.
La mañana del martes avanza y mientras los ministros desfilan con desgana por el despacho de Alfonso XIII, el general Sanjurjo llama al portón del domicilio de Maura, verdadero epicentro de la conspiración republicana.
Apenas le ve, el general se cuadra y grita:
-A las órdenes de usted, señor ministro.
Boquiabierto, Don Miguel hace llamar a Niceto Alcalá-Zamora, reunido con los demás en la habitación de al lado y el jefe de la Guardia Civil subraya su voluntad de colaborar para mantener el orden. Desde ese momento la monarquía ha perdido su última defensa. La República tiene todos los ases en la manga.
Apenas se va Sanjurjo, estalla la euforia en la casa de Maura.En torno a la suntuosa chimenea de la biblioteca, se halla casi el Gobierno en pleno: los socialistas Largo Caballero y Fernando de los Ríos, el galleguista Casares Quiroga, el radical-socialista Alvaro de Albornoz y el liberal y líder de la Conjunción Alcalá-Zamora.
Faltan los exiliados (Martínez Barrio, Olwer, Indalecio Prieto) y los dos dirigentes republicanos en busca y captura: Alejandro Lerroux y Manuel Azaña.
Lerroux aparece enseguida: vive desde hace meses en un edificio cercano que sus amigos han camuflado como una clínica. El caso de Azaña es más complicado.
Nadie sabía nada del líder de Acción Republicana desde diciembre.Oculto para la policía, hace meses que no se atreve a salir de la casa de su cuñado. Allí lo encuentra Miguel Maura y le invita a unirse al resto para vivir el inminente advenimiento de la República. Azaña se niega. Está muerto de miedo. Sólo cuando el bueno de su cuñado confirma la versión de Maura, se aviene de mala gana a salir de su escondite.
Mientras Maura escucha en su coche refunfuñar a Azaña, el Rey recibe por fin al conde de Romanones. Los dos tienen una cita pendiente desde la madrugada. Alfonso XIII le encarga a su ministro que se reúna con Alcalá-Zamora para organizar la transmisión de poderes y garantizar su salida pacífica de España.
Los dos son viejos conocidos. Dos cuñas de la misma madera. El destino ha querido que el conde tenga que humillarse en esta hora crucial ante su antiguo secretario, aquel hombre gris que le organizaba la agenda y que comía en la mesa de los sirvientes.
Por lo que no pasa es por recibirlo en su domicilio. Por eso recurre al doctor Marañón, quien prestará su casa. Ex médico del Rey y converso reciente a la causa republicana, en aquella ciudad convulsa él era lo más parecido a un hombre neutral.
El reloj marca la una y media cuando se inicia el que sin duda es el momento clave del drama. Alcalá-Zamora no se anda con rodeos: el Rey debe salir de España antes de la puesta del sol. Romanones intenta recular. Pide un armisticio de dos semanas para evitar un baño de sangre. Tal vez un Gobierno de transición o la abdicación en el Príncipe de Asturias... De nada sirve. Don Niceto se sabe ganador y pone sobre la mesa el argumento inapelable: Sanjurjo y la Guardia Civil están con el nuevo régimen. Al conde sólo le queda claudicar.
Cuando a las dos y cinco regresa Don Niceto a la casa de Miguel Maura, se encuentra a sus colegas comiendo unos bocadillos de jamón y comentando los sucesos de Cataluña. Flanqueado por los concejales electos, Companys ha tomado el despacho del alcalde y le ha obligado a entregarle el bastón de mando. Luego ha salido al balcón y ha cantado La Marsellesa. Colgado de la barandilla, hay un cartel que reza: «El Rey ha abdicado a las 10 de la mañana.¡Viva la república!».
Al igual que el telegrama que alborotó Madrid de madrugada, la noticia no es cierta, pero termina por provocar los mismos efectos.Una muchedumbre enardecida invade poco a poco la plaza de Sant Jaume. Los nuevos ediles arrojan desde el balcón un retrato de Alfonso XIII.
El reloj marca las dos cuando entra en la plaza Macià jaleado por los gritos de sus seguidores. Apenas se asoma al balcón, proclama «la república del Estado catalán». La turba le lleva en volandas bajo un palio rudimentario hecho con cuatro palos y una senyera.
Enterado por sus colegas de estas novedades, Alcalá-Zamora telefonea inmediatamente a Barcelona. Al otro lado del hilo, el propio Macià le pone al corriente:
-Escuche, escuche usted cómo se oyen desde aquí los gritos de ¡Viva España!, ¡Viva Cataluña! ¡Abajo la monarquía! -dice Macià-.Ahora nos toca completar esta obra uniéndonos en un solo anhelo.
-Cataluña verá colmadas sus aspiraciones -responde Don Niceto-, pero siempre en unión de sus hermanas las demás regiones españolas.
