Parece que los empresarios españoles que han acompañado la visita oficial realizada estos días por los Reyes de España a Arabia Saudí han vuelto entusiasmados del tour. Según el diario El Mundo, los representantes de las 11 empresas que han viajado a Riad como claque real no han tenido mejor ocurrencia que calificar de “imprescindibles”, así como suena, las gestiones llevadas a cabo por el Monarca para impulsar las relaciones comerciales entre ambos países, es decir, los negocios privados de los 11 de marras.
Puede que este viaje real pase desapercibido en plena Semana Santa, pero el asunto se las trae. La escasa participación de las embajadas y de los embajadores de España en la promoción de los intercambios comerciales y en la venta de bienes y servicios españoles al extranjero ha sido una de las quejas más repetidas en años entre el estamento empresarial español. Y con razón.
Como responsable de la economía española que fue durante ocho años, Rodrigo Rato hizo mucho por mejorar esa situación, hasta el punto de que hoy las cosas funcionan razonablemente bien, incluso muy bien, es decir, que las embajadas de España compiten en buena lid en lo que a promoción de los productos y la tecnología española se refiere con sus homólogas europeas.
Viene esto a cuento de que hoy ya no tiene mucho sentido utilizar al Rey Juan Carlos de abrelatas, door oponer o cualquier otro calificativo más o menos explícito para la función de abrir mercados a las empresas españolas, porque para esos menesteres ya están los señores embajadores de España, los agregados comerciales y sus equipos de colaboradores y, si me apuran y en último término, el propio presidente del Gobierno de España.
Utilizar al Rey para esos menesteres es un grandísimo error. Una equivocación que a los empresarios españoles, tan proclives desde siempre a hacer negocios a la sombra del poder político, se la trae sencillamente al pairo. Estamos hablando de uno de los grandes males de nuestra democracia, cual es la ausencia de una línea separadora clara entre lo público y lo privado.
Pero es sobre todo un error del Gobierno de España, amén de una grave y reiterada equivocación del propio Monarca, quien, venciendo la fascinación que sobre él han ejercido siempre las cuestiones relacionadas con el dinero, debería rechazar de plano este tipo de implicaciones.
¿Vuelta a las andadas? Las malas lenguas que recorren las aceras madrileñas cual comadres despechadas llevan tiempo asegurando que, bajo el Gobierno de Rodríguez Zapatero, en Palacio se dedica más tiempo y esfuerzos que nunca, con espléndido rendimiento, a cuestiones que tienen que ver con la vil moneta.
Dice Marisa Cruz, en El Mundo, que “El Rey ha sabido emplear sus estrechos contactos personales con la casa real saudí”. Estrechos, sí, desde luego, tanto como para haber sido capaz de pedir a la casa real saudí, ya en tiempos de Adolfo Suárez, un préstamo personal multimillonario que nadie sabe a estas alturas si ha sido o no amortizado.
Decía el viejo catecismo del padre Astete que la virtud consiste en evitar la tentación. A lo que se ve, los políticos y empresarios españoles siguen empeñados en seguir tentando al Monarca. Lo cual nos lleva a una constatación bastante triste, qué quieren que les diga, y es que esto no parece tener arreglo, porque ninguno de los interesados quiere que se arregle.

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