Los sucesos de Barcelona dejan un cabo suelto que la República nunca acertó a libar, pero en esas horas cruciales la euforia puede con todo y la proclamación del Estado catalán es el anticipo de una victoria que se sabe inminente.
Cuando Niceto cuelga el teléfono, en Madrid ya ha prendido la mecha de la revolución. La bandera tricolor ya ondea al lado de la Cibeles y una muchedumbre avanza con paso firme hacia la Puerta del Sol. Allí se hallan reunidos aún los ministros esperando la hora del último Consejo y discutiendo si a estas alturas merece la pena resistir.
En Palacio, Alfonso XIII recibe a Romanones y representa con profesionalidad la última pantomima, pero con la profunda convicción de que no servirá de nada. Recibe a Melquíades Alvarez, a Villanueva y a Sánchez Guerra, pero ya sabe -porque se lo ha contado el conde- que el advenimiento de la República es sólo cuestión de horas.
En el domicilio de Miguel Maura crece la impaciencia. El dueño de la casa no aguanta más y grita:
-¿Estáis dispuestos a ocupar Gobernación?
Más o menos a regañadientes -y entre los lloriqueos de Azaña, que advierte: «Nos van a pegar un tiro»-, los futuros ministros salen en coche camino de la Puerta del Sol.
EL REY SE VA
A la altura de Cibeles, el camino se vuelve lento. Los automóviles avanzan con dificultad entre el hormiguero humano. Maura confesará luego en sus memorias cómo abrió la ventanilla del coche y le dio sendos puñetazos en la tripa a dos manifestantes que no dejaban paso.
El viaje durará casi dos horas. Más allá de las siete, el coche que lleva a Maura y a Largo Caballero dobla la esquina de la Puerta del Sol. No sin dificultad, Miguel Maura toca en el portalón del Ministerio.
-Señores, paso al Gobierno de la república.
Como si hubiera estado toda la tarde ensayando, el retén de la Guardia Civil se cuadra y le presenta armas. De tres en tres sube Maura las escaleras y llega sofocado al despacho del subsecretario Marfil, el mismo que de madrugada había informado al Rey de los acontecimientos. Secamente, le dice:
-Amigo Marfil, aquí está usted de más desde este momento.
-Me hago cargo de ello, ahora mismo me marcho.
Mientras Lerroux le acompaña a la puerta, se constituye el Gobierno provisional. Los taquígrafos toman nota de los nombramientos de boca del ya presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora.
A Maura, flamante ministro de Gobernación, le queda a partir de ahora la laboriosa tarea de llamar uno por uno a todos los gobernadores civiles para que en toda España se efectúe el traspaso de poderes. Los ministros dejan la Puerta del Sol mientras él pasa la noche en vela en su despacho, convencido de que Alfonso XIII continúa en Palacio y de que la prioridad es aún evitar un desenlace violento.
Pasadas las cuatro recibe la visita del intendente real, que le pregunta si está todo dispuesto para el viaje de la Familia Real al día siguiente. Apenas se va, suena el teléfono de su despacho. Al principio, piensa que es un borracho, pero pronto sabe que esa primera frase permanecerá para siempre en su memoria:
-Señor, el Rey acaba de embarcar a bordo del crucero Príncipe Alfonso, que ha zarpado con rumbo desconocido.
Amanecía cuando el vehículo que conducía se detuvo en el muelle de Cartagena. Cuentan que apenas llegó se subió en el barco y que sólo cuando llegó a Marsella empezó a llorar. Cuentan que preguntó entonces si ya lo había reclamado España. Hasta perder de vista la costa permaneció en cubierta, como guardando para siempre el último recuerdo de una patria que no supo conservar y que ya nunca volvería a ver.
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LOS ULTIMOS MESES DE LA MONARQUIA
28 / 01 / 30. Destitución de Primo de Rivera. El Rey encarga al general Berenguer que forme un nuevo Gobierno.
17 / 08 / 30. Firma del Pacto de San Sebastián entre diversos grupos no monárquicos de oposición A esta reunión, promovida por Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura acuden representantes prácticamente de todas las corrientes republicanas.
12 / 12/ 30. Los oficiales Galán y García Hernández se sublevan en Jaca y proclaman la República. Fracasan y son fusilados.
14 / 02 / 31. Dimite el Gabinete de Berenguer. El almirante Aznar se hace cargo del Ejecutivo.
20 / 03 / 31. Fundación en Barcelona de Esquerra Republicana de Catalunya, presidida por Macià.
12 / 04 / 31. Se celebran elecciones municipales. Las candidaturas republicanas obtienen la victoria en las grandes ciudades y capitales de provincia.
14 / 04 / 31. La gente sale a la calle para celebrar la proclamación de la República. El Rey Alfonso XIII abandona Madrid y se forma un Gobierno provisional presidido por Niceto Alcalá-Zamora.

